Memorias de un guía espiritual. El peso de las alas.

INGRESANDO AL COLEGIO MILITAR

Los años pasaron más rápido de lo que esperaba.
En el kínder ya era el niño más tranquilo del salón. Me emocionaba formar parte de la escolta y llevar la bandera con el pecho hinchado, imaginando que era un soldado de verdad. En primaria siempre fui de los primeros en clase. Nada me gustaba más que ver el rostro orgulloso de mi madre cuando llamaban mi nombre para entregarme un diploma. Ella aplaudía más fuerte que nadie, como si ese pedazo de papel fuera la prueba de que todos sus sacrificios valían la pena.
La secundaria trajo dudas, presiones y el peso de crecer. Pero mi madre y los abuelos Andréu y Annette estuvieron ahí, guiándome con paciencia y firmeza. ¿Novias? Ni se me cruzaba por la cabeza. Quería cumplir mis sueños primero. Quería convertirme en alguien de quien ellos pudieran sentirse orgullosos… alguien que mereciera el hogar que me habían dado.
Y así, sin darme casi cuenta, llegué a los dieciocho años. Listo para ingresar al Colegio Militar.
La teoría fue sencilla.
La práctica… no tanto.
Aprendimos a contener hemorragias mientras me gritaban órdenes al oído.
A mantener las manos firmes mientras mis compañeros intentaban distraerme, empujándome, lanzando objetos… simulando el caos de un campo de batalla.
Ahí entendí que no bastaba con saber.
Había que resistir.
Fue también ahí donde conocí a John… quien terminaría convirtiéndose en mi mejor amigo.
John era un romántico empedernido cuando de mujeres se trataba. En mis días de descanso, siempre intentaba llevarme a discotecas para conocer chicas. Pero, por más que lo intentara, ninguna lograba llamar mi atención.
Yo estaba enfocado en mis estudios.
Era joven, sí… pero tenía claro lo que quería.
Quería construir algo primero.Tener qué ofrecer a mi futura esposa, la madre de mis hijos.
Y, sobre todo, quería que mi madre, la abuela Annette y el abuelo Andréu se sintieran orgullosos de mí.
Recuerdo perfectamente el día en que les dije que entraría al ejército.
La mirada del abuelo Andréu se ilumino.
Después de eso, vinieron los entrenamientos. Duros… agotadores. Pero él estuvo ahí, guiándome en cada paso para poder superar las pruebas físicas.
Cuando finalmente aprobé con la calificación más alta, fue el primero en correr por todo el jardín y parte de la sala gritando:
—¡Ese es mi muchacho! ¡Ese es mi nieto!
La abuela Annette lo observaba con un semblante serio, acababan de pulir el piso.

—Tierra llamando a Leo… ¿estás ahí?

La voz de John me sacó de mis pensamientos. Movía la mano frente a mi cara.

—Lo siento… — le dirigí una mirada de disculpa —estaba recordando el día en que me aceptaron en el ejército.
Me miró con los ojos entrecerrados, después le restó importancia y siguió su charla:
—Te estaba preguntando si de verdad te gustan las mujeres.
—Por supuesto que sí— La pregunta me ruborizó —¿por qué lo dices?
—Porque te he presentado cientos de chicas y con ninguna has querido salir. ¿O acaso quieres ser el soltero más codiciado del colegio militar?
Ese comentario me hizo gracia.
—Claro que quiero tener novia… —le respondí entre risas— pero antes quiero estabilidad. Una casa, tener dinero … algo que le asegure a mi futura esposa que no le faltará nada.
John negó con la cabeza, divertido.
—Te entiendo… pero ¿cómo piensas tener esposa si ni siquiera has tenido novia?—se burló.
Mi respuesta fue un golpe, un zape en la cabeza, después seriamente le pregunté:
—John… ¿por qué te enamoraste de Alina? ¿Qué te hizo sentir que era la indicada entre tantas?
Alina era mesera en un restaurante cerca del colegio. Desde que John la vio por primera vez, quedó atrapado por su alegría.
Aunque le tomó casi un mes atreverse a hablarle.
Sí, mi amigo … el gran romántico empedernido había sido derrotado por una sonrisa encantadora.
—Me enamoré de su luz —confesó —. De la forma en la que ve el mundo… y de cómo me hace sentir cuando estoy con ella.
Sus ojos al hablar de ella se iluminaban. Puse mi mano en su hombro confesando también.
—Eso es lo que busco. Las chicas que me has presentado son lindas… pero ninguna me ha hecho sentir eso.
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La formación militar duró casi seis años, en ese tiempo se había iniciado una guerra con un país del medio oriente.
Al término de la formación nos dieron quince días de descanso, después seríamos enviados al campo de combate. Nadie nos explicó realmente lo que nos esperaba.
John aprovechó esos días para casarse con Alina. Tuve el honor de ser su padrino. Nunca lo había visto tan feliz, a pesar de pasar poco tiempo de luna de miel.
Luego llegaron las despedidas. Mi madre lloró en silencio. El abuelo Andréu solo me abrazó fuerte y me repitió al oído las palabras que ya conocía de memoria.
Pero nada me preparó para lo que llegaría.
El entusiasmo se convirtió en polvo y miedo.
Había heridos por todas partes.
El entusiasmo se convirtió en polvo y miedo. Nos separaron inmediatamente. John se quedó en el puesto médico del campamento; a mí me enviaron directo al campo de batalla.
Y ahí entendí lo que era la guerra.
Balas silbando sobre la cabeza. Explosiones que hacían vibrar los huesos. Gritos de hombres que ya no sonaban humanos.
Cuerpos en el suelo… algunos sin vida, otros luchando por aferrarse a ella.
Hombres sin piernas. Sin brazos. El horror en su forma más cruda.
Por un instante quise huir. Quise volver a casa y esconderme en los brazos de mi madre como cuando era niño.
Entonces resonó en mi mente la voz del abuelo Andréu:
“Me moría de miedo en cada batalla… pero no podía abandonar a mis compañeros.”
Tragué saliva. El miedo seguía ahí, pero ya no estaba solo, ahora… también algo había nacido en mí.
Corrí hacia el primer soldado caído. El cabo Gustavo había perdido una pierna y gritaba de dolor, temblaba, suplicaba por salir de ahí. Lo cargué como pude hasta la camilla y lo arrastré hasta el transporte médico.
No tuve tiempo de pensar. Solo de actuar.
El siguiente fue el cabo Conan.
Una bala en el brazo, nada grave, le inyecte morfina, le extraje la bala y lo vende.
Después vino otro. Y otro. Así pase las horas.
La noche cayó, la guardia con Cowart no fue fácil. La hoguera crepitaba baja mientras vigilábamos cualquier ruido.
Cowart me contó que se había enlistado para poder pagar el tratamiento contra el cáncer de su madre, era la única forma de salvarla.
Hablamos de nuestras vidas. De lo que habíamos dejado atrás.
Pero sin bajar la guardia.




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