Memorias de un guía espiritual. El peso de las alas.

COMO EN EL AJEDREZ APRENDE A MOVER TUS PIESAS

Orbité de regreso al salón blanco, aún con la imagen del vientre de mi madre grabada en la mente.

Mientras ascendía de regreso al cielo, solo podía pensar en una cosa: esperaba que no me hubieran visto. Sabía perfectamente que no debía haber ido a visitar a mi familia; se suponía que esa vida debía quedar atrás. El miedo me recorrió por dentro, pero la razón pronto calmó mi angustia. “Si me hubieran descubierto, no me habrían llamado… habrían bajado a regañarme”. O al menos eso quería creer.

Al llegar, encontré a Uriel hablando en voz baja con Daniel. Mi corazón dio un vuelco. Por un instante pensé que hablaban de mí. Pero al acercarme, noté algo extraño: Uriel no estaba molesto, parecía estar consolándolo. Miré a Daniel y me estremecí. Nunca antes lo había visto así; su expresión reflejaba una tristeza tan profunda que parecía pesarle en el alma.

Uriel notó mi presencia de inmediato y caminó apresurado hacia mí.

—Leo, ya te hemos asignado un nuevo protegido —dijo rápidamente—. No pierdas más tiempo, muchacho.

Antes de marcharme miré una última vez a Daniel. Él me sonrió, intentando aparentar que todo estaba bien, pero su sonrisa reflejaba amargura. Entonces recordé sus palabras antes de que perdiera el conocimiento: “No voy a perderte una vez más”. Necesitaba preguntarle qué significaba eso. Aún tenía demasiadas preguntas. Pero no podía hacerlas ahora.

Cuando estaba por orbitar, Daniel me detuvo.

—Espera, Leo.

Puso una mano sobre mi hombro. Su voz sonaba seria.

—Esta misión puede ser difícil para ti. El muchacho se está juntando con malas compañías… y creemos que hay demonios influyendo en ellos.

Mi cuerpo se tensó de inmediato.

—Debes tener extrema precaución —continuó—. No dejes que el enemigo se acerque demasiado. Si te ves en peligro, orbita inmediatamente.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué no puedo simplemente enfrentarlos? —pregunté—. No es por presumir, pero aprendí artes marciales desde niño y boxeo desde adolescente. Sé defenderme.

Daniel sonrió apenas, como si le hubiera contado una broma inocente.

—Porque no es tan sencillo. Algunos demonios son ancestros caídos… seres antiguos. No pelean con fuerza bruta, Leo. Pelean con la mente.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—Saben manipular, convencer, corromper —continuó—. Y si logran quebrarte… te convertirás en uno de ellos.

Lo miré confundido.

—¿Y eso por qué sería tan malo?

Uriel respondió antes que Daniel:

—Porque un guía negro posee flechas capaces de matar a los guías blancos.

Mi expresión se endureció.

—Los ancestros caídos buscan corromper a los protegidos para atraer a sus guías —explicó Uriel—. Su objetivo es demostrarle a nuestro Padre Celestial que crear humanos fue un error.

Guardé silencio. Aquello era mucho más grande de lo que imaginaba.

Daniel suspiró con pesar.

—Lamento darte una misión tan complicada tan pronto, pero los demás guías están… —se interrumpió, como si hubiera estado a punto de decir algo que no debía— ocupados atendiendo otro asunto.

No le creí. Algo me decía que ocultaban más de lo que estaban diciendo. Mi estómago se revolvió. Por primera vez, la emoción de recibir un nuevo protegido no llenó mi pecho de orgullo, sino de miedo.

Pero entonces recordé a mi abuelo, recordé el marco con mis medallas colgando en su estudio. Recordé sus palabras y respiré hondo. Si tenía que dar mi vida otra vez por alguien, lo haría sin pensarlo.

Orbité hacia la Tierra.

Aparecí en un parque público abarrotado de adolescentes. No encontré ninguna señal de demonios rondando, aunque puse mis sentidos en alerta y caminé con cautela. Caí en cuenta de que en esta ocasión no tuve ningún torbellino de información sobre mi siguiente protegido. Pensé en regresar al cielo para preguntar, pero una fuerza magnética comenzó a arrastrarme.

Di un pequeño salto del susto, pero mi curiosidad era más que cualquier peligro, quería saber hacia dónde me llevaría.

Seguí aquella energía hasta unas canchas de básquet y entonces lo encontré.

Era un muchacho de rasgos africanos que charlaba con otros cinco jóvenes, sus “amigos”. Con solo mirarlos se sentía su mala vibra. Incluso los perros callejeros evitaban acercarse a ellos. Pero lo que realmente llamó mi atención fue: su aura. Radiaba una luz de color blanco puro, similar a la de Jacob, aunque en ocasiones se volvía gris.

Me acerqué lentamente. Al estar lo suficientemente cerca, la avalancha de información por fin llegó.

Su nombre era Dylan. Tenía quince años y era africano. Su familia había huido de la pobreza buscando una vida mejor en Indianápolis.

Imágenes inundaron mi mente: Dylan enseñando a otros niños a leer bajo la sombra de un árbol, compartiendo su comida con quien tenía menos, sonriendo con una nobleza que pocas veces había visto en alguien tan joven. Siempre había sido bueno… demasiado bueno para el camino que estaba tomando ahora.

Todo cambió cuando su padre los abandonó. Se enamoró de una joven y dejó tras de sí deudas, una familia rota y cuentas impagas. La madre de Dylan, que trabajaba hasta tres turnos al día, no alcanzaba el dinero. La frustración la llevó a refugiarse en el alcohol, dejando a Dylan con la responsabilidad de sus hermanos menores. Por ser menor de edad, no podía conseguir un trabajo formal. Hasta que conoció a la banda de los Samurái.

La banda, compuesta por adolescentes rebeldes influenciados por demonios, se dedicaba a robar y vandalizar. La policía los atrapaba, pero al ser menores, los liberaban al día siguiente.

La primera vez que Dylan robó, no pudo dejar de sentirse mal. Pero con ese dinero pagó la renta y compró materiales escolares para sus hermanos. Ese día tampoco comieron nada.

Ahora la banda planeaba otro asalto más jugoso.

—Te digo que ahí vamos a sacarle más dinero que en otros lugares, así Dylan va a poder darle de comer a sus hermanos hoy —dijo uno.




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