Memorias de un guía espiritual. El peso de las alas.

MI VIDA COMO GUIA BLANCO

De regreso al cielo, noté algo que antes no había percibido: cada vez que nos movíamos de un lugar a otro, una luz azulada con destellos nos envolvía, como si nos desintegráramos por un instante para reaparecer en otro sitio. Era extraño… Y, de algún modo… inquietante.

Uriel ya nos esperaba. Su expresión seguía siendo serena, casi imperturbable, pero en sus ojos había algo distinto. Algo que no supe interpretar.

—Leo… tenemos que hablar.

Lo miré sin entender.

Antes de que pudiera continuar, otro ángel apareció a su lado, tocó el hombro de Uriel, negando ligeramente con la cabeza, como si esa conversación no debiera suceder… aún.

Uriel me miró de nuevo.

—Necesito tu respuesta.

No tenía cabeza para pensar. Acababa de despedirme de mi madre y mis abuelos. Sentía que todo mi mundo se había derrumbado.

Sentía que mi mundo simplemente desaparecía.

Pero entonces recordé mis propias palabras.

Haré todo lo posible por volver a verte.

Si aceptaba… tal vez encontraría la forma.

—Está bien —dije al fin—. Seré un guía blanco.

No lo dije por convicción. Lo dije porque era la única forma de no perder del todo la vida que acababa de dejar atrás.

Como si ya supiera mi respuesta, Uriel se acercó y colocó su mano sobre mi cabeza. Cerró los ojos y sentí algo extraño: como si me estuvieran llenando por dentro con paz…. Demasiada paz.

Por un momento… el dolor por mi familia desapareció casi por completo.

Y eso… me asustó.

—¿Qué me estás haciendo? —pregunté, abriendo los ojos.

Uriel no respondió de inmediato.

—Preparándote.

Bajé la mirada.

Cuando bajé la mirada, mi uniforme militar había desaparecido. Ahora llevaba una túnica blanca, ligera y perfecta. Me sentía… ajeno a mí mismo.

Segundos después con la voz de Uriel sonó más animada.

—Estás listo Leo. Ya eres un guía blanco, bienvenido.

Señaló al ángel que había aparecido a su lado.

Él es el ángel Daniel. Te dirá todo lo que tienes que hacer y te guiará en cualquier cosa que requieras.

Daniel me sonrió, en sus movimientos corporales pude leer que podría abrazarme. ( Tal vez lo imaginé)

Su expresión era cálida, casi humana. Demasiado humana para ese lugar. Muy diferente a la de Uriel.

Observé con detenimiento que él no llevaba la misma vestimenta que los ancestros, la curiosidad no se hizo esperar.

—¿Tú también eres un guía blanco? —pregunté curioso.

—Claro —respondió con una sonrisa juguetona—. ¿O pensabas que era un monaguillo?

Solté una risa breve.

Por primera vez desde que había muerto, algo se sintió casi normal.

—Oye… —dije, mirando mi túnica con incomodidad—

¿tengo que usar esto todo el tiempo?

Daniel soltó una risa suave.

——No necesariamente. Puedes cambiar tu apariencia cuando estés abajo. Pero aquí arriba… mejor sigue el código si no quieres problemas.

Asentí.

Aunque algo más llamó mi atención.

Lo miré con detenimiento. Sus gestos. Su forma de hablar.

Había algo en él…

—¿Te conozco de algún lado?

Daniel se quedó en silencio un segundo. Su sonrisa se volvió seria y me miró fijamente .

—¿Por qué lo dices?

Fruncí el ceño.

—No lo sé… se siente como si ya te hubiera visto antes.

Intenté recordar… pero mis pensamientos se sentían borrosos.

Como cubiertos por una neblina blanca.

—Leo, yo…

—Perdón —lo interrumpí—. Creo que todo esto me está afectando.

Su expresión se suavizó.

—Es normal. Estás procesando muchas cosas.

Hizo una pausa antes de continuar:

—Además… los guías blancos nos movemos entre los humanos. A veces nos ven… sin darse cuenta.

—Perdón, creo que todo esto me está haciendo perder la cabeza.

Su mirada se suavizó.

—No te preocupes. Es posible que me hayas visto, verás, los guías blancos nos movemos entre la gente, a veces como personas, otras como especies o esencias.

No supe por qué… pero esa respuesta no me convenció del todo.

Mientras caminábamos, observé el cielo con más detenimiento. No era solo nubes infinitas. Había caminos, estructuras etéreas y jardines que parecían demasiado perfectos.

Llegamos a uno jardín especialmente hermoso.

—Este lugar le gusta mucho al arcángel Miguel —comentó Daniel.

Seguí caminando a su lado. Observando lo hermoso del lugar. Pero mi atención volvió a él.

Entonces… ¿qué hace exactamente un guía blanco?

Daniel suspiró, como si intentara resumir algo demasiado grande.

—Ayudamos sin intervenir directamente —respondió—. Guiamos decisiones importantes, influimos en momentos clave. A veces… salvamos vidas.

Lo miré con atención.

—¿Y por qué no hacerlo más fácil? ¿Por qué no curar a todos?

Daniel negó con la cabeza.

—Porque entonces dejarían de luchar—Hizo una pausa—. Y el mundo perdería su sentido.

Guardé silencio. Tenía sentido, aunque no me gustara.

—Hay reglas —continuó—. Muchas. Pero hay una que nunca debes olvidar.

Su mirada y su voz cambiaron.

—Está prohibido enamorarse de los mortales— concluyó.

Fruncí el ceño, por un momento olvide que ya no era uno de ellos.

—¿Por qué está prohibido enamorarse? No es que pretenda enamorarme, pero quisiera saberlo, si se puede, claro.

Daniel se detuvo y me miró con seriedad..

—Hace muchos años, cuando nuestro padre celestial había terminado de adaptar la tierra para los humanos que vivirían en ella, el hermano del arcángel ancestral Miguel, se enamoro perdidamente de la mujer que había sido creada junto con el primer hombre. Ella tenía dudas y cuestionaba muchas cosas, no quería seguir las reglas del cielo. Ese arcángel ancestral la robó del paraíso de Edén y por mucho tiempo vivió con ella. Pero nunca tuvieron hijos, se creía que los ángeles no podían tener descendencia con los humanos. Tiempo después cuando la humanidad empezó a reproducirse con facilidad, algunos de nuestros hermanos se enamoraron de mujeres humanas. Su amor por ellos se volvió obsesión… y luego caos. Nacieron seres poderosos y destructivos. Eso enfureció al Padre, creó ángeles guerreros para eliminar a aquellos monstruos. Los ángeles sintieron una gran pena al perder a sus hijos y estallaron en contra de nuestro propio padre, El arcángel celestial Miguel, junto con los ángeles guerreros, se enfrentaron, la batalla terminó. Los que se rebelaron fueron condenados a vagar por la Tierra como ángeles caídos. El amor que sintieron por la humanidad se convirtió en odio. La maldad humana les hizo ganar poder y establecer un imperio en la tierra. Para poder tener un equilibrio entre el bien y el mal, nuestro padre celestial creó a los guías blancos y desde entonces ayudamos a los humanos, como ya te había comentado en un principio.




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