Había sido una semana difícil.
El niño permaneció varios días en cama, afectado por una fuerte gripe.
Por momentos balbuceaba y, en otros, decía cosas incoherentes que provocaban la risa de su madre.
La fiebre había llegado a los treinta y nueve grados.
Después de medicarlo y colocarle paños fríos, finalmente comenzó a bajar.
Con ella también desaparecieron las incoherencias y regresó, poco a poco, la lucidez.
Y lo hizo justo a tiempo.
Comenzaba su tira de dibujos animados favorita.
En cuanto aparecían las primeras imágenes en la pantalla, todo lo demás dejaba de existir.
Podían hablarle, llamarlo o hacerle una pregunta.
No respondía.
Estaba en otro mundo.
Con los brazos extendidos imitaba los movimientos de un piloto conduciendo un auto de carrera.
Pero no cualquier auto.
Era el Mach 5.
Y él era Meteoro.
Durante aquellos minutos, Meteoro, Chispita, Chito, Bujía, Rex y el Corredor Enmascarado formaban parte de su universo.
Un universo al que podía entrar todos los días, de lunes a viernes.
Aquella semana, al menos, la gripe le había dejado un pequeño beneficio: como no había asistido a clases, no se había perdido ni un solo episodio.
El lunes amaneció soleado.
Con el regreso del sol también llegó el momento de volver al colegio.
Apenas entró, sus compañeros comenzaron a preguntarle:
—¿Estás mejor? ¿Qué te pasó que no venías?
—Sí, estoy mejor. Tuve fiebre. Mucha fiebre.
—¿Y qué hiciste durante toda la semana?
—Mucho no pude hacer porque me sentía mal. Pero aproveché para no perderme ningún episodio de Meteoro.
Luis Alberto lo miró con cierta decepción.
—Yo no lo puedo ver. Llego a mi casa como a las seis de la tarde.
Nunca llego a tiempo.
—Yo, cuando suena el timbre, apenas piso la vereda empiezo a correr para llegar lo antes posible.
Marcelo intervino:
—¿Y llegás para verlo?
—Sí. Porque voy tan rápido como el Mach 5.
—¡Dale! No seas exagerado —dijo Luis Alberto.
—No exagero. Es verdad. Voy a todo lo que da hasta mi casa.
—Yo también llego rápido —dijo Marcelo—. Pero no voy corriendo.
El niño lo miró.
—¡Y claro! Vos vivís enfrente del colegio. Cruzás la calle y listo.
Luis Alberto suspiró.
—Qué suerte que tienen ustedes. Uno vive enfrente, el otro a dos cuadras y yo... bueno, es lo que me toca.
El niño tuvo una idea.
—¿Y si venís a casa a verlo? Mi mamá prepara el Nesquik.
—Me gustaría, pero no le avisé nada en casa.
—Bueno, otro día. Le avisás a tu mamá, yo le aviso a la mía y nos vamos corriendo.
Hizo una pausa.
—Pero manejo yo. Vos, si querés venir de acompañante, podés venir.
Luis Alberto lo miró sin entender.
—Vos estás loco. ¡Vas corriendo! No vas manejando.
—Eso es lo que vos decís. Yo salgo de acá, me subo al Mach 5 y voy a todo lo que da hasta mi casa.
—¡Dejá de soñar! —dijo Marcelo.
—Y si aparece algún obstáculo, aprieto un botón y lo salto.
El niño levantó las manos, imaginando el volante frente a él.
—¡Chan, chan, chan, chan, chan, chan!
Para él, el Mach 5 acababa de levantar vuelo y superar el obstáculo.
Marcelo y Luis Alberto se rieron.
—Ustedes digan lo que quieran —respondió—. Yo voy a seguir corriendo todo lo rápido que pueda.
Sonó el timbre.
La conversación terminó y comenzó la clase.
Pero unas horas después volvería a sonar.
Esta vez para anunciar la salida.
Y entonces, apenas cruzara la puerta del colegio y pisara la vereda, para los demás sería simplemente un chico corriendo desesperadamente hacia su casa.
Pero él sabía la verdad.
Acababa de comenzar su carrera.
Y tenía que ganarla.
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psicolgico, suspenso intriga misterio, psicóloga y crecimiento personal
Editado: 18.07.2026