Don Osvaldo era un hombre hecho de trabajo.
Lo habíamos visto en mil facetas: de mozo en las pizzerías de Mataderos y Parque Chacabuco, pasando por vendedor de sábanas y manteles puerta a puerta, hasta finalmente encontrar su lugar en la verdulería.
Don Osvaldo no conocía el descanso; su reloj biológico empezaba en la madrugada y terminaba bien entrada la noche.
Su herramienta de combate era un camión Bedford que, a ojos de cualquiera, se caía a pedazos. Pero Osvaldo tenía otra visión: lo llevó a un taller, lo rescató del olvido y lo hizo renacer. Recuerdo el ritual de cada mañana invernal.
El motor, reacio ante el frío intenso, se negaba a arrancar. Entonces, Don Osvaldo recurría a su ingenio: un brasero encendido colocado con precisión debajo del cárter. Era un truco de alquimista: el calor de las brasas le devolvía la vida al hierro, y así, entre el humo y el esfuerzo, el Bedford finalmente rugía.
El destino quiso que ese camión se convirtiera en nuestro vehículo hacia la historia. Llegó el Mundial 78. Argentina era finalista y el Obelisco nos llamaba como un imán. Don Osvaldo lo preparó con banderas y bombos, y nosotros, una bandada de chicos del barrio, tomamos por asalto la caja de carga. Enfilamos por Directorio, tomamos la Avenida San Juan y, de repente, la 9 de Julio se abrió ante nosotros como un mar de gente.
Cada semáforo era una excusa para la fiesta. Saltábamos, bailábamos y cantábamos al ritmo de los bombos, celebrando que éramos campeones del mundo. Y cuando el semáforo amagaba con cambiar, subíamos al vuelo, con la adrenalina a flor de piel, para seguir camino hacia el Obelisco.
La imagen de aquel gigante de piedra rodeado por una multitud unida bajo el celeste y blanco quedó grabada en nosotros como el primer gran despertar de la alegría colectiva.
Pero la historia no terminó ahí. En el 86, Diego subió la apuesta y nosotros también. Ya no era un camión, eran dos: Osvaldito, el hijo de Osvaldo, comandaba el segundo Bedford.
Volvimos al Obelisco, volvimos a celebrar, esta vez con la magia de Maradona.
El camión de Don Osvaldo no era solo un vehículo de carga; era el símbolo de un barrio que, sin importar cuántos años pasaran o qué copa se levantara, siempre encontraba la forma de llegar a donde estaba el festejo.
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psicolgico, suspenso intriga misterio, psicóloga y crecimiento personal
Editado: 18.07.2026