Sentimos cerca la presencia del verdadero guardabosques.
Daniel me miró por última vez y, con un guiño, desapareció.
En mi forma de Golden corrí hacia el guardabosques y tiré insistentemente de su pantalón hasta que logró entenderme.
Al verla inerte en el suelo, no dudó ni un segundo: la cargó y corrió hacia su camioneta.
Se había olvidado de mí.
—¡Espera! — grité, aunque sabía que no podían entenderme.
Corrí detrás de la camioneta del guardabosques.
Mis patas ardían… cada paso era un dolor agudo que subía por todo mi cuerpo. Sentía una molestia en el abdomen, pero no podía detenerme. El aire me quemaba los pulmones. No quería perderla. No después de todo lo que habíamos pasado juntos.
Naomi ya estaba consciente cuando la bajaron de la camioneta, pero aun así la llevaron de inmediato a revisión.
Yo intenté entrar, pero no me lo permitieron.
Me quedé afuera, sentado como el perro bueno que se suponía que era, me moría de ganas por entrar a la fuerza si pudiera.
Mientras el dolor en mi cuerpo crecía, el dolor comenzó a ser insoportable, ya no pude ignorarlo más.
Bajé la mirada, lo que vi me impactó.
Mis patas delanteras estaban cubiertas de sangre, algo parecía haberse enterrado en mi abdomen. Sentía que la vida se me escapaba una vez más.
No quería que Naomi me viera así, ni que ese fuera su último recuerdo de mí.
Retrocedí.
Busqué un lugar apartado y me transformé nuevamente en guía. Aparecí en la sala de cuidados.
Ella se encontraba sentada en la camilla, su semblante era de preocupación, no paraba de preguntar por mí.
—¿Dónde está Lobo…? —su voz temblaba.
Cerré los ojos.
Tenía que calmar esa presión en el pecho que no me dejaba respirar y a la vez me gritaba correr hacia Naomi, porque estaba ahí, tan cerca de ella y no podía responderle.
—Tengo que ir por él… —murmuró, incorporándose de la cama—. Está solo…
El doctor intento calmarla.
—Tranquila, pequeña. Lo están buscando.
Pero ella negó con la cabeza, desesperada.
—No… él me cuidó… no lo puedo dejar solo.
Di un paso hacia ella. Mi instinto gritaba que volviera a transformarme.
Pero me detuve, si volvía como Golden ya no querría irme jamás. Y ella necesitaba seguir sin mí.
Apreté los puños.
—Perdóname… —susurré, aunque sabía que no podía escucharme.
Las lágrimas rodaban por su rostro en silencio.
—¿Dónde está Lobo…?
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía.
El doctor, el guardabosques, la policía y servicios sociales entraron al cuarto donde Naomi se encontraba.
Ella entre sollozos les contó lo que había vivido desde el momento en que escapó de su padre. Todos estaban sorprendidos, era absurdo que una niña de tan solo 7 años de edad hubiera sobrevivido casi un mes en el bosque.
—¡Es imposible!— comentó el guardabosques sorprendido— hemos recibido informes de campistas que han sido atacados por una manada de lobos.
—Es un milagro — dijo la trabajadora social aún asombrada.
Al escuchar la palabra milagro, no sabía si sentir orgullo… o miedo.
Naomi volvió a preguntarle angustiada por mí.
El guardabosques bajó la mirada avergonzado.
—Lo olvidé en el bosque…
El semblante de Naomi cambió de inmediato, reflejando tristeza. Intentó salir del cuarto. Todos la detenían. Ella comenzó a sollozar. Su llanto fue distinto, no de miedo, sino de pérdida.
Y eso… dolía más.
Para consolarla prometieron buscarme.
Aunque sabía que no me encontrarían.
Afuera del hospital reporteros se amontonaban para ser los primeros en difundir la noticia.
La luz de las cámaras, micrófonos, flashes intimidaban a la pequeña Naomi
Los del Servicio Social preocupados por Naomi la llevaron a una casa hogar.
En pocos días la noticia ya se había esparcido, su historia estaba en todos lados.
“Niña sobrevive casi un mes en el bosque gracias a un misterioso perro.”
Personas de todas partes comenzaron a llegar. Querían adoptarla. Eso debería haberme hecho feliz, pero algo dentro de mí se revolvía.
Su rostro reflejaba la tristeza de haberme perdido, su apetito comenzó a disminuir.
Yo intentaba buscar la manera de acercarme a ella, me sentía fatal al verla así. No podía tocarla, estar con ella físicamente, ni siquiera decirle que me encontraba a su lado, como cuando estábamos en el bosque. Pero algo dentro de mí me decía que era suficiente, que tenía que cuidar de ella ahora siendo un guía.
Por primera vez… sentí que ser un guía no se sentía como un regalo.
Fui testigo de cuánta gente solo iba por Naomi, me molestó, porque de no haber sido por la premisa en los periódicos y televisoras, las personas jamás hubieran pisado la casa hogar y Naomi sería una niña más esperando ser adoptada.
Eso me dio una idea, empecé a influir suavemente a los padres que llegaban. Un pensamiento aquí. Una emoción por allá. Hacia que observaran que no solo Naomi necesitaba ser adoptada, los hacía sentir compasión por los demás niños.
Pero cada intento me debilitaba, mi energía se consumía, mi alma gritaba desesperada por regresar al cielo.
No podía irme, no quería, no todavía.
Mis esfuerzos dieron resultado, días después también niños de la casa hogar salían de ahí para pertenecer a una familia.
Una tarde una pareja fue aprobada para adoptar a Naomi.
Tenía 10 años intentando tener un hijo, 10 años sufriendo por no poder tener alguien que llenará su vida con risas, cantos alegres.
Cuando llamaron a Naomi para darle la noticia ella palideció.
El miedo se reflejaba en su mirada, quería huir, la abracé con todas mis fuerzas, a pesar de no estar físicamente ella sintió que algo la reconfortaba. Se armó de valor para acompañar a la pareja a lo que seria su nuevo hogar.
La acompaño aunque sabía bien que ella no podía verme.
La casa era grande, cálida, tranquila y segura. En el jardín trasero se encontraban algunos juegos que esperaban desde hace mucho ser ocupado por niños .
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Editado: 28.04.2026