Memorias de un guía espiritual. El peso de las alas.

EL PESO DE LAS ALAS

Mis fuerzas flaquearon y caí de rodillas.

Ya no era capaz de entender nada. Mi visión se nublaba y todo giraba a mi alrededor.

Entonces vi una luz azul aparecer como un rayo. Era Daniel, que había bajado en mi ayuda. Su semblante reflejaba una preocupación que jamás le había visto antes. Tomó mi brazo con fuerza y me levantó, pasando uno de mis hombros sobre su cuello para sostenerme.

—¡Arriba, hijo! —gritó con desesperación—. ¡Aguanta! ¡Pronto llegaremos!

Sus palabras apenas lograban resonar en mi mente.

—¡No voy a perderte una vez más!

No entendí a qué se refería.

No entendí a qué se refería. Mi mente apenas alcanzó a pensar —antes de desvanecerse por completo— que quizá Daniel había sido mi guía espiritual en vida. Si sobrevivía… se lo preguntaría.

Una energía cálida comenzó a llenar mi cuerpo. Poco a poco recuperé la conciencia. Abrí los ojos lentamente, aún desorientado, sin saber dónde estaba, pero me sentía mejor. Miré alrededor confundido, intentando recordar qué había sucedido. Entonces todo regresó de golpe:

Mi muerte, la despedida con mi madre, Naomi, mi desvanecimiento… Después de eso, no lograba recordar nada más. Me llevé una mano a la cabeza. Todo me daba vueltas.

Una voz melodiosa me hizo reaccionar.

—Leo… ¿nadie te dijo que debes venir a reponer energías?

Alcé la vista. Era otro guía blanco: Jacob. Asentí.

—Sí, señor… pero no podía dejar a Naomi hasta verla en buenas manos. A ella y a los niños de la casa hogar —expliqué.

Su semblante se volvió más serio.

—Sabes que no podemos interferir más de la cuenta en los asuntos de los mortales.

Lo miré confundido.

—¿Acaso mi trabajo no era ayudar a Naomi a salir del bosque y encontrar una buena familia?

Jacob también mostró confusión en su rostro. Respiró hondo antes de continuar:

—Me refiero a la manera en que influenciaste a esas personas para adoptar a los otros niños.

Mi confusión aumentó. Jacob suspiró.

—Mira, Leo: nosotros no podemos meternos en las decisiones ni en los sentimientos de ningún humano, porque ellos deben ejercer su libre albedrío. Ese es el don que les dio nuestro Padre Celestial. Si nosotros intervenimos de más, estaríamos cometiendo el mismo pecado que Lucif… —se interrumpió de inmediato, como si incluso pronunciar ese nombre fuera peligroso. Guardó silencio unos segundos antes de continuar con tono más firme—. Simplemente no debe hacerse. ¿Entendido?

Asentí rápidamente.

Jacob suspiró.

—Lo dejaré pasar solo por esta ocasión —su sonrisa fue de confidencia—, y también porque hiciste feliz a muchos niños huérfanos.

Comenzó a alejarse, pero antes de desaparecer se giró hacia mí una vez más.

—Y Leo… —su voz ahora era completamente seria—. No vuelvas a esperar tanto para regresar aquí. Si un guía se queda sin suficiente energía antes de orbitar de vuelta… su espíritu simplemente se desvanece.

Sentí un escalofrío.

—Muchos nos preocupamos por ti —añadió.

Bajé la cabeza, como un niño siendo reprendido.

—Lo entiendo…

Jacob continuó su camino. Sentí que tenía que preguntarle algo importante antes de que se marchara, pero lo había olvidado. Entonces recordé por qué había aceptado convertirme en guía blanco.

Sin perder tiempo, en cuanto Jacob desapareció entre los pasillos, orbité hacia la casa de mis abuelos. No sabía cuánto tardarían en darse cuenta de mi ausencia, pero bastarían unos minutos solo para confirmar que mi madre se encontraba bien.

Aparecí en la sala. Los recuerdos de mi vida anterior seguían intactos. Todo estaba exactamente como lo recordaba: la mancha de vino que derramé en Navidad seguía en la alfombra, los muebles en el mismo sitio, las fotografías igual. Todo… excepto en el estudio del abuelo.

Mi respiración se detuvo.

El marco de las medallas de mi abuelo había sido reemplazado. En su lugar había uno nuevo. Tres medallas colgaban dentro. Mis medallas. Debajo, una placa dorada decía:

Reconocimiento al mejor médico de combate

Leo Downey

Hijo, nieto y amigo.

Siempre te recordaremos con amor.

Las lágrimas rodaron por mis mejillas. Sentí que mi muerte no había sido en vano. Hasta el final había conseguido lo único que siempre quise: hacer sentir orgullosa a mi familia. Pero también dolía, porque ese orgullo había costado mi vida.

Recorrí la casa en busca de mi madre, pero no había nadie. Una punzada de tristeza me atravesó el pecho. Quería verla, saber cómo estaba, saber cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la vi. Me disponía a orbitar de regreso al cielo cuando el sonido de la puerta principal me detuvo.

La abuela Annette fue la primera en entrar. Sonreía mientras sostenía la puerta abierta para los demás. Entonces la vi: mi madre. Lucía hermosa, feliz, en paz. A su lado caminaba un hombre sosteniéndole la mano con ternura; era el doctor Jaime, el mismo que la había ayudado a no caer en la depresión tras mi muerte. La manera en que la miraba lo decía todo: la amaba. Y al ver cómo ella le sonreía… entendí que también lo amaba a él.

Mi abuelo Andreu fue el último en entrar y cargaba un folder blanco. Mi corazón se aceleró al notar el logo de un hospital en la portada. Me acerqué a él para ver qué contenía. Pasé al lado de mi madre y entonces lo sentí: una energía pequeña, cálida, débil, pero viva. Mi mirada bajó a su vientre. Me acerqué lentamente, incrédulo. Allí dentro, una pequeña vida apenas comenzaba a formarse. Era diminuta, no más grande que un frijol.

Sentí cómo algo dentro de mí se quebraba y sanaba al mismo tiempo. Mi madre estaba siguiendo adelante, reconstruyendo su vida, y eso era todo lo que yo siempre había querido para ella: su felicidad.

Intenté acercarme más, queriendo asegurarme de que el bebé estuviera sano. A la edad de mi madre, un embarazo podía ser riesgoso. Pero antes de alcanzarla, un agudo tintineo resonó dentro de mi cabeza. Los guías me llamaban. Orbité de inmediato.




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