En cuarto grado, el mundo tenía una lógica que yo no compartía. O mejor dicho, que mis ojos no me permitían ver.
La señorita Rosa, con su intención pedagógica, terminó convirtiéndose en mi verdugo una tarde de dibujo. Ante toda la clase, levantó mi obra: un árbol con la copa marrón y el tronco verde.
Para mí, era un dibujo perfecto. Para el resto del aula, y para la mirada severa de la maestra, fue la evidencia de que algo "fallaba" en mí.
Me quería morir. La vergüenza me quemaba las mejillas y, en ese instante, el diagnóstico cayó sobre mis hombros: "sos daltónico".
A partir de ahí, mi vida escolar se convirtió en una operación de inteligencia encubierta. Desarrollé una estrategia para que no volvieran a exponerme.
Escondía mis lápices, borraba mis huellas y me volví un experto en delegar.
Le pedía a mi compañera de banco, con la discreción de un espía: “¿Me pasas el marrón?”. Y ahí, con la certeza de que estaba usando el color correcto, pintaba el tronco. “¿Me pasas el verde?”.
Y entonces, la copa cobraba el tono que todos esperaban.Pero a veces, la realidad ganaba. Alguna vez pinté la base del árbol de marrón y la pregunta de los otros niños saltaba como un resorte: “¿Por qué pintaste el jardín de marrón?”.
Ahí era donde el escritor que yo todavía no sabía que era, tomaba el mando.
Con una seguridad absoluta, sin pestañear, les respondía: “Porque no tenía césped, tenía tierra”.
Y la discusión se terminaba. Porque ante una verdad inventada con convicción, nadie tiene más argumentos.
Aprendí entonces que, si el mundo no encajaba en mis colores, siempre podía ajustar la historia para que todo tuviera sentido.
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psicolgico, suspenso intriga misterio, psicóloga y crecimiento personal
Editado: 18.07.2026