Daniel se acercó de inmediato, preocupado.
—¿Estás bien?
Negué con la cabeza.
—Escucho a una chica… me pide ayuda.
Un dolor agudo me atravesó cuando su voz volvió a gritar dentro de mi mente.
Daniel desvió la mirada, inquieto, como si estuviera atando cabos a toda prisa.
—Tienes que ir —dijo finalmente, con urgencia—. Ella te está llamando.
Lo miré, confundido.
—Pero Miguel dijo que no puedo volver a la Tierra.
—Yo me encargo —respondió sin dudar.
Negué.
—Ya te metí en suficientes problemas.
Daniel sonrió apenas.
—No lo harás. Miguel entenderá.
Guardó silencio un segundo. Dudó… pero al final habló.
—En algún punto… entre tu vida humana y tu llegada aquí… tu alma se vinculó con la de alguien más.
Y aunque no eres un guía como tal… esa persona es tu protegida.
Fruncí el ceño.
—¿Eso es posible?
—Es raro… pero sí. Y cuando ese vínculo se activa… no puedes ignorarlo.
—¿Cómo pudo suceder?
—Eso es algo que tienes que averiguar —respondió seriamente.
La ansiedad dentro de mí creció como un incendio.
No lo pensé más y orbite.
Aparecí en un salón de clases.
El murmullo de los alumnos, el olor a sudor después del recreo, los papelitos pasando de mano en mano… todo me golpeó con recuerdos de mi vida anterior.
Mi intuición me llevó a mirar a una joven que se encontraba en el último asiento, hasta el fondo del salón.
Miraba por la ventana… como si el mundo allá afuera le perteneciera más que este.
Supe de inmediato que era ella.
Me acerqué, esperando que la información llegara como con mis otros protegidos. Pero no pasó nada. En su lugar apareció algo distinto…
Un hilo dorado, delicado y luminoso. Unía su mano con la mía.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué… es esto?
Me sorprendí, agite la mano para desprenderlo. Era inútil.
Miré alrededor y me di cuenta que ella no estaba corriendo peligro como me lo hicieron sentir las voces que me llamaron.
Eso me irritó.
Había dejado a Daniel por nada.
Me giré, dispuesto a irme, cuando escuché el torbellino de sus pensamientos:
No puedo más…
No tengo motivos para seguir…
No quiero hacerle esto a mi abuela…
Pero ya no aguanto…
El sonido de la chicharra rompió sus pensamientos.
Los alumnos salieron en estampida, la maestra se fue detrás de ellos.
Ella se quedó esperando a que el salón se vaciara, tomó la mochila del piso dispuesta a guardar sus cosas.
Un grupo de chicas pasó junto a ella y tiró sus libros al suelo.
—Las zorras no deberían estudiar —escupió una.
—Hasta su nombre le queda —rió otra—. Leah.
Sentí la rabia subir como fuego.
Leah no respondió. Solo recogió sus cosas en silencio.
En el pasillo, las miradas la seguían. Las burlas no cesaban.
Un idiota que seguía a la multitud le arrojó refresco encima.
Apreté los puños. Deseando poder tocarlo…
Leah no pudo más con el acoso y salió corriendo.
Sus lágrimas volaban por todos lados sin cesar.
La seguí .
Ella se detuvo cuando subió por el puente. Se asomó.
El miedo de lo que pudiera hacer me heló la sangre.
El río abajo rugía con fuerza.
Lo observo por un instante, no saltó. Eso me alegró. Temía por su vida. Sabía que quienes atentan contra sí mismos no tienen lugar en la segunda vida, y no soportaba la idea de que ella terminara así.
Deslizó su mochila hacia su pecho y sacó de su mochila unas toallas húmedas para limpiarse el rostro y parte del cabello con soda.
Durante el camino a casa pensé en cómo acercarme.
¿El perro otra vez? No, no funcionaría.
Ella no era ese tipo de persona.
Amaba la libertad… incluso en los animales. También no podría protegerla dentro de la escuela
Me perdí en mis pensamientos, hasta que me di cuenta que habíamos llegado a una casita colorida, cálida, con vida y personalidad .
Las macetas estaban cuidadosamente puestas en cada escalón.
Un columpio de madera colgaba en las ramas del árbol en la entrada.
El tapete de la entrada decía “Bienvenidos”.
Entré con Leah.
El aroma a galletas me golpeó directo al alma, recordándome los momentos en la cocina con mi abuela.
Una mujer mayor con canas plateadas, salió de la cocina, sonriendo.
——Hija, ya llegaste. ¿Cómo te fue?
Leah tomó una galleta.
—Normal, abuela… ya sabes. Clases eternas y compañeros molestos que no dejan de parlotear—. Mintió.
Su abuela se dio cuenta. Pero su abuela decidió creerle.
Leah sintió un dolor en el pecho, pero sentía que era mejor así.
—Bueno abuela, subiré a descansar un poco y después me pondré a hacer la tarea— forzó su mejor sonrisa.
Me pregunté por qué Leah no le contaba a su abuela por lo que estaba pasando, después pensé que tal vez no quería preocuparla.
Pero los pensamientos que había escuchado de su cabeza me preocupaban.
Leah piso el primer escalón de la escalera para subir, pero su abuela notó el cabello pegajoso, así como la ropa con manchas de soda y decidió no callar más su preocupación.
—Leah ¿Qué te paso? Por qué tu ropa y tu cabello está pegajoso..
Leah miró su ropa ya tiesa por la bebida y maldijo por lo bajo.
—Un tonto por ver a una chica no se fijo y termino chocando conmigo, traía una bebida y me la regó en cima.
Leah volteó los ojos., como si le molestara el recordarlo.
Su abuela volvió a creerle.
Ella minimizó la situación.
—Yo lo lavare abuela no te preocupes.
Giró para subir, pero una vez más la voz de su abuela la detuvo.
—Hija, te la pasas siempre encerrada, deberías salir con tus amigos como antes. ¿Por qué últimamente ya no sales?
Los ojos de la abuela anhelaban la verdad.
Leah sintió que no podía ocultar más la sensación atorada en su corazón. Sus ojos se humedecieron y retiró la mirada de su abuela y se llevó la mano a la mejilla para secar la lágrima que se le había escapado.
Miró nuevamente a su nona.
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Editado: 05.05.2026