Memorias de un guía espiritual. El peso de las alas.

DEGRADACIÓN

Giro inesperado

La semana pasó en un santiamén.
Entre la escuela, donde después de lo ocurrido cesaron los insultos y los señalamientos hacia Leah, y los entrenamientos diarios, poco a poco me volví alguien importante para la familia de Leah y ellos para mi.
Incluso agradecí al cielo que los abuelos de Leah nunca me preguntaran por qué pasaba tanto tiempo en su casa o si acaso tenía un hogar al cual volver.
El sábado llegó antes de que pudiera darme cuenta. Gracias a que no había usado milagros, ni apariciones innecesarias, mi energía celestial seguía casi intacta.
La noche del viernes Leah apenas pudo dormir por la emoción de volver a ver a sus padres. Su alegría era tan contagiosa que despertó en mí algo que llevaba mucho tiempo guardado.
Las ganas de volver a ver a mi madre. Desde que mis abuelos habían fallecido no había vuelto a visitarla. Quería saber cómo estaba, si era feliz, si me recordaba; pero no podía arriesgarme, para los ancestros, aquella vida ya había quedado atrás.
“solo echare un vistazo” pensé, antes de arrepentirme, orbité.
Aparecí en la sala de mi antigua casa, la misma que guardaba tantos recuerdos de mi vida humana, el cuadro de mis medallas junto a las de mi abuelo aun colgaban en el estudio, pero al salir de hay note lo diferente; había más fotografías familiares en las paredes, algunos muebles habían cambiado de lugar, la casa ya no estaba tan ordenada como la recordaba.
Y aunque seguía siendo mi casa… Sentí que ya no me pertenecía.
Un ruido en la puerta me hizo girar.
Mi madre entró cargando unas bolsas del supermercado.
No había cambiado demasiado; su rostro seguía siendo tan juvenil, aunque ahora algunas canas plateadas adornaban su cabello como pequeños hilos de plata.
Mientras acomodaba las cosas sobre la mesa habló:
—Te voy a preparar tu platillo favorito.
Mi cuerpo se quedó inmóvil, por un instante absurdo pensé que me había visto. Que de alguna manera sabía que estaba ahí.
Pero entonces un joven entró detrás de ella.
Tendría unos trece años. Vestía ropa deportiva llena de tierra y llevaba el cabello despeinado.
Se parecía tanto a ella que no necesité que nadie me explicara quién era: Mi hermano.
Un hermano que nunca tuve la oportunidad de conocer, de verlo crecer, de molestarlo o de protegerlo.
Cuando era niño imaginaba lo que seria tener uno.
Alguien con quien compartir secretos, cubrir sus travesuras, las escapadas con la novia en la noche, reírnos en secreto de las regañizas del abuelo cuando saliera de la habitación o incluso pelear por tonterías que terminarían con una disculpa.
Hacer todas esas cosas que hacen los hermanos.
Mi madre comenzó a preparar la cena mientras mi hermano se dejaba caer en el sillón con una expresión triste, probablemente había perdido su partido.
En ese instante entendí algo que dolió más de lo que esperaba: en esta nueva etapa de mi madre yo ya no pertenecía. Ella había seguido su vida y había formado una nueva familia donde yo no formaba parte de ella.
Sentí una opresión en el pecho que no me dejaba respirar.
Salí de aquella casa antes de que mis emociones me traicionaran y orbité sin pensar, no elegí el lugar, simplemente aparecí donde mi corazón todavía reconocía un hogar.
Cuando abrí los ojos estaba en el cementerio, frente a la tumba de mis abuelos. A su lado había un monumento con mi nombre. Nunca encontraron mis restos después de la explosión, así que ese lugar se había convertido en el sitio donde mi madre venía a llorar por el hijo que había perdido.
Aunque sabía que el alma de mis abuelos estaba en otro lugar, saber que sus cuerpos estaban enterrados ahí me hizo sentir menos solo.
Caí de rodillas y lloré. Lloré por la vida que había perdido, por la que nunca tendría, por todo lo que había dejado atrás.
El cielo comenzó a pintarse de naranja anunciando el amanecer, con la llegada de la luz entendí algo que había intentado ignorar desde que regresé a la Tierra: aunque ya no era humano, seguía cargando recuerdos, deseos y heridas que no quería dejar cicatrizar.
La noche había cambiado algo dentro de mí. Ya no podía seguir fingiendo que solo era un guía cumpliendo una misión.
Era un ángel, uno que debía ayudar a otros a encontrar el camino cuando estaban perdidos.
Pensé en Leah. Quise convencerme de que ya había hecho suficiente por ella, que su vida estaba en paz, que mi presencia ya no era necesaria.
Su vida estaba mejor, ella ya no me necesitaba, pero desaparecer asi sin más no era correcto. Le debía una despedida. Al menos eso le debia y me debia.
Cuando llegué a su casa y toqué la puerta, Leah abrió casi de inmediato.

—Te estábamos esperando, Leo.
La miré confundido.
—¿En serio?

Sonrió.
—Sí. Mi abuela preparó pollo enchilado para desayunar. Quería ir por ti, pero recordé que nunca me dijiste dónde vives.

Un escalofrío recorrió mi espalda, no podía sostener más esto.
—Leah yo… me tengo que ir
—¿A dónde?— dijo con la voz temblorosa.
—Te había comentado que mi padre es comerciante y es tiempo de mudarnos a otro lado.

Mentí, decirlo me partió el alma.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Una cayó por su mejilla antes de que pudiera detenerla me abrazó con fuerza, como si al soltarme pudiera desaparecer.

—No quiero que te vayas… por favor quédate. Aquí podemos cuidarte.

Sus palabras terminaron de destruir la poca fuerza que me quedaba, porque desde que había regresado a la Tierra, todos habían esperado que yo salvara a alguien. Pero ella no.
Leah no me estaba pidiendo que arreglara su vida, solo me estaba pidiendo que me quedara y eso era mucho más difícil, porque por primera vez en mucho tiempo alguien me estaba ofreciendo un hogar.
Pero yo había dejado de ser humano, ahora era alguien destinado a cuidar de otros, yo no podía quedarme aunque el corazón me suplicara que lo hiciera.




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