Luz de primavera que acaricia tu piel dócil y radiante.
Observas la tierra y dibujas esa sonrisa que absorbe el tiempo y navega entre las nubes.
Extiendes tus manos y te transportas como un ave viajera a través de los caminos pasionales.
Tu esencia espiritual, tu mirada encantadora, tu poderosa presencia
rompen el sendero y apartan la hojarasca que dejó el otoño.
Sin temor al fuego que consume el terreno, reposas tus frágiles pies,
dejando huellas imborrables en el jardín del Edén.
Tu figura blanca, tus ojos claros, el rubor de tus mejillas,
el volumen de tus labios rojizos y el fulgor que realza tu extenso cabello,
hacen de tu belleza natural un regalo que la divinidad entregó al mundo.
La noche se aproxima y huyes de la oscuridad,
Avanzas por el sendero,
siendo la estrella que ilumina el túnel del naufragio.
Tu tiempo en la naturaleza es mínimo,
y te elevas por el cielo, erguida y contenta,
sabiendo que la noche oscura no logró opacar tu brillo interior.
Las rosas sucumben, llenas de tristeza ante la partida de la princesa del amor,
pero su creación divina vivirá en los recuerdos eternos.