Memorias de un guía espiritual. El peso de las alas.

CENA CON LOS NONOS

Leah me miraba en silencio, no parecía asustada por mi enojo, parecía confundida.
Como si no entendiera por qué alguien que apenas conocía estaba dispuesto a defenderla.

—¿Por qué haces esto por mí? —preguntó.

Y por primera vez no tuve una respuesta preparada, porque ni yo entendía por qué me dolía verla sufrir.
Miré fijamente a Isaac, quien seguía en el suelo intentando recuperar la dignidad que él mismo había perdido.
Mi respiracion subia y bajaba, creía estar haciendo lo correcto, pero algo dentro de mí susurraba que había cruzado una línea. Decidí ignorarlo.
Mi enojo aún ardía en el pecho, pero esta vez no era la rabia lo que me movía, era la necesidad de que Leah entendiera algo: Ella no estaba sola.
—¿Llamas tú a la policía o lo hago yo? —pregunté, levantando una ceja.
Leah me miró sorprendida, como si esa pregunta fuera lo último que esperaba escuchar.
Sus labios se separaron para responder, pero antes de que pudiera hacerlo, una voz autoritaria cortó el ambiente.

—¿Qué está pasando aquí?

La directora apareció entre los alumnos.
Su mirada recorrió la escena: Isaac en el suelo, yo frente a él, Leah con los ojos llenos de lágrimas y todos los estudiantes observando.
Después sus ojos se clavaron en mí.

—¿Acabas de llegar y ya estás causando problemas? No haga que me arrepienta haberlo ingresado tan abruptamente si. Sus papeles Joven Leo.

No supe qué decir, pero antes de que pudiera defenderme, Leah dio un paso adelante.

—No es lo que parece, directora.

La miré sorprendido. Ella ¿me estaba defendiendo?

—Mi compañero… —hizo una pausa y me miró—. Leo.

Asentí ligeramente.
—Leo me defendió de Isaac. Él compartió fotos personales mías con toda la escuela solo porque terminé con él.

La expresión de la directora cambió por completo, ya no me miraba como al alumno problemático. Ahora miraba a Isaac.
Después de escuchar todo, nos llevó a dirección.
La consecuencia fue clara: expulsión definitiva para Isaac y una charla para toda la escuela sobre respeto, acoso y las consecuencias de invadir la privacidad de otra persona.
Pero mientras escuchaba a la directora hablar, no podía dejar de pensar en algo: Leah había soportado todo esto sola y a pesar de que muchos alumnoa de la institucion se acercaron a diaculparse, nadie se había detenido a preguntarle si estaba bien.
Al terminar las clases, Leah caminó a mi lado en silencio.
Pensé que tal vez estaba arrepentida de haberme conocido.
Pero después habló.
—¿Quieres venir a cenar a mi casa?

La miré sorprendido.
—¿A cenar?

Ella asintió.
—Quiero agradecerte.

Sonreí.
—No es necesario agradecer nada

—Para mí sí importa.
Y esa respuesta me dejó sin palabras, me sonroje.

Antes de llegar al destino Leah se detuvo sin previo aviso, giro para mirarme con ojoa suplicantes.
—Por favor no le comentes nada a mis abuelos sobre las fotos y el problema en la escuela, ellos…— bajo la mirada avergonzada— No lo saben y no quiero preocuparlos.

—Mi boca una tumba— emboce una sonrisa
Ella me la devolvió, tan solo entrar fui envuelto por un agradable aroma a pan recien horneado y a comida.

—¿Cómo te ha ido hoy en la escuela?
pregunto la abuela saliendo de la cocina, al verme se quedo sorprendida

—Abuela él es mi amigo Leo, acaba de llegar al pueblo
—¿En serio?—Me miró fijamente— y que los trae por aquí
—Negocios—me apresuré a decir— mi padre es comerciante y..
—Abuela invite a mi amigo para cenar, no para ser interrogado.

Sentí alivio, sabia que no era bueno mintiendo
—Es verdad, te pido una disculpa Leo, peri mi nieta nunca había traído a algún amigo a casa que pensé que te había comprado para fingir y quitarnos la preocupación de que esta sola a su abuelo y a mi.

Sonrei
—Si intentaba comprarme con algo, creo que con el olor de la cocina ya lo consiguió.— rugio mi estomago afirmando
Leah y su abuela no pudieron evitar soltar una carcajada.
EL abuelo de Leah salio del una de las alcobas, parecia haber estado pibtando algo, traia las manos manchadas y un mandil blanco lleno de algunas manchas de pintura, de inmediato me apresure a saludarlo mientras Leah me presentaba.
La cena fue muy familiar, entre risas y historias de algunas travesuras de Lea, me hicieron recordar algo que había olvidado: lo afortunado que fui cuando todavía tenía a mi familia.




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