Memorias de un guía espiritual. El peso de las alas.

UNA TRISTE DESPEDIDA

Cuando desperté, una luz blanca y suave me cegaba.
Tardé varios segundos en acostumbrarme. Al abrir los ojos por completo, comprendí que ya no estaba en el campo de batalla. Tampoco era un hospital. El lugar no se parecía a nada que hubiera visto antes.
Varias figuras me rodeaban. Algunas vestían túnicas blancas con capucha, otras brillaban con un dorado cálido. Sus rostros eran perfectos. Hombres y mujeres de una belleza imposible, como si no pertenecieran a este mundo.
Me sentí cobijado por una serenidad que parecía antigua.

—Leo.. bienvenido —dijo uno de ellos con una voz melodiosa—. Hemos visto lo que hiciste y…

Interrumpí abruptamente.
—¿Quiénes son ustedes? ¿Dónde estoy?

Hubo un breve silencio.
—Estás muerto, Leo. Este es el umbral.

Sentí que el mundo se detenía. La palabra “muerto” cayó sobre mí como un peso físico. Sentía que el aire se escapaba de mis pulmones,
mientras el corazón palpitaba como si hubiera corrido un maratón.

—Eso no puede ser… Yo… todavía tenía cosas que vivir.

Uno de ellos se acercó y puso una mano en mi hombro. Su tacto era cálido, extrañamente reconfortante.

—Salvaste muchas vidas en ese risco. Esa granada habría matado a los soldados que rescataste. Tu sacrificio no pasó desapercibido.

Tragué saliva. Mi mente busco respuestas lógicas.
—Si es que estoy muerto… ¿por qué no tienen alas? Y ¿Por qué yo no tengo alas? ¿No se supone que son así los ángeles?

Una leve sonrisa apareció en sus rostros.

—Los querubines, arcángeles y ángeles tienen alas. Nosotros somos Ancestros. Fuimos creados antes que la Tierra y antes que el tiempo mismo. Somos los testigos de la creación.

Fruncí el ceño, me sentía confundido, pero su cercanía me hacía sentir en paz
—¿Segunda vida?
—Sí. Pero tú no estás ahí… no aún.
Se acercó un poco más.

—Nosotros somos los Ancestros. Ángeles creados desde el inicio de los tiempos. Fuimos testigos de la creación del universo… de la Tierra… y de la vida misma.

Hizo una pausa.
—Y ahora queremos ofrecerte algo.

Lo miré, confundido, no sentía que estuviera muerto.
—Por tus acciones… por tu sacrificio… queremos que te conviertas en un guía blanco.
—¿Es algo así como un ángel de la guarda?

Negó suavemente.

—No exactamente. Un ángel de la guarda protege a una persona durante toda su vida. Un guía blanco… aparece en momentos clave. Cuando alguien más lo necesita.

Hizo una pausa y me miró con profundidad.
—Por tu valentía, queremos ofrecerte un propósito. Queremos que te conviertas en un Guía Blanco.

La migraña apareció martillando mi cabeza .

—¿Guía blanco? ¿Es algo así como un ángel de la guarda?

El ancestro negó suavemente.
—Los ángeles de la guardia protegen a una sola persona toda su vida… Pero tú aparecerás solo cuando alguien te necesite de verdad.

Me quedé en silencio, mirando mi uniforme militar aún cubierto de polvo y sangre seca. Todo esto parecía un sueño demasiado lúcido.
Mi vista se nublaba por intervalos, pero la voz de otro ancestro me hizo volver a centrarme.

—Sin embargo —añadió con gentileza—, considero que eso puede esperar. Lo ideal es que primero deberías despedirte.

El pecho se me contrajo.
—¿Despedirme?

—De tu familia. Después de esto, ya no podrás volver a verlos.

El mundo volvió a romperse.

—El guía Daniel te acompañará en esta travesía.

Me sentía en un sueño, no es que fuera un experto en muertes, pero en las películas la persona que fallecía podía ver su cuerpo inerte y después una luz blanca aparecía, del otro lado se encontraban seres amados que lo esperaban con los brazos abiertos.
Pero yo no tenía seres amados o al menos eso creía.

El guía Daniel se acercó y extendió su mano.

—¿Nos vamos?

Tomé su mano sin pensar. Una parte de mí aún rogaba al cielo con una esperanza absurda que todo fuera una broma cruel.
Quería creer que al llegar a casa, mi amigo John saldría de un escondite entre risas gritando que todo era una broma, mientras mi madre lo correteaba por la sala por hacerme una broma pesada.

Pero nada fue como creí.

En un parpadeo, el mundo se volvió borroso.

Cuando abrí los ojos, estábamos en la sala de mi casa.
Mi madre dormía en el sofá, vestida de negro, abrazando una fotografía mía contra su pecho. Tenía los ojos hinchados. Una lágrima fresca brillaba en su mejilla.
El mundo se derrumbó a mi alrededor. Como balde de agua fría comprendí que mi muerte era real.

Daniel habló con voz suave, como una melodía lejana:
—Toca su frente, así entrarás en su sueño. Cuando termines, solo cierra los ojos para salir.

Asentí.
Mi mano temblaba cuando la acerqué a su cabeza. En cuanto la toqué, algo me absorbió.
De pronto estaba frente a ella.
Mi madre se encontraba de pie ante un ataúd cerrado. Mi fotografía colgaba en una corona de flores blancas.

—¿Mamá…?

Me acerque a su lado. Ella levantó la vista. Sus ojos se abrieron con sorpresa y dolor.

—¡Leo!

Me abrazó con una fuerza, desesperada tocó mi rostro, mis hombros, como si necesitara comprobar que era real.

—Mi niño… tuve una pesadilla horrible. Soñé que habías muerto…

Tragué saliva con dificultad.

—Mamá… no es un sueño— termine la última frase con la voz rota

Ella se quedó congelada.

—Vine a despedirme

Negó con la cabeza, las lágrimas caían sin control..

—No…no.. tú no…Tú …tenías que enterrarme a mí primero… No…tú, no mi vida…

Ella se aferraba a mi desesperada. La abracé con todas mis fuerzas.

——Prométeme algo —le susurré, la voz se me quebraba —. Prométeme que no te quedarás sola. Que buscarás a alguien que te haga sonreír otra vez.
—No… Leo, por favor…

Interrumpí
—Necesito escucharlo, mamá. Necesito irme en paz.

Sus sollozos se volvieron más fuertes. Con un esfuerzo enorme logró decir:




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