Mi cabeza era un torbellino.
Por un lado, deseaba regresar al cielo cuanto antes con la esperanza de que Daniel aún no se hubiera marchado. Necesitaba respuestas. Necesitaba que, de una vez por todas, desenredara todos aquellos secretos que parecían envolverme desde que llegué allí.
Pero, por otro lado…
No podía dejar sola a Leah.
No después de lo que había intentado hacer.
Nada me aseguraba que no volvería a intentarlo.
Corrí para alcanzarla.
Unos metros más adelante, Leah giró hacia mí. Al darse cuenta de que la seguía, aceleró el paso.
El timbre de la escuela sonó anunciando el inicio de la primera clase.
Cuando llegó a la entrada del colegio volvió a mirar hacia atrás y, al comprobar que seguía persiguiéndola, soltó la mochila al suelo con frustración y caminó directamente hacia mí.
Su mirada ya no era la misma de hacía unos minutos.
La dulzura en sus ojos había desaparecido. Ahora parecían cuchillas listas para atacar a cualquiera que se acercara demasiado.
—¡Deja de seguirme! —espetó. Luego bajó la voz en un susurro nervioso—. No pienso aventarme de ningún lado, ¿sí? Déjame tranquila.
Su reacción me tomó por sorpresa.
—¿Acaso eres un acosador? —preguntó mirándome de arriba abajo.
Abrí los ojos confundido.
—¿Qué? ¡No! Yo no…
Aunque, siendo sinceros, desde afuera sí parecía uno.
Por miedo a que cometiera otra locura, no me había detenido a pensar en un plan para permanecer cerca de ella sin parecer un psicópata.
Miré de reojo la entrada de la escuela.
Y entonces se me ocurrió algo.
—No te sigo por eso —improvisé rápidamente—. Yo también estudio aquí. Es mi primer día y… bueno… no sé dónde queda nada.
Leah entrecerró los ojos con desconfianza. Después su mirada cayó sobre la mochila que llevaba en la espalda.
Por suerte, ser ángel tenía ciertas ventajas.
Había aparecido la mochila segundos antes de que ella pudiera seguir interrogándome.
El rostro de Leah se sonrojó ligeramente.
—Oh… lo siento.
Tomó su mochila del suelo y entró a la escuela casi corriendo.
No pude evitar sonreír.
Inscribirme fue absurdamente fácil.
Inventé una historia sobre una mudanza reciente y, con un poco de encanto celestial, la directora aceptó integrarme al grupo sin hacer demasiadas preguntas.
Cuando entré al salón, Leah abrió los ojos como platos.
Rápidamente levantó la libreta frente a su rostro para ocultarse.
Tomé asiento intentando no reír.
Durante la clase, de vez en cuando, desviaba la mirada hacia ella. Fingía poner atención, pero podía notar cómo espiaba discretamente desde detrás de su cuaderno para asegurarse de que seguía ahí.
Y la verdad… Sí, seguía ahí.
Durante el recreo, la gente al ver a leah la señalaban y cuchicheaban.
Leah aparentando no importarle tomo su charola con comida y se sentó en la mesa mas alejada de las muradas de todos. Me acerqué a su mesa.
Leah levantó la vista de inmediato.
—¿Otra vez tú? —murmuró.
Me senté frente a ella.
—Te prometí que estaría contigo, ¿recuerdas?
Ella suspiró con cansancio.
—No pretendo suicidarme, Leo. En la escuela no hay nada con qué matarme.
Sonreí apenas.
—Tú qué sabes. Dicen que las hojas del cuaderno son filosas. ¿Cómo sé que no planeas cortarte las venas con una hoja de matemáticas?
Leah me sostuvo la mirada unos segundos.
Y, para mi sorpresa, soltó una pequeña risa. Pequeña… pero real.
—Eres idiota.
—Un poco— le contesté sonriendo.
El silencio cayó entre ambos.
Después hablé más serio.
—Estoy jugando… pero sí me preocupaste allá atrás. Y aunque acabemos de conocernos, quiero ayudarte.
La sonrisa de Leah desapareció lentamente.
Bajó la mirada hacia sus manos.
—No soy una chica inocente como tu crees.
Fruncí el ceño.
—¿Quién te dijo eso?
No respondió.
Con suavidad, levanté su rostro para que me mirara.
—Las personas que te señalan tampoco son perfectas, Leah. Nadie tiene derecho a destruirte por cometer errores… mucho menos personas que seguramente también los han cometido.
Sus ojos se cristalizaron apenas.
Parecía querer decir algo, pero una voz masculina interrumpió el momento.
—Espero que ya hayas pensado mejor las cosas.
Un chico de cabello rizado y piel tersa y rosada se acercó a la mesa con una sonrisa arrogante.
La expresión de Leah cambió al instante. Su cuerpo se tensó.
—Tú sí que eres un descarado, Isaac —dijo entre dientes.
El chico sonrió como si nada.
—Solo vine a darte otra oportunidad.
—¿Otra oportunidad? —repitió Leah incrédula—. ¿Después de compartir fotos privadas mías con toda la escuela?
Isaac se encogió de hombros.
—Fue tu castigo por dejarme. Pero si regresas conmigo, todo esto puede terminar.
Sentí algo hervir dentro de mí.
Mis manos se cerraron en puños.
—¿Perdón? —murmuré.
Isaac ni siquiera me miró, pero hizo un sutil gesto como cuando una mosca molesta.
—Si vuelve conmigo, dejarán de molestarte... cariño— sonrió descaradamente— Todos ganamos.
El golpe salió antes de que pudiera pensarlo.
Mi puño impactó directo en su rostro.
El estruendo de su cuerpo cayendo contra el suelo hizo que todo el comedor volteara en nuestra dirección, y de pronto todo quedo en silencio.
Isaac me miró furioso desde el piso y se levantó dispuesto a devolverme el golpe, pero detuve su brazo antes de que me tocara y lo lancé nuevamente al suelo.
—El suelo es el lugar correcto para una basura como tú—espeté lleno de rabia.
Todos alrededor nos observaban inmóviles.
—Leah confió en ti. Te entregó algo privado porque te amaba y tú convertiste esa confianza en un espectáculo para humillarla.
Dirigí la mirada al resto del comedor.
—Y ustedes tampoco son mejores.
El silencio se volvió más pesado.
—Se les hace muy fácil señalarla y tratarla como si fuera menos por haberse enamorado de la persona equivocada. Pero apuesto a que muchos aquí han hecho exactamente lo mismo que ella.
Algunas chicas bajaron la mirada avergonzadas.
—¿Qué habrían hecho si la persona a la que le tenían confianza compartiera sus fotos privadas? ¿También les gustaría que toda la escuela las insultara? ¿Que las señalaran? ¿Que las hicieran sentir basura?
Nadie respondió.
Volteé hacia Leah.
Ella me observaba inmóvil.
Como si nadie antes hubiera hablado por ella.
Como si no entendiera por qué alguien había decidido quedarse… cuando todos los demás eligieron señalarla.
—No tienes que regresar con esta basura para salvar tu integridad, ¿Qué te hace pensar que después no te chantajeará con otra cosa para cumplir sus deseos? —le dije con firmeza—. Lo que tienes que hacer es denunciarlo.
Isaac palideció de inmediato.
Y por primera vez desde que lo había visto, pareció sentir miedo.
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Editado: 02.07.2026