La alarma marcó el inicio de un nuevo día.
Leah abrió los ojos y salió de entre las sábanas aún somnolienta.
Cuando se acercó al espejo algo en su mirada se encontraba ahí. No era tristeza, no era rabia, no era cansancio ni decepción. Era un vacío que me heló la sangre
Se vistió casi sin ánimos para ir a la escuela, decidí salir del cuarto para respetar su privacidad. Bajó y se despidió de sus abuelos con una sonrisa perfecta.
Demasiado perfecta, de esas que no dejan dudas.
Pero la mirada tenía un brillo, un brillo de esos que informan que tomaste una decisión.
Salió de casa. Y la seguí como si fuera su ángel de la guardia.
Su andar fue sin prisa, sin dudas. Caminaba como alguien sabe a dónde dirigirse aunque no quiera admitirlo.
El aire se sentía pesado, escaso. Como si el mundo mismo supiera lo que estaba por pasar.
Antes de llegar al puente, un policía detuvo el paso.
—No pueden cruzar, el río ha crecido. Tomen otro camino— indico el camino alterno.
Leah asintió sin discutir, como si nada le importara lo suficiente para oponerse.
Camino por la ruta que el policía le señaló.
Llegamos a un puente peatonal.
Los autos pasaban debajo a toda velocidad, rugiendo como bestias de metal.
El viento levantaba su cabello en cada escalón que subía.
Pero ella no temía, siguió caminando. A medio puente se detuvo en seco.
Se acercó al barandal y miró hacia abajo.
En sus ojos vi la paz más peligrosa que existe: La paz de alguien que ya se rindió.
—No, espera—las palabras salieron de mi boca sin pensarlo.
El mundo se volvió ruido, el viento una risa siniestra y los autos unas bestias que pedían sangre con el estruendo de su rugir.
Los latidos de mi corazón llegaron a mis oídos.
Todo dejó de existir . Solo estaba ella en ese momento.
Leah subió al barandal sin importarle su seguridad, inclinó su cuerpo hacia el frente
El tiempo se detuvo en ese instante. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Corrí a ella.
La tomé del brazo sin darme cuenta.
Ella dio un respingo, giró su cabeza de repente. Sus ojos se abrieron, confundidos… asustados.
—¿Quién eres?
Ella realmente me estaba viendo, el cómo o el porqué no importaba en ese momento.
—Alguien que no va a dejarte caer— lo dije con determinación.
Intentó sacarse de mi agarre.
—Suéltame—gritó
Negué con la cabeza y después hablé:
—No.
Su mirada cambió, había en ella mezcla de dolor, vergüenza, rabia que no me quitaba de encima.
—No te metas. No sabes nada.
Di un paso más cerca.
—Entonces dímelo.
Silencio reinó por un momento entre los dos.
El viento golpeó más fuerte. Su cabello revoloteaba por doquier.
Su mirada tembló.
—Ya no puedo más con esto —susurró entre sollozos.
Su voz, su mirada me hizo entender que era un grito de auxilio.
Subí al barandal junto a ella. El vacío se sentía bajo mis pies.
No retrocedí a pesar de el miedo profundo que sentía.
Una vez más las palabras de mi abuelo hicieron eco en mi memoria.
La tome de la mano.
—Si tú crees que está es la solución…—Trague saliva— yo saltaré contigo.
Ella me miró en ese instante como si estuviera viendo a un loco.
—¿ Pero qué…?
—No voy a dejarte sola en tu dolor, ni en este momento— le dije esperando que reflexionara.
Sus labios temblaron ligeramente.
—¿Por qué harías eso? Acabas de conocerme.
La respuesta salió antes de pensarla.
—Porque lo que sientes… no debería decidir si sigues aquí o no.
Ella posó en mí esos ojos que brillaban más que las estrellas. En ese instante solo éramos nosotros, respondiendo con la mirada sin traspasar esa línea invisible entre vivir o caer.
Yo rogaba por que eligiera vivir.
Sus piernas comenzaron a temblar. Sus manos perdieron fuerza.
Sus ojos se llenaron de lágrimas que ya no pudo contener más.
—No puedo, no puedo hacerlo —repitió.
Su mirada era la de una persona rota.
Extendí mi mano hacia ella.
——No estás sola—la miré sin pestañar—Si saltas… salto contigo.
Pero si quieres desistir de esto, te ayudaré a salir de lo que te atormente.
Sus ojos bajaron a mi mano que seguía extendida.
Dudó.
Imagino que debatía en confiar o no en un completo extraño que acababa de conocer.
Su mano tembló al levantarla y finalmente tomo mi mano con fuerza.
Bajamos del barandal muy despacio. Como si el mundo pudiera romperse con un mal movimiento.
Cuando sus pies tocaron el suelo, su cuerpo cedió.
Sin gritar y sin escándalos se arrodilló llevando sus manos a la cara y lloro, como si llevara años sin hacerlo.
Se levantó secándose las lágrimas con el dorso de su mano y me miró suplicante.
—No le digas a nadie lo que quería hacer —murmuró.
Asentí.
—Mi boca es una tumba. Es más nunca estuvimos aquí —sonreí
Ella miró fijamente una última vez. Como si intentará recordarme o grabarme en su memoria.
Sin más dio media vuelta y se fue.
Me quedé ahí, mirando su figura alejarse cada vez más de mí.
Sintiendo en mi mano el eco de su mano con la mía.
En mi corazón empezó a surgió algo que no había sentido antes: una conexión. No sabía si era un vínculo de vida o de alma.
Pero entendí algo con claridad: Salvarla, no iba a ser suficiente.
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Editado: 05.05.2026