Memorias de un guía espiritual. El peso de las alas.

DUDAS EN EL AIRE

Cuando la luz de Daniel desapareció al orbitar, el semblante de Uriel cambió por completo.
Observó el lugar con preocupación. El silencio que quedó después del caos le resultó incómodo.
Suspiró.
Caminó hacia Dylan, que dormía profundamente en el suelo. Su expresión se suavizó.

—Gracias, Sandman —susurró, guardando un pequeño saquito en su túnica.

Se arrodilló, apoyó una mano en la frente del chico y cerró los ojos. Una luz azulada se deslizó sobre el rostro de Dylan, en cuestión de segundos, borró lo ocurrido y tejió nuevos recuerdos que comenzaron a reescribirse.: Zorak asaltando el comercio, él como héroe accidental, el estruendo de las latas al chocar contra su cuerpo.

Creó una historia más fácil de digerir para él y el señor Bonny
Uriel abrió los ojos, el trabajo con el chico estaba hecho. Solo faltaba una sola cosa.
Se puso de pie y volteó hacia la entrada.
El verdadero señor Bonny llegó al establecimiento. Al ver su negocio abierto, se tensó de inmediato.
Antes de que pudiera reaccionar, Uriel lanzó el polvo dorado hacia su rostro.
El hombre cayó dormido.
Uriel lo sostuvo con cuidado y lo acomodó dentro del local, y lo colocó detrás de la caja fuerte. Repitió el mismo proceso, los recuerdos encajaron en perfecto orden.

Uriel chasqueó los dedos. Ambos abrieron los ojos como si despertaran de un sueño.

—Ya nos hemos llevado al asaltante, señor Bonny —informó Uriel, ahora con la apariencia de un policía.

El hombre parpadeó, desorientado. Miró a su alrededor.
Sus ojos se detuvieron en Dylan, que comenzaba a incorporarse entre las latas.
Corrió hacia él.
—¿Te encuentras bien?
Dylan asintió, aún confundido.

Uriel continuó hablando
—La banda de los Samuray es muy escurridiza —continuó Uriel—. Nunca habíamos podido atrapar a su jefe hasta ahora. Gracias a este chico valiente lo logramos.

El señor Bonny le dirigió una breve mirada a Dylan.
Uriel habló, midiendo cada palabra.
—La recompensa por Zorak no es mucha, pero estoy seguro de que a ambos les ayudará. A usted a su establecimiento y le servirá más a este muchacho para ayudar a sus hermanos con sus estudios, sabe, la vida no ha sido nada justa con él.

El señor Bonny miró a Dylan con atención por primera vez. No vio al chico como un problema.
Vio en Dylan a su mismo en su adolescencia intentando salir adelante.

—Gracias, hijo.
Dylan esbozó una leve sonrisa.
—No fue nada…
Por un instante, Dylan frunció ligeramente el ceño. Como si esto ya lo hubiera vivido, Uriel lo sintió y se apresuró a añadir.

—Es normal que se sientan desorientados después de pasar por una situación fuerte como esta— dijo Uriel—. Señor Bonny está vez tuvo suerte… si no fuera por este joven, la historia habría sido distinta.
Uriel los observó en silencio por un momento.
El señor Bonny volvió a mirar a Dylan.
Esta vez, con decisión.

—¿Sabes? Con mi edad, este lugar empieza a ser pesado… Estaba pensando en contratar ayuda.
Dylan levantó la vista.

—¿Te gustaría trabajar conmigo? Te pagaré bien. Medio tiempo… para que no dejes la escuela ni a tus hermanos.
Dylan asintió, una sonrisa sincera formándose en su rostro.

—Sí… me gustaría.
Sonrió animado, pero por dentro sintió un extraño deja vu.
Uriel asintió, satisfecho.
—Entonces, creo que aquí ya no hago falta.
Se dio la vuelta y salió del establecimiento, subió a una patrulla y se perdió entre los callejones.

Desperté con un dolor insoportable. Mi cuerpo entero protestaba. La cabeza me latía como si fuera a estallar.
Entonces recordé todo.
Me incorporé de golpe sobre una cama hecha de nubes suaves… pero una mano me detuvo.
Intenté apartarla, pensando que era Daniel.

—No te levantes así —dijo una voz tranquila, me detuve al instante—. Menos aún cuando tu cuerpo ha estado en cama toda una semana.
Levanté la vista. Me quedé sin habla.
El ángel que tenía a mi lado era Miguel, el arcángel del que todos hablaban maravillas.

Se sentó a mi lado con calma.
—¿Cómo te sientes?

Solté una leve risa sin humor.
—Como si un camión me hubiera atropellado… ¿alguien anotó las placas?

Miguel sonrió apenas. Colocó su mano sobre mi frente.
Su tacto era cálido, reconfortante. Me sentí tranquilo, en paz.
La tensión en mi cuerpo comenzó a disiparse. Después de un rato, alejó las manos.

—¿Mucho mejor?

Asentí. Su voz hacía sentir bien al alma.
Miguel sonrió, satisfecho.

—Daniel no se ha separado de ti en todos estos días.
Miré a mi alrededor, pero Daniel no estaba.

—Fue llamado por el Padre —añadió Miguel al ver qué lo buscaba—. Lo que ocurrió abajo… no pasó desapercibido.
Palidecí. Sentí un nudo en el pecho.
Miguel dudó apenas un instante, después añadió:
—Está en problemas, rompió reglas al intervenir como lo hizo.

Tragué saliva.
—No fue su culpa— dije con la voz temblando— Zorak, un demonio, llegó al establecimiento e hizo cosas que no debía hacer frente a mi protegido, me disparó. Daniel solo bajo a defenderme.

Miguel al ver mi angustia, tomó mis manos con firmeza, pero con suavidad.
—Lo sé —respondió Miguel, mirándome fijamente—. Pero Daniel no debía aparecer como lo hizo. Rompió reglas al acudir a tu ayuda…

Bajé la mirada.
El enojo que había sentido antes… ya no estaba. Ahora solo quedaba culpa.

—¿Lo metí en problemas? ¿Lo castigarán?

Llevé mis manos a la cabeza desesperado. Miguel una vez más me tranquilizó.

—Mi padre es justo. Sabrá entender sus motivos.
Eso no me consoló, la culpa me consumía.
—Vino a ayudarme… y yo lo rechacé…
—Daniel sabrá perdonarte—dijo Miguel observando mi expresión.

Dudé.
— Zorak dijo cosas que…

Miguel suspiró.
—Lo sé. Lo vi todo. Por eso estoy aquí.




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