Memorias de un guía espiritual. El peso de las alas.

KUN FU

Al terminar la cena agradecí amablemente la velada y fingí irme a casa, camine unos cuantos pasos hasta que observe que Leah y su abuela dejaban de observarme y entraban a su casa.
Subí al cielo para recargar energía con la esperanza de no encontrarme por ahora con ningún guía que me dijera que tenia otra misión, algo dentro de mi me decía que el trabajo con Leah estaba terminado pero también había una voz que me decía que aun mi trabajo aun estaba inconcluso.
Al llegar todo estaba desierto y en calma, me pareció extraño, llame con el pensamiento a Daniel como tantas veces había hecho conmigo, no contesto, se había ido ya, la desesperación se apodero de mi , quería salir y buscarlo por todo el cielo, preguntarle a algún ángel o arcángel donde había ido, aquel secreto que aun no me había sido rebelado me quemaba la curiosidad, pero la razón me hizo entender que aun no sabia medir los tiempos del cielo con la tierra, si tardaba más podía llegar meses después, y no quería porque la abuela de Leah me había invitado a desayunar con ellos, no quería faltar a su invitación, así que orbite de regreso.

Al llegar ya era sábado, por la mañana, antes de volverme me di cuenta que aun llevaba la misma ropa de ayer, y lo peor es que cai en cuenta que había llegado al cielo vestido de esa manera, afortunadamente nadie me había visto, cambie rápido mi atuendo y camine a la entrada de la puerta.
Antes de que pudiera tocar el timbre el nono de Leah ya me había abierto, me miro con ojos que observan un objeto evaluando si es autentico.
—¿Eres Leo?
Asentí con la cabeza nerviosamente.
—Pasa— se hizo a un lado para dejarme entrar— mi esposa no ha dejado de hablar de ti desde que llegue de en la madrugada de la ciudad.
Sonreí tímidamente, el nono continuo hablando
—Tenia curiosidad por conocer a la persona que dejo asombrados a mis dos mujeres de la casa— sonrió— pareces bien chico.
—¡Gracias!
No sabia como agradecer tanta amabilidad, pero me sentía en confianza, y extrañamente sentía una familiaridad, como si ya los hubiera conocido.
Después de desayunar, Leah y yo salimos a caminar, el viento no dejaba de jugar con el cabello de Leah, mientras ella me hablaba de como se había relacionado con Isaac hasta el momento en que se dejo engañar para tomarse las fotos que el le pedía.
Entre la platica, nos adentramos a un bosque que tenia un hermoso lago, el lugar se volvió tranquilo, parecía ser testigo de algo que ni yo sabia.
Leah arrojo una piedra al lago que brinco varias veces en el agua hasta que se perdió, me miro sonrojada y con voz tímida.
—Les has caído muy bien a mis abuelos sabes
—Son personas muy amables— respondí ante aquel gesto
—Leo, me gustaría que conocieras a mis padres, claro si tu quieres. El próximo sábado regresan y ese mismo día es el cumpleaños de mi papá. Le haremos una fiesta sorpresa con carne asada, globos, pastel y dulces. ¿Quieres venir?
Sonreí un poco incómodo.

—No lo sé, Leah. Una reunión familiar es algo bastante íntimo.
—Mis nonos me dijeron que te invitara. Están encantados de que al fin me haya animado a llevar a un amigo a casa.— sonrió tímidamente— y después de lo que hiciste por mi yo ya te considero uno.

Eso me sorprendió.
—¿En serio?— me enterneció.
El viento empujo un mechón de cabello de Leah a su rostro, el movimiento salió de mí sin pensarlo, cuando vi su reacción retiré la mano confundido, no entendía por qué un gesto tan simple había hecho que mi corazón acelerara.
— Bueno, si la invitación viene directamente de tu nona, no puedo negarme. No quiero arruinar la buena impresión que tiene de mí— Le guiñé un ojo.

Ella volvió a regalarme una de esas sonrisas que parecían iluminar todo a su alrededor.
Y ahí fue cuando me di cuenta de algo.
Lo que sentía por Leah ya no era solamente la responsabilidad de un guía blanco cuidando a su protegida, era algo distinto, un deseo primitivo que surgía de mi pecho que no podía suprimir y era el deseo de proteger a alguien que se había vuelto importante para mí.
Leah era como una rosa que había sobrevivido a un invierno demasiado largo. Cualquiera podía verla frágil, pero yo había visto algo que otros ignoraban: seguía creciendo a pesar de todo.
Y me había prometido algo: No me iría hasta verla bien. Hasta verla recuperar la fuerza suficiente para que nadie volviera a hacerla sentirse menos
—Leah —dije después de unos segundos—, ¿te gustaría aprender artes marciales?
Ella me miró confundida.
—¿Para qué quiero aprender eso?
—Para defenderte. No quiero que alguien vuelva a hacerte daño. Además, si alguna vez Isaac intenta acercarse a ti de una manera que no quieres, podrás protegerte.
Leah se quedó pensando.
Después sonrió.
—Esta bien, me convenciste con la idea de yo misma partirle la cara ¿Cuándo empezamos?
La platica termino en risas.
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Ese mismo día comenzamos las clases de kung fu en el patio de su casa. Al principio sus abuelos no estaban tan convencidos pero cuando les dije: —No quiero que aprenda a pelear para buscar problemas, quiero que aprenda para recordar que puede defenderse— aceptaron que la entrenara.

Para mi sorpresa Leah aprendía muy rápido. Tenía facilidad para recordar los movimientos y corregía sus errores casi de inmediato, los movimientos de lea y la seriedad con la que se tomaba lo que le enseñaba, me recordó cuando en la milicia en nuestros tiempos de ocio mi amigo y yo entrenábamos juntos. Sonreí ante el recuerdo.

Después de unas horas de práctica logró derribarme con una patada.
Me quedé mirándola desde el suelo perplejo.

—Aprendes rápido— le dije sorprendido.

Ella sonrió orgullosa.
—Tengo un buen maestro— me giño el ojo.

La semana siguiente terminábamos exhaustos sentados en las escaleras de su casa mirando cómo el cielo cambiaba de color.




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