Memoria Fragmentada

Cap 20. Esposos

Narra Maite

Emerson cerró la puerta con el seguro electrónico y nos movimos mecánicamente hacia la "zona de sombra" de la cama. En cuanto sus rodillas tocaron el colchón, se desmoronó. La fachada de "esposo perverso" desapareció, dejando solo a un hombre cuyos cimientos estaban siendo dinamitados por su propia biología.

Se recostó a mi lado, pegando su frente a la mía. El silencio de la zona ciega nos envolvió como una mortaja.

—Maite... lo que vi durante el colapso —comenzó, y su voz era un hilo de estática—, no fue solo el protocolo intentando borrarte. Fue algo que el sistema no pudo clasificar. Un error en el archivo de "Antecedentes Familiares".

Me quedé inmóvil, conteniendo el aliento.

—Vi el accidente de nuevo —continuó él, con los ojos fijos en el dosel—. Pero esta vez no terminó con el impacto. Vi a mi padre. No estaba muerto, Maite. Sus manos estaban ensangrentadas, sí, pero lo vi salir del coche. Lo vi mirar a la cámara de seguridad de la autopista con un odio que no parecía humano. Y luego... vi a los hombres del Consejo rodeándolo. No para asistirlo, sino para escoltarlo.

—Emerson, los registros dicen que tu padre murió en el impacto —susurré, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado—. Dicen que fuiste el único superviviente.

—Los registros mienten, ya lo sabemos —dijo él, girándose para mirarme con una intensidad febril—. Mi padre era el ingeniero jefe de las Tierras Externas. Él diseñó los primeros inhibidores de señal. Si está vivo, Maite, no es un prisionero común. Es el único hombre que sabe cómo apagar la red que nos tiene esclavizados.

Me incorporé, sintiendo el peso de la carpeta que aún escondía bajo el colchón.

—Si tu padre está vivo en las Tierras Externas, y el prometido de Sammy es un reclutador... —las piezas empezaron a encajar de una forma aterradora—. Todo este tiempo, mi padre no solo nos ha estado vigilando por "seguridad". Nos ha tenido aquí como moneda de cambio. Él sabe que si tu padre alguna vez intenta un ataque desde afuera, nosotros somos los rehenes que lo detendrán.

—Por eso el protocolo de mi cabeza —concluyó Emerson, cerrando los puños—. No es para protegerme. Es para asegurarse de que, si mi padre real aparece, yo sea el que lo ejecute.

En ese momento, un golpe rítmico sonó en la pared que colindaba con el cuarto de Samantha. Tres golpes cortos, uno largo. Era la señal. El tiempo de las teorías se había acabado, la resistencia estaba llamando a nuestra puerta, y el pasado de Emerson acababa de convertirse en el arma más peligrosa de nuestra huida.




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