Los días corrían y todo parecía mejorar. El aura de Dylan se había blanqueado casi por completo.
Pero también se acercaba el día en que el verdadero señor Bonny regresaría de su viaje.
Todavía no tenía idea de qué decirle para que le diera trabajo a Dylan en el supermercado.
Pensé en hacerme pasar por su hermano gemelo robado al nacer, como en las novelas que veía mi abuela con mamá, pero descarté la idea de inmediato. Eso me obligaría a estar presente todo el tiempo, y un guía solo debe aparecer en los momentos en que su protegido realmente lo necesita.
Era el último día que suplantaba al señor Bonny. Me encontraba al fondo del establecimiento, limpiando unos estantes cubiertos de polvo, mientras mentalmente ajustaba los detalles del plan para que Dylan pudiera quedarse trabajando al menos mientras terminaba sus estudios.
La alarma de la entrada me sobresaltó. Pensé que el señor Bonny había llegado temprano, pero no era él.
Un tipo con pinta de motociclista de los años 50 entró al local.
Me estremecí.
Aún no lo tenía enfrente y mi espíritu pasaba por fases intensas: primero sentí una opresión en el pecho, como si tendiera a algo después paso a pánico y al final a una ira que jamás había sentido. Era evidente que su aura era fuerte, fría y siniestra. Por primera vez que enfrentaba a un opuesto del bien.
Dylan salió a despachar al que creía que era un cliente. Intenté detenerlo, pero la voz se me atoró en la garganta, atrapada entre el miedo y la indecisión.
No podía orbitar de regreso al cielo y dejar a mi protegido desamparado. No era un cobarde.
El demonio observó que Dylan se acercaba y esbozó una media sonrisa. Sacó un arco de su espalda y apuntó directamente a su pecho.
Dylan, al verlo, pensó que se trataba de un asaltante algo ortodoxo. Apuntar con un arco estilo medieval en vez de una pistola era inusual, pero igual de letal. Levantó las manos, su mirada era desconcierta a la vez de temor.
—Dylan, Dylan… te dimos la oportunidad de formar parte de nuestra banda, ¿y qué recibimos de ti? Un portazo en la cara —dijo el demonio con una voz siniestra e irreal.
Dylan tembló de miedo al escuchar aquella aterradora voz.
El demonio prosiguió:
—No te culpo. Tienes un guía espiritual muy astuto. Hacerse pasar por el dueño del establecimiento para salvar tu alma… Eso no lo ves ni en las películas de ficción —rió. Su sonrisa podía provocarle pesadillas a cualquiera.
Dylan frunció el ceño, sin entender nada.
—¿Qué? ¿Guía espiritual? ¿De qué estás hablando?
El demonio levantó la voz, para que yo escuchara desde donde me encontrara.
—¿Se lo explico yo o lo haces tú, Leo? ¿O debo decir… señor Bonny?
Cerré los ojos, intentaba pensar. Una de las reglas del cielo era no revelarse bajo ninguna circunstancia y este tonto ya lo había hecho. De pronto una idea llegó a mi cabeza.
Bajé del estante y caminé con tranquilidad por el pasillo que conducía a la entrada.
Cuando salí del pasillo, el demonio sonrió al verme.
Dylan seguía con las manos en alto y el demonio apuntaba a la cabeza de mi protegido. Observé a los dos a detalle, después fingí sonreír burlonamente.
—Vaya ¿Volvimos a la época medieval?— me acomode las gafas— joven, baje eso. ¿Quiere que sea honesto?
El demonio sonrió, pensó que lo obedecería.
—Si no puede controlar los efectos, no fume de la verde.
Mi sonrisa fue burlona y al demonio pareció irritarle
Dylan intervino rápidamente:
—Por favor, Zorak, el problema es conmigo. Deja al señor Bonny en paz. Me voy contigo ahora mismo si quieres.
—¡No Dylan!— respondí.
El demonio me miró con odio y apuntó el arco hacia mí.
El acto me heló la sangre, pero no importaba. Si con eso evitaba que Dylan volviera al mal camino, valía la pena.
—Vaya, Leo… qué bien te queda ese disfraz. Si no fuera por tu aura, diría que eres realmente el señor Bonny.
Dylan volteó a verme, extrañado, escaneándome como si buscara el disfraz.
—El señor Bonny tiene razón —dijo Dylan—. Si no puedes controlarlo, mejor no fumes.
Zorak le dirigió una mirada desafiante. Dylan se quedó paralizado.
—Ese es el trabajo de un guía blanco —explicó el demonio—: toman la forma de cualquier ser vivo para guiarte por el buen camino.
Dylan reaccionó confundido.
—¿Un guía blanco? ¿Qué es un guía blanco? Creo que tantas drogas te están volviendo loco, amigo.
Daniel me había advertido que los demonios jugaban con la mente de las personas, pero este parecía más interesado en alimentar su propio ego.
—Vamos, guía blanco, descúbrete ante tu protegido —insistió Zorak—. ¿No te gustaría que viera la verdadera cara de el guía que le ha enderezado el camino?
Zorak dejó de apuntarnos y bajó el arco.
No sabía si ese era una trampa , pero sus jueguitos infantiles empezaban a aburrirme.
Suspiré cansado y di media vuelta. Fingía tranquilidad al acomodar las latas. Tenía que me disparará sin más, pero algo me decía que él tenía ganas de seguir enalteciéndose
Miré a Dylan
—Tu amigo está loco, Dylan. Ya ves, si hubieras seguido con ellos estarías igual de delirante y tus hermanos te visitarían en un psiquiátrico.
Dylan sonrió , bajó las manos más tranquilo y superó el miedo que le provocaba la presencia de Zorak. Con tono burlón le dijo:
—Vamos, vete de aquí, no causes más problemas.
Zorak ignoro a Dylan.
Yo seguía acomodando latas en los estantes cuando Zorak comenzó a caminar lentamente hacia mí ignorando a Dylan.
—Listo y obediente, como en la milicia. Veo que te entrenaron bien.
Ese demonio había hecho bien su trabajo: se informó de cada detalle sobre mí antes de enfrentarme. Pero no caería en sus provocaciones… o al menos eso creí.
Zorak me miró fijamente a los ojos, debió de ver algo en ellos que lo hizo sonreír, y entonces atacó. No con golpes, ni con el arco con una pregunta que me hizo dudar de mi.
——Dime—me susurró—, ¿también te dijeron por qué es tan importante que regreses al buen camino a este muchacho? ¿O te lo ocultaron?
No respondí. Pero mi expresión debió complacerlo, porque su sonrisa se ensanchó.
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Editado: 28.04.2026