Veo la muerte;
camina con una sonrisa
que endulza mi alma.
Toco el cielo
y provoco pétalos dorados
que caen y se dispersan
sobre los corazones humanos.
¿Por qué el lamento,
si fui creado para ser diferente?
Quisiera conocer el miedo y el dolor,
pero soy un caballero del espíritu.
Doto al mundo
con mis manos de oro.
El paisaje respira,
el viento acompaña
y la tierra gira
en un eterno vaivén.
El cascabel resuena,
atrapando el silencio
hasta alcanzar las yedras punzantes
que alimentan el sufrimiento.
El reloj se detiene con mi palpitar
y avanza con cada uno de mis pasos.
Escucho voces,
súplicas moribundas
que imploran auxilio.
Permanezco inerme ante su reclamo.
Mis manos agrietan el espacio.
Regreso por la línea del tiempo,
buscando una salida
a este delirio.
Soy un prisionero,
condenado a estas manos de oro
que estallan
como el carmesí del amor
y caen,
silenciosas,
como las hojas
del árbol del Edén.