Los cánticos de las aves anunciaban el inicio de un nuevo día.
Naomi despertó con ellos. Se incorporó lentamente, frotándose los ojos, aún soñolienta.
Su semblante cambió cuando buscó dentro de la mochila algo que comer. Observó unos segundos… como si estuviera pensando algo importante.
Luego sacó una de las cajitas de leche y una barra energética.
(cosa que le agradecí muchísimo… porque en el cuerpo de un ser vivo, el hambre no perdona).
Su tierna voz me hizo preocuparme cuando me dijo:
—Tenemos que cuidar la comida—
Un pensamiento incómodo se instaló en mi mente…
¿Y si no era suficiente?
Mientras comía, eché un vistazo dentro de la mochila. Sentía que lo que había aparecido era suficiente, pero qué sabría yo. En casa comía cuanto quería, y en la guerra nos daban lo suficiente para reponer fuerzas.
Rogué al cielo para que a Naomi le alcanzara lo de la mochila.
Ya no podía aparecer más comida, Daniel claramente me había dicho que ayudar a los humanos haría que ellos dejaran de esforzarse y el mundo perdería sentido.
Me encontraba en una disyuntiva, por un lado obedecer las reglas del cielo y por otro ayudar a una niña que solo tenía 7 años.
Al terminar de comer Naomi cerró la mochila y se la colgó en la espalda. Antes de marcharnos apagó la fogata con tierra.
Me sorprendió, era demasiado lista para su edad.
No sabía qué había vivido esta criatura antes de mi llegada, pero había aprendido a sobrevivir.
Volví a tirar suavemente de su manga para indicarle el camino. Ella entendió de inmediato.
Cuando sentí que ya estábamos suficientemente lejos de la cueva, la hice desaparecer. No podía arriesgarme a que alguien que conociera la zona, o un guardabosques, la encontrara y pensara que fue un milagro o que apareció de la nada.
Caminamos durante horas.
El bosque parecía no terminar nunca.
Las avecillas y ardillas de ese lugar se asomaban de sus nidos para verme y gritar
—¡Un ángel!
—Mamá, mira, un ángel
—¡Hola Ángel!
Me sentí como una estrella de rock al ver que muchos animalitos me saludaban. Pero no puedo negar que también era raro.
Cada vez me sorprendía más lo que era ser un guía blanco, nunca en mi vida me había imaginado que los animales hablaran o mejor aún que yo entendiera cada palabra.
Sentí que era incómodo y grosero no responder a tantos saludos con alegría. En el lenguaje animal les respondía:
—¡Hola, que tal! ¿Cómo están? ¡Buenos días!
A los oídos de Naomi lo único que escuchaba eran ladridos, piar y chillidos. Pensó que tal vez los quería atacar y me regañó.
—Lobo no, no molestes a los animalitos de bosque
Lobo era el nombre que Naomi me había dado. Era evidente que no conocía la diferencia entre un lobo y un perro, pero ambos éramos cuadrúpedos y peludos, así que decidí pasarlo por alto.
Ella seguía regañándome
—Ni debes ladrarles— se arrodilló para acariciarme—. No les temas. Yo no voy a dejar que te hagan daño porque tú eres mi bebé peludo. Cuando lleguemos a la ciudad, voy a trabajar, te voy a comprar una cuna para que duermas, te voy a dar tu lechita en una mamila…
Sin duda alguna Naomi era una niña muy inocente, era increíble ver cómo los niños no tienen ni pizca de maldad a esa edad y lo triste de saber que los adulto son quienes los cambian con sus perjuicios.
Mientras caminábamos Naomi no paraba de cantar, cuando ya no tuvo más canciones en la memoria me platicó de cómo la peinaba su mamá, de lo mucho que la extrañaba, lo mucho que le dolió saber que su madre había muerto,
El escuchar su triste historia me puso a pensar en mi madre y de lo que hubiera sido mi vida sin ella.
Naomi a tan corta edad se había quedado sin madre y su padre era un completo idiota.
No podía entender cómo hay personas que se deslindan de sus hijos sin más.
La bilis se me subió del coraje.
Me prometí que no la abandonaría hasta que ella encontrara una buena familia que la amara.
Los días pasaron entre lodo, calor, picaduras de mosquitos y frío por las noches.
Naomi cada noche me cantaba una canción de cuna para que descansara, aunque ella terminaba dormida antes que yo.
Yo me sentía su hermano mayor.
Cada mañana cuando emprendíamos de nuevo el camino, fantaseaba lo padre que hubiera sido tener un hermano, con el cual pudiera jugar, practicar los goles de fútbol, ser su tapadera para cuando quisiera ver a la novia. También fantaseé el que hubiera sido si hubiera tenido una hermana, de la cuál pudiera cuidar, acompañarla a sus reuniones de trabajos, espantarle los galanes que quisieran acercarse a ella, tener el puesto del hermano celoso. Me hubiera gustado mucho.
Un día como los demás, el sol comenzó a elevarse, como todos los días, con él llegó el calor… luego el cansancio y después..
El silencio.
Naomi ya no cantaba, ya no me hablaba. Solo caminaba.
Sus pasos eran más lentos… muy pesados.
Subimos por un pequeño risco, Naomi por momento se detuvo. Buscó entre la mochila una botella de agua. Me di cuenta de que ya no quedaba ni una sola botella entera.
Me preocupé.
Ella levantó la mirada y se quedó quieta unos segundos.
Y luego sonrió, con una sonrisa enorme, de esas que solo los niños saben dar cuando sienten que todo va a estar bien.
—¡Mira, Lobo! —gritó emocionada.
A lo lejos se veía la ciudad.
Los edificios se alzaban entre una ligera neblina, como una promesa… como el final de todo.
Antes de que pudiera reaccionar… salió corriendo cuesta abajo.
Corrí tras ella ladrando, intentando advertirle lo peligroso que es correr cuesta abajo, pero en mi forma canina era difícil.
Ella no se detuvo y su pie se tropezó con una raíz que sobresalía de la tierra.
Todo ocurrió demasiado rápido… y al mismo tiempo, demasiado lento.
Su cuerpo se inclinó hacia adelante, sus manos intentaron sostenerse de la nada.
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fantasia, drama emocional, ángeles y demonios. batallas internas.
Editado: 28.04.2026