Algo nuevo comenzaba a imponerse entre los amigos del barrio: la construcción de carritos con una particularidad muy especial. Sus ruedas eran rulemanes, los mismos que se desechaban de autos, camionetas o camiones.
Lo que a otros no les servía, para nosotros era de gran utilidad.
Todo comenzó con un primer intento. Conseguimos unas maderas resistentes para fabricar la estructura.
El eje delantero tenía un bulón pasante que le permitía girar y, en cada extremo, una cuerda hacía las veces de dirección. Improvisamos una pequeña butaca y un soporte trasero desde donde el asistente empujaría el carrito para que comenzara a tomar velocidad.
Llegó el momento de la verdad.
El lugar elegido para ponerlo a prueba era una subida clausurada que, para nosotros, era el escenario ideal para organizar las competencias.
Subimos lentamente hasta la cima de la rampa.
El piloto tomó asiento.
Un fuerte empujón bastó para que el carrito comenzara a descender ganando velocidad.
Todo parecía funcionar hasta que ocurrió lo inesperado.
Uno de los rulemanes se salió del eje y el carrito terminó a un costado del camino.
Por suerte, no hubo que lamentar más que el orgullo.
Regresamos a casa convencidos de que había que mejorar el diseño.
Al día siguiente, doña Rosa, una vecina del barrio, se acercó para hacernos una propuesta.
—Hola, chicos. ¿Quieren ganarse unos pesos?
—Sí, doña Rosa. ¿Qué hay que hacer?
—Necesito que me limpien el fondo de casa.
Fuimos a ver el trabajo.
El pasto había crecido tanto que, si uno se agachaba, desaparecía entre los yuyos. Contra una pared descansaba una enorme pila de chatarra oxidada.
—Primero cortamos el pasto y después acomodamos todo esto —dijimos—. Lo que le sirva, lo deja. Lo que no, lo tiramos.
—Me parece muy bien. Empiecen cuando quieran.
Así comenzó una larga jornada de trabajo.
Mientras acomodábamos los fierros apareció algo que nos dejó sin palabras.
Debajo de toda aquella chatarra estaba la estructura completa de un carrito a rulemanes.
Pero no era un carrito cualquiera.
Estaba construido íntegramente en hierro.
Solo necesitaba una buena lijada, una mano de antióxido y pintura.
Para nosotros era el Fórmula 1 de los carritos.
Cuando terminamos el trabajo, doña Rosa salió a ver cómo había quedado el fondo.
—Los felicito, hicieron un gran trabajo.
—Gracias, doña Rosa. Pero queríamos pedirle un favor.
—¿Cuál?
—Entre toda la chatarra encontramos este carrito. ¿Usted lo va a usar?
La mujer lo miró unos segundos y respondió sonriendo.
—No. Si a ustedes les sirve, llévenselo.
No hizo falta que lo repitiera dos veces.
Volvimos a casa empujando nuestro nuevo tesoro.
Después de lijarlo y dejarlo como nuevo apareció otro inconveniente.
Los ejes eran más finos que el diámetro interno de los rulemanes.
Con algunos suplementos logramos resolver el problema, pero pronto nos dimos cuenta de que necesitábamos rulemanes mucho más grandes.
Entonces pensamos en mi tío.
Trabajaba con máquinas industriales y muchas utilizaban rulemanes de gran tamaño.
—Tío, ¿no tendrás unos rulemanes viejos?
—Sí, tengo unos guardados. Los iba a tirar. La próxima vez que vaya al taller se los traigo.
Pasaron los días.
Cada vez que lo veíamos le hacíamos la misma pregunta.
—¿Te acordaste de los rulemanes?
—Los tengo separados... pero siempre me los olvido.
Las semanas pasaban y los rulemanes nunca llegaban.
Hasta que un día, caminando por el barrio, pasamos frente al taller de Forlano.
—Preguntale vos —me dijeron—. Te conoce más.
Entré decidido.
—Hola, Forlano.
—¿Qué hacés, pibe? ¿Qué andan buscando?
—Rulemanes.
El Tano sonrió.
—Ya sé... están armando un carro.
—¿Cómo lo supiste?
—Porque yo también fui pibe.
Nos señaló el fondo del taller.
—Revisen entre los fierros. Agarren lo que les sirva.
Comenzamos a buscar.
Encontramos uno.
Después otro.
Y al rato apareció el tercero.
Pero el cuarto no estaba por ninguna parte.
—¿Encontraron? —preguntó Forlano.
—Tres. Nos falta uno.
El Tano empezó a revolver entre un montón de piezas.
Después de unos segundos levantó la mano.
—Acá está.
Nos alcanzó el último rulemán.
—Gracias, Forlano.
—Después vengan a mostrarme cómo quedó el carro.
Al día siguiente todo estaba listo.
Carro nuevo.
Rulemanes nuevos.
Y una nueva prueba.
Desde el primer descenso quedó claro que era diferente.
Era más estable, más rápido y transmitía una seguridad que nunca habíamos sentido.
Las primeras competencias confirmaron lo que todos sospechaban.
Nuestro carro comenzó a imponerse una y otra vez.
Aquello cambió el espíritu de las carreras.
Ya no se trataba solamente de llegar primero.
Las competencias pasaron a ser también una prueba de resistencia.
Muchos intentaban golpear el eje trasero del rival para dejarlo fuera de competencia.
Pero nuestro carrito tenía una ventaja imposible de ignorar.
Su sólida estructura estaba construida con gruesas varillas de hierro en forma de V.
En la parte delantera sobresalían dos puntas que, en cada impacto, golpeaban directamente el eje trasero del contrincante.
Mientras los demás carritos, construidos en madera, terminaban con el eje partido, el nuestro seguía adelante como si nada hubiera ocurrido.
—A nosotros no nos gana nadie. Antes nos rompían los ejes con facilidad... ahora somos imbatibles.
Y así fue como nos empezaron a conocer.
No solo teníamos el carrito más rápido.
También teníamos el más resistente.
Habíamos descubierto, una vez más, que aquello que otros estaban dispuestos a desechar podía convertirse, en las manos adecuadas, en el mejor carro a rulemanes del barrio.
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psicolgico, suspenso intriga misterio, psicóloga y crecimiento personal
Editado: 18.07.2026