Hoy, al cerrar este libro, el ventanal de mi casa sigue ahí, pero ya no soy aquel niño que esperaba ver el mundo pasar.
Sin embargo, al escribir sobre el hielo seco del heladero o el rugido del motor de Don Osvaldo, me di cuenta de algo: la infancia no se fue, solo cambió de lugar. Se instaló en los rincones de mi memoria.
Estas historias no fueron solo un ejercicio de nostalgia, sino una forma de honrar el tiempo en que la felicidad no era una meta, sino el aire que respirábamos.
Si al leer esto, aunque sea por un instante, pudiste volver a sentir el frío de la remera helada o el aroma a churros en una mañana de invierno, entonces este viaje valió la pena.
El barrio sigue ahí, en los ojos de quienes aún se atreven a mirar con curiosidad.
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psicolgico, suspenso intriga misterio, psicóloga y crecimiento personal
Editado: 18.07.2026