Las mañanas tenían algo especial.
El ritual comenzaba poniendo la pava para calentar el agua. Después preparaba el mate y ordenaba sobre la mesa la carpeta, los libros y los útiles. Por último, encendía la radio.
Entonces llegaba aquella voz.
—Soldán esquina tango.
Con el mate en la mano, el niño comenzaba a concentrarse en las tareas del colegio mientras, de fondo, sonaba el dos por cuatro. El tango creaba una atmósfera particular, un ambiente que parecía acompañarlo mientras cumplía con sus deberes.
De vez en cuando hacía una pausa y levantaba la mirada.
Frente a él estaba aquel ventanal.
Del otro lado, el cielo gris de invierno y el jardín todavía cubierto por el rocío que la noche había dejado como recuerdo de su paso. Desde allí podía observar los rosales, un naranjo, un limonero, un ciruelo, el árbol de quinotos, un frondoso laurel y el recién incorporado granado.
Después de unos minutos volvía a concentrarse.
Terminó sus tareas y comenzó a estudiar para la prueba de Historia.
Aquel clima que había creado para cumplir con sus obligaciones parecía favorecer su concentración. El mate, la radio, el tango y aquel ventanal formaban parte de una ceremonia que repetía cada vez que necesitaba estudiar.
El timbre marcó el final del recreo.
Los alumnos regresaron al aula y, entre conversaciones y movimientos de sillas, ocuparon sus lugares.
—Silencio, por favor.
La voz de la señorita Mari anunció el comienzo de la clase.
Ese día había cierta inquietud. La semana anterior, la profesora había anticipado que llegaría el momento de evaluar el tema que habían estado estudiando: la civilización egipcia.
Detrás del escritorio, el pizarrón todavía conservaba mensajes, palabras y expresiones escritas durante el recreo.
—Necesito un voluntario que borre el pizarrón y lo deje listo para la clase.
Varias manos se levantaron de inmediato.
—Vos, Marcelo. Borrá el pizarrón, por favor.
Marcelo se puso de pie, tomó el borrador y comenzó su tarea. Cuando terminó, lo sacudió y una nube de polvo blanco de tiza lo envolvió por completo.
—Listo, señorita.
—Gracias, Marcelo. Podés volver a tu sitio.
Cuando todos estuvieron en silencio, la señorita Mari se dirigió a la clase.
—Como les había anunciado, hoy tenemos prueba. Pero esta vez no será por escrito. Van a pasar al frente y dar la lección sobre el tema de la semana.
Hubo un silencio diferente.
—A ver... ¿quién quiere ser el primero?
La primera en pasar fue Viviana Ramos.
Se puso de pie y caminó hacia el frente con seguridad. Una vez allí comenzó su exposición.
Al finalizar, la profesora la miró satisfecha.
—Muy bien, Viviana. Tenés un diez.
—Gracias, señorita.
Viviana regresó a su lugar.
—Bueno, seguimos. ¿Alguien quiere pasar? Levante la mano quien se anime.
Nadie lo hizo.
Durante unos segundos, el aula permaneció en silencio.
Entonces, lentamente, una mano comenzó a levantarse.
Era la del niño.
—¡Al fin un valiente! —dijo la señorita Mari—. Bueno, contanos lo que estudiaste.
El niño se puso de pie y caminó hacia el frente.
Comenzó a hablar sobre la civilización egipcia, pero su voz apenas podía escucharse.
La señorita Mari lo interrumpió.
—No se te escucha. Un poquito más alto, así también pueden escucharte tus compañeros del fondo.
El niño respiró y volvió a empezar.
Esta vez levantó la voz.
Y con la voz apareció también la seguridad.
Comenzó a desarrollar todo lo que había estudiado aquella mañana. Recordó datos, acontecimientos y detalles. Poco a poco dejó de pensar en sus compañeros y se concentró únicamente en aquello que sabía.
Cuando terminó, la señorita Mari sonrió.
—Muy bien. Tenés un diez. Podés volver a tu sitio.
Regresó a su pupitre feliz.
No solamente por la nota.
Había levantado la mano cuando nadie se animaba. Había pasado voluntariamente al frente y, cuando le pidieron que hablara más fuerte, encontró el valor para hacerlo. Todo aquello que había estudiado estaba ahí.
Y pudo demostrarlo.
El niño guardaba una certeza que nunca compartía con nadie.
Estaba convencido de que el mate, la radio y aquel ventanal eran su fuente secreta de inspiración.
El tiempo transcurrió, pero aquel recuerdo permaneció.
Hoy, convertido en adulto, comprende que quizás nunca dejó de buscar lo mismo: un momento de calma, un ritual propio y un lugar desde donde observar el mundo.
Y, de alguna manera, cuando necesita encontrar inspiración, todavía vuelve a aquel ventanal.
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psicolgico, suspenso intriga misterio, psicóloga y crecimiento personal
Editado: 18.07.2026