Los domingos por la tarde tenían su propia rutina.
Como era costumbre, su padre subía a toda la familia al auto y se dirigían hacia un predio donde se realizaban distintas actividades al aire libre.
Mientras su papá y su mamá disfrutaban de unos mates, él y sus hermanos recorrían el lugar observando todo lo que sucedía a su alrededor.
Pero había algo que atraía especialmente su atención.
Los kartings.
Los tres hermanos permanecían observándolos mientras competían. Los motores, la velocidad, las curvas…
Los miraban con ojos de soñadores, imaginándose arriba de uno de ellos.
No tardaron demasiado en comenzar a planificar.
—Tenemos que convencer a papá para que nos compre uno.
—Si ustedes no se portaran mal y no hicieran enojar a papá y a mamá, seguro que nos compraría un karting.
—¡Ah! ¿Por qué vos no? ¿Vos sos un santo? ¿Nunca los hacés enojar?
—Yo traigo buenas notas del colegio, hago mis deberes y cumplo con mis tareas.
Ustedes siempre se mandan alguna en el colegio y mamá termina yendo porque la señorita la llama.
La discusión podía continuar indefinidamente, pero el niño tenía algo más importante que hacer.
—Ustedes sigan pensando cómo convencer a papá. Yo voy a hablar con Jorge.
Jorge era mecánico, tenía su propio taller y además era dueño de uno de los kartings más rápidos del lugar, conducido por su hijo.
El niño se acercó.
—Hola, Jorge.
—¡Hola! ¿Cómo andás, enano?
Jorge le pasó cariñosamente la mano por la cabeza.
Al niño le gustaba aquella muestra de afecto.
—¿Qué andás haciendo? —le preguntó.
—Nada… Quiero comprar un karting a motor.
Jorge lo miró.
—¿Pero vos sabés lo que vale un karting?
—Sí. Mi papá me lo va a comprar.
La seguridad con la que lo dijo parecía indicar que el negocio ya estaba prácticamente cerrado.
—Bueno, hacé una cosa. Decile a tu papá que pase por el taller. Tengo uno para vender.
Los ojos del niño se abrieron.
—¿En serio?
—Sí. Decile que pase y lo vemos.
—¡Buenísimo! ¡Gracias, Jorge!
Salió disparado hacia donde estaban sus hermanos.
—¡Che! ¡Escuchen lo que tengo para decirles!
—¿Qué te pasa ahora?
—Nada. ¿Saben qué? Jorge tiene un karting para vender.
Dijo que pasemos con papá por el taller para verlo.
—¡Buenísimo!
La oportunidad estaba ahí.
—Cuando volvamos a casa, déjenme hablar a mí con papá. Ustedes cállense.
Porque dicen una sola palabra y la embarran.
—Bueno, dale.
Durante el viaje de regreso esperó el momento indicado.
—Pa…
—Sí. ¿Qué te pasa?
—Nada.
—Entonces, ¿qué me vas a decir?
—¿Viste qué buenos que están los kartings?
—Sí.
—Aparte andan rápido.
El padre lo miró.
—No te veo a vos manejando un karting.
—Pero yo sí me veo. Puedo ser tan bueno como Meteoro.
El argumento era irrebatible. Al menos para él.
—Lo que pasa es que para eso me tendrías que comprar uno.
—¿Vos querés que te compre un karting?
—Sí. ¿Por qué no?
—¿Y dónde vamos a comprar un karting?
El niño estaba esperando exactamente esa pregunta.
—¿Sabés quién tiene uno en venta? Jorge, el mecánico.
—¿Jorge?
—Sí. Me dijo que pasemos por el taller para verlo y, si nos interesa, nos lo vende.
El padre permaneció unos segundos en silencio.
—Bueno… dejámelo pensar.
El niño miró a sus hermanos y les guiñó un ojo.
Lo había logrado.
O eso creían.
Cuando llegaron a casa, comenzaba El mundo de Disney.
Y con el programa llegaba también el dilema de todos los domingos.
La ducha.
—Vamos a bañarse, que se hace tarde —ordenó el padre—. ¿Quién va primero? ¿O tengo que elegirlo yo?
—Voy yo, pa. Quedate tranquilo.
Antes de entrar al baño, el niño miró seriamente a sus hermanos.
—Ustedes dos decidan quién sigue después de mí.
Evitemos que papá se enoje porque nos quedamos sin karting.
Cuando salió de la ducha, hizo la pregunta:
—¿Quién sigue?
Nadie apareció.
Los dos seguían frente al televisor.
—¡Vayan, che!
—Pará, que estamos mirando Disney.
—¡Pero vayan! Se va a enojar papá. ¡Nos vamos a quedar sin karting!
Entonces se escuchó la voz del padre.
—¡Es la última vez que llamo! Si no, voy yo y los saco de la oreja para meterlos en la ducha.
Y así fue.
Primero Gabriel.
Después Fernando.
Cuando finalmente terminaron de bañarse, el padre ya no tenía la misma cara que durante el viaje.
A la hora de cenar llegó el veredicto.
—Explíquenme una cosa. ¿Por qué tengo que comprarles un karting si ustedes no hacen nada para merecerlo? Principalmente ustedes dos. Tengo que llamarlos diez veces para que se bañen.
La madre intentó intervenir.
—Bueno, tampoco seas tan así. Últimamente se están portando bastante bien los tres.
Pero la decisión parecía tomada.
—¿Saben qué? Olvídense del karting. No se los voy a comprar.
Silencio.
La ilusión había durado apenas unas horas.
Entonces Gabriel levantó la mirada.
—Bueno… si no nos vas a comprar el karting, compranos un caballo.
El padre lo miró sorprendido.
La madre abrió los ojos.
Los otros dos hermanos permanecieron en silencio.
—¿¡Un caballo!?
—Sí. Tenemos lugar en el fondo. Podemos hacer una caballeriza. El caballo va a estar cómodo y puede entrar y salir por el pasillo.
La propuesta parecía perfectamente razonable en la cabeza de Gabriel.
—Compranos un caballo.
El padre pensó unos segundos.
—Vamos a hacer una cosa. Ustedes cumplan con sus deberes, pórtense bien y no hagan renegar a su madre. Yo lo voy a pensar.
Los tres escuchaban atentamente.
—Y mientras yo lo pienso… vayan construyendo la caballeriza.
Gabriel no podía creerlo.
#1758 en Otros
#354 en Relatos cortos
#86 en Aventura
psicolgico, suspenso intriga misterio, psicóloga y crecimiento personal
Editado: 18.07.2026