Memorias de un guía espiritual. El peso de las alas.

LA HISTORIA DE MI VIDA

Hola, mi nombre es Leo y esta es mi historia...

Mi madre Lucía Méndez tenía la edad de quince años cuando una familia la acogió.

Supongo que la vida quiso darle una segunda oportunidad, porque los niños que llegan a esa edad en un orfanato difícilmente encuentran quien los adopte.

Pero a esa edad llega lo inevitable: La adolescencia.

Y con ella, las dudas, los cambio s físicos,las ganas de sentirse valiosos, las ganas de ser amado.

Y entonces apareció mi padre.

Era de esos que saben decir lo que una chica quiere escuchar... Aunque no tenga la mínima intención de cumplirlo.

Cuando mi madre cumplió 16 años, se encerró en el baño con una prueba de embarazo en la mano.

POSITIVA.

(¡Hey! Tenían que crearme de alguna forma).

Mi padre reaccionó como muchos lo hacen: promesas, planes, un futuro que siempre suena bonito. Pero esa misma noche desapareció.

( Supongo que fue a comprar cigarros, lejos, muy lejos).

Al cumplir dos meses de embarazo mi madre ya no pudo ocultar el abdomen. Mis abuelos le cerraron la puerta en la cara. Les aterrorizaba el que dirá la gente, se sentían una familia respetada.

(Pero todo humano tienen cola que le pisen)

Así empezó nuestra vida: juntos, ella y yo contra el mundo.

Nunca me contó lo difícil que fue para ella.No hacía falta.

Con el tiempo entendí que mi madre era una mujerdesesperada que fingía ser valiente. Para mí lo es por qué nunca decidió rendirse.

Se instaló en una vecindad, donde por suerte, la gente de ahí aún tenía corazón.Le llevaban comida, la ayudaban en ocasiones y le regalaban ropa para cuando yo naciera.

Para sobrevivir ella vendía tacos de canasta en una obra de construcción. Cargaba la canasta pesada sobre sus caderas, mientras su barriga crecía y crecía.

Algo que siempre he admirado de ella es qué apesar de la adversidad siempre tiene una sonrisa... Aunque le duela el alma.

En mi segundo año de vida, mi madre tomo la decisión más loca y valiente de su vida: Nos fuimos de ilegales a Estados Unidos. Su sueño era darme una mejor vida de la que tuvo ella.

Lo que no imagino fue lo difícil que sería cumplir ese sueño para una mujer adolescente sin estudios y con un hijo pequeño.

Dormimos en callejones fríos, sobrevivimos de la caridad de las personas. Esa calidad de vida tuvo consecuencias.

Enferme, y no fue una gripa cualquiera.

Mi cuerpo ardia, lloraba, me sentía fatal, apenas podia respirar, eso sin contar que tenia de madre a una adolescente que no sabía que hacer ante la situación.

Mi madre no comía... no dormía... no pensaba.

Solo me sostenía en brazos, como si apretarme más fuerte evitaría que no muriera.

Camino bajo la lluvia, conmigo en brazos, rogándole al cielo que alguien, quien fuera, nos tendiera una mano.

Esa noche estuvo a punto de perderme...

Yo solo quería dejar de temblar y sentirme fatal.

Entonces apareció el milagro. Un asilo para migrantes.

Ahi fue donde, por primera vez ,desde que llegamos nos tendieron la mano en serio.

(Si, sueña a milagro... Tal vez lo fue)

La señora Gregoria, una mujer de manos cálidas y corazón bondadoso, nos abrió las puertas del asilo.Durante mi recuperación, ella movió hilos y recomendó a mi madre para trabajar en una casa grande a las afueras de la ciudad.

Los dueños de la casa no pudieron tener hijos, al saber la situación de mi madre no se negaron a ayudarla.

La primera impresión al ver la casa, dejo a mi madre sin aliento. Jardines verdes como de revistas, paredes blancas que brillaban bajo el sol, puertas grandes y antiguas.

Una mujer de cabellos plateados nos esperaba en la puerta con una sonrisa que parecía sincera.

—¿Señora Annette?— preguntó mi madre con la voz debil.

—Ese es mi nombre— respondió ella. Extendió la mano y rozó mis dedos con ternura— Gregoria me habló de ustedes anoche. Pasen por favor, descansen primero. Ya habrá tiempo de hablar del trabajo.

No teníamos nada... y de un momento a otro teníamos techo, salario, comida. A veces la vida cambia así, repentinamente.

Aún que uno no siempre se da cuenta en el momento.

Desde ese día todo cambio.

El señor Andreu y la señora Annette me trataban como al nieto que nunca tuvieron. A mi madre, como la hija que la vida les había negado.

Me dejaban correr por los pasillos, me inscribieron en las mejores escuelas y sin darme cuenta, empecé a tener algo que no conocía en ese momento: un hogar.

El día que cumplí ocho años , el abuelo Andreu me llamó a su estudio. El olor a madera vieja y libros antiguos flotaba en el aire.

En la pared de estudio colgaba un cuadro enorme repleto de medallas que brillaban bajo la luz de la lámpara.

—Leo, ¿Vez todas estas medallas?— pregunto pasa do el dedo por el vidrio.

Me miraba fijamente, viendo mi reacción: una mirada de sorpresa.

—¡Wow! Son muchísimas...—mi mirada recorrió con extrema alegría cada una de ellas—. Abuelo, has de ser muy valiente... Por eso te las dieron, usted no le tiene miedo a nada ¿Verdad?

Su risa retumbó en la habitación, rompiendo el silencio. Después su semblante se volvió serio. Se acercó para susurrarle.

—¿Te cuento un secreto?

Asentí frenéticamente.

Para mí un secreto era como conocer la ubicación exacta de un tesoro de piratas enterrado.

—¡Si! —respondí con los ojos resplandeciendo de curiosidad.

Mi abuelo se acercó más a mi y en susurros me confesó:

—Me moría de miedo... En cada batalla era lo mismo, las ganas de dar media vuelta y salir corriendo. ¿Pero sabes por qué no lo hice?

Negué con la cabeza, conteniendo la respiración.

—Porque mis compañeros tenían el mismo miedo que yo. No podía abandonarlos— ( ese día entendí algo que se me quedó grabado para siempre)

Puso su mano en mi hombro.

—Un hombre no es el que no tiene miedo.Es el que aprende a caminar con él. Y cuando lo logra... puede hacer cualquier cosa.




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