Memorias de un guía espiritual. El peso de las alas.

REENCUENTRO

Mi mente jugaba en mi contra.
Cada pregunta que formulaba terminaba en la misma respuesta:
No eres suficiente.
Daniel se equivocó contigo… y no quiere admitirlo.
Me levanté de la cama. Si me quedaba un minuto más ahí, iba a volverme loco.
Las paredes parecían cerrarse sobre mí.
Salí sin rumbo, buscando a Daniel. Necesitaba respuestas… o al menos dejar de ahogarme en dudas.

Recorrí pasillos que no recordaba haber visto antes. Todo parecía un laberinto.
En uno de ellos, llegué a un patio abierto.
Ángeles guerreros entrenaban con espadas que brillaban como si hubieran sido forjadas por el mismo Merlín.
Me detuve.
Sonreí sin darme cuenta.
Por un instante, quise acercarme.
Pero entonces recordé las palabras de Uriel:
“Tus poderes están dormidos… y no sabemos por qué.”
El impulso se rompió. Di un paso atrás.
Algo en el pecho dolió… más de lo que esperaba.

Seguí caminando. Sin darme cuenta, terminé frente a la gran sala. El lugar donde alguna vez me enseñaron a guiar a las almas.
Estaba vacío.
La luz flotante del centro estaba apagada. No tenía nada que hacer ahí.
Me di la vuelta para irme.
Entonces, la luz se encendió. El aire se me atoró en la garganta.
Avancé sin pensarlo, la luz del túnel me reflejó la imagen de mis abuelos en su alcoba durmiendo abrasados.
Caminé con prisa a la luz.
Antes de llegar al centro, la figura de Lemuel apareció.
Se sorprendió al verme, estaba a punto de echarme del lugar, pero al verme sus ojos se suavizaron al notar los míos, rojos y al borde del llanto.

—¿Estás bien?
—Son mis abuelos… —apenas pude decir.
Lemuel me miró sin comprender, hizo un gesto como si recordara algo.
—¿Leo, cierto?
—Si— apenas contesté con un hilo de voz
Lemuel comprendió todo.
—¿Quieres acompañarlos?
No pude hablar.
Solo asentí.

Lemuel descendió por sus almas.
Cuando salieron del túnel, mi abuelo fue el primero en verme.
—¡Mi muchacho! —corrió hacia mí, abrazándome con fuerza—. Perdóname… si no te hubiera metido la idea de la milicia, tú no…
Le tapé la boca con cariño.
—No digas eso, abuelo… —mi voz tembló—. Tú me enseñaste a ser valiente… a ayudar a los demás. Si no fuera por tus historias de valentía, los ángeles no me hubieran elegido para ser parte de ellos.
Un pequeño dolor regresó a mi pecho al saber que le mentía, en parte era verdad lo que le había dicho, pero por otra el saber que era un guerrero sin el poder desarrollado bajaba mi autoestima.
Una parte de mí se quebró al decirlo, porque no sabía si era completamente verdad.
Mi abuelo me miró con los ojos llenos de orgullo.
Mi abuela se unió al abrazo y por un momento, todo volvió a sentirse como en casa.
Quise decirles tantas cosas.
Pero Lemuel me hizo la seña de que era hora.

Caminamos hacia la puerta de la segunda vida.
Durante el trayecto, me pusieron al tanto de lo que pasó cuando fallecí.
De cuánto me extrañaron, de que el abuelo se culpó por mi muerte. De mi madre, de su tristeza. Y de la promesa que me cumplió: no estar sola.
La abuela se detuvo ante mi.
—¡Tienes un hermano!—dijo con una sonrisa.
Me detuve.
El corazón me dio un vuelco.
Un hermano, lo que siempre había querido.

Me emocioné, no pude evitar preguntar
—¿Cuántos años tiene?¿Cómo se llama?

La abuela abrió la boca para contestar, pero Lemuel nos señaló de que ya habíamos llegado a la reja.
Ya se encontraba abierta y los ángeles que la custodiaban aguardaban con la mano extendida para recibir a mis abuelos.
Sonreí con tristeza. Los abuelos se acercaron.
Nos abrazamos una última vez.

—Fueron los mejores abuelos… —susurré.

Ellos besaron mi frente.
—Hasta pronto, mi niño—dijo el abuelo Andreu

Los vi alejarse, una lágrima corrió por mi mejilla.
Del otro lado, familiares corrían a recibirlos.
La reja se cerró, frente a mis narices
Me quedé observándola por un buen rato.
Un vacío en mi pecho se extendió al corazón, y al mismo tiempo, una calma que no esperaba.

Esta vez sí pude despedirme y no en un sueño.
Sonreí levemente. Ahora estaban en un lugar mejor.

—Adiós abuelos, les deseo una vida mejor—susurré.

Al girar me sorprendió ver a Daniel de pie frente a mi
Había visto todo.
Por un instante, sentí como si hubiera roto otra regla, pero Daniel me sonrió levemente.
Su expresión era distinta.
No tenía la seguridad que tanto lo distinguía, había duda en su mirada, como si sus ojos me pidieran perdón.
Daniel dio un paso a delante, pero después dudó.
Entendí que después de mi rechazo él tal vez pensaba que volvería a hacerlo.
Le devolví la sonrisa y me acerqué a él.
—Tenemos que hablar —dijo finalmente—. Antes de que me vaya.
Mi estómago se tensó.
—¿Te vas?
Asintió.
—Tengo una misión.
Hizo una pausa.
—Pero no me iré sin decirte la verdad.

Caminamos hasta el jardín del arcángel Miguel. El aire era distinto ahí, más tranquilo, justo para la ocasión.
Nos sentamos.
Daniel entrelazó sus dedos, nervioso.

—No sé por dónde empezar…
Guardé silencio.

—Para empezar quiero aclarar que si soy una especie de guía
Lo miré fijamente.
—Los guías no usan armadura.
Daniel sonrió, como si le hubiera contestado un niño.
—Cierto, pero nosotros los guerreros tampoco dejamos de ser guías… solo que nuestra función principal es proteger a nuestros hermanos celestiales y no permitir que los demonios ataquen el cielo.

Le sostuve la mirada.
—Entonces… ¿por eso me enviaste a misiones desde el inicio?
Daniel se tensó.
—Quería prepararte—dijo con tono de vacilación.
—¿No es que prefieres esconder lo que soy?
Daniel me miró confuso.
—Admítelo, soy un error. Te equivocaste conmigo y ahora no quieres admitir que te has equivocado.
Daniel se levantó de inmediato, me tomó del hombro y se acercó a mí.
—Escúchame Leo— su voz sonaba firme—No eres un error. Eres un guerrero.




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