Memorias de un asesino

Memorias de un asesino completo

Memorias de un asesino

Recuerdo la primera vez que vi la sangre. Tenía unos cinco años. Jugaba con otro niño… no recuerdo muy bien a qué. Solo sé que intentaba tomar un juguete y él no me lo permitía. Así que tomé un carrito de juguete y lo golpeé en la cara con él.
Su sangre empezó a fluir rápidamente, al igual que sus lágrimas.
Pero yo no sentía nada.
Yo… simplemente no sentía nada.

Recuerdo también el día en que tomé mi primera vida. No fue humana. Fue un conejo. Un conejo de mis vecinos que se había escapado de su corral. Por casualidad, lo atrapé desprevenido.
Al principio, pensaba en devolverlo. Pero el conejo no paraba de tratar de escapar… hasta que me rasguñó. Cuando empezó a brotar la sangre, solo tomé una roca y empecé a golpearlo, una y otra vez, hasta que dejó de moverse.
Cada vez que veía la sangre, era como si una parte de mí se desconectara.
Tomé su cuerpo y lo abandoné en el bosque. La sangre que salpicó mi ropa intenté limpiarla con tierra y lodo, pero no funcionó muy bien.

No recuerdo qué explicación les di a mis padres, pero sé que nadie se enteró de lo que hice.
Eso fue cuando tenía siete años.
Mi cuerpo sentía un hormigueo cada vez que presenciaba la sangre.
Era como si me hipnotizara.
Como si me llevara… a otro lugar.

A los ocho años, tomé otra vida. Esta vez fue una gallina. Nuevamente, se había escapado del corral de mis vecinos. Cuando supe que la buscaban, me apresuré a atraparla yo mismo.
Tomé unas tijeras de cortar papel y me empeciné en buscarla hasta que la encontré.
La corté, una y otra vez, en el cuello, hasta que dejó de moverse.
Pero esta vez fui más precavido: no dejé que la sangre me manchara. Solo mis manos se mancharon.
Lo recuerdo muy claramente.
Y nuevamente llevé su cuerpo al bosque… como con el conejo.

Esa euforia que me traía cada vez que tomaba una vida era inexplicablemente deleitante.
Descubrí que, de vez en cuando, mis vecinos perdían animales por fallas en sus corrales.
Así que empecé a hacer agujeros en ellos… para que escaparan.
Para poder… tomarlos.

Desde los ocho hasta los diez años, maté. Gallinas, pollos, conejos, incluso patos.
Sabía que no podía hacerlo muy seguido. Tenía que ser cuidadoso. Tenía que ser inteligente.
Esperaba el momento oportuno para poder tomar esas vidas.
Me volví más calculador.

Pero a los once… la euforia empezó a desvanecerse.
Ya no me traía dicha.
La sangre seguía siendo roja…
Pero ya no me atraía.
Ya no le encontraba sentido.

Dejé de matar animales.
Decidí seguir con una vida normal.

Hasta ese día.

Tenía quince años. Un día común. Iba a la escuela. Me desperté tarde y no pude tomar el autobús. Corrí lo que pude, pero no lo alcancé, así que decidí irme a pie por un atajo que conocía.

Al pasar por un callejón, escuché un disturbio al fondo. Me acerqué con curiosidad.
Me escondí detrás de un bote de basura, en una esquina.
Era una pelea.

Un hombre grande y gordo discutía con otro más delgado, con barba y bigote.
Gritaban, se empujaban… el gordo parecía tener la ventaja.
Hasta que el delgado sacó un cuchillo.

Y lo apuñaló.
Una y otra vez.
El gordo suplicaba que se detuviera, pero el otro no paraba.
Seguía. Y seguía. Hasta que el gordo… dejó de moverse.

Y yo solo miraba.

Miraba cómo la sangre corría.
Y entonces, la euforia volvió.
Esa misma sensación de la primera vez que tomé una vida.
Pero más intensa.
No podía apartar la mirada.

Cuando llegué a casa, mi mente no dejaba de pensar en lo que había pasado esa mañana.
No podía quitarme esas imágenes de la cabeza.
Esa sangre…
Seguía siendo roja. Como la de los animales.
Pero había algo distinto.

Pensé. Y pensé. Hasta que me di cuenta…
La sangre de animal es distinta a la sangre de una persona.

Mi mente no paraba de repetir esas imágenes.
Aunque hubieran pasado varios días, cada vez que las recordaba, mi sangre hervía, mis palmas sudaban y temblaban.

Ahí fue cuando decidí tomar nuevamente una vida.
Pero esta vez no sería la de un animal.
Esta vez… sería la de una persona.

Tomé mi tiempo para calcular en qué momento sería.
Planifiqué muy bien todos los detalles: el lugar, la hora y, sobre todo… quién sería.
Me pareció muy apropiado que mi primera víctima fuera quien me mostró el camino que había escogido seguir.

Todos los días iba a ese callejón, en busca de ese hombre flaco. Me tomó una semana de idas y vueltas hasta que lo encontré.
Lo veía, lo estudiaba una y otra vez, conociendo sus patrones: a dónde iba, a qué hora salía, de dónde venía, con quién pasaba.

Dos semanas después de observarlo, empecé a armar mi plan.
Sabía los días que pasaba por el callejón, cuáles estaba solo, cuáles acompañado…
Lo sabía todo.

Un mes después decidí la fecha de mi primer asesinato: el 6 de mayo, a las 6 de la tarde.
Me pareció… muy apropiado.

Me armé con cuidado: usé ropa vieja que ya no utilizaba, guantes… y una navaja que me costó conseguir.
Partí a las 5 de la tarde hacia el callejón. Me acosté nuevamente detrás del mismo bote de basura que antes me había ocultado… y esperé.

Como estaba previsto, a las 5:48 de la tarde, él llegó.
Estaba ebrio, como la mayoría de días en que lo había visto.

Esperé, observando detenidamente, hasta que bajara la guardia.
Silenciosamente, me acerqué por su espalda…
Y le clavé el cuchillo con todas mis fuerzas.

En esa pequeña fracción de tiempo, mi sangre vivió el éxtasis más potente que haya sentido hasta ahora.
Pero no duró mucho.

El hombre flaco rápidamente me apartó con un puñetazo en el estómago.
Me sacó el aire.
Caí de rodillas, intentando recuperarme.




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