Conejito, pequeño y débil que logró escapar. Si no fuera por ti, yo podría seguir cazando a voluntad…
Todo antes de ti era felicidad, presa tras presa caían ante mí sin importar cuánta resistencia opusieran.
Aún puedo recordar cada cacería como si hubiera sucedido ayer. A mi primera presa la capturé por mera suerte; era una pequeña cría que se había perdido en el bosque en el que vivía.
Llegó a mí, caminando torpemente y con temor en sus ojos. Al verme, ese temor disminuyó levemente; sin embargo, mantuvo su distancia. Yo me acerqué al pobre con calma y dije que todo estaría bien, que yo lo ayudaría a encontrar a los suyos, y solo esas palabras bastaron para que su temor desapareciera.
Caminamos por un tiempo, adentrándonos más en el bosque sin que la pequeña criatura lo supiera. Cuando por fin estuve seguro de que nadie podría interrumpirnos, me lancé sobre la indefensa cría y, con un ataque preciso al cuello, le arrebaté la vida.
Apenas pudo esbozar un pequeño alarido de dolor. Después de eso, me tomé mi tiempo para disfrutar de su carne, tierna y suave. Recordar sus huesos quebrándose y el sonido de su piel al desgarrarse me hacen sentir la misma excitación que en ese momento.
Pasé horas devorando su cuerpo hasta quedar saciado, para luego retirarme de ahí dejando los restos tirados para los carroñeros que, tarde o temprano, los encontrarían. Después de todo, todos debemos alimentarnos.
Pasaron semanas antes de que pudiera volver a comer una carne tan tierna y deliciosa como esa. En su lugar, tuve que conformarme con la de un excursionista solitario al que atrapé una noche mientras dormía cerca de mi territorio.
Esa noche era clara, con la luz de la luna llena iluminando el sitio entre los árboles. Lo vi mientras comía junto a una fogata y esperé, minuto a minuto y hora tras hora, hasta que quedó profundamente dormido. Me acerqué lentamente y, al igual que con la pequeña cría, ataqué directo al cuello. Sin embargo, él era más fuerte y grande; luchó por liberarse y me golpeó, pero yo era más ágil y fuerte y su destino fue inevitable.
Lo miré por un momento y aullé a la luna.
Esa estúpida presa se había atrevido a luchar, como si no fuera capaz de reconocer su lugar en la cadena de la vida, y tendría que pagarlo. Yo estaba hambriento y agotado por la lucha, así que no me molesté en arrastrarlo más adentro del bosque, le arranqué la ropa y comencé a devorarlo; desgarré su carne y festejé por el banquete. Luego, dormí un poco hasta que escuché pisadas cerca y salí corriendo hacia los árboles, desde donde pude ver a una manada de lobos que se hicieron con los restos.
Pese a lo mucho que había disfrutado acabando con aquella presa grande y fuerte, no sentí placer alguno al devorarla; su carne me había resultado dura e insípida. Decidí que me concentraría únicamente en presas jóvenes, con carne tierna y deliciosa.
Fueron días duros, en los que no probé bocado alguno. Llegué a pensar que moriría de hambre. Para mi buena fortuna, un día en el que caminaba cerca de un sendero vislumbré a una pequeña zorrita que se contoneaba alegremente bajo la luz del sol.
Lamentablemente, ella no estaba sola. A su lado se encontraba su madre, una zorra grande y astuta que no apartaba la mirada de su cría. Sabía que no podría atacarlas en ese momento, así que me mantuve cerca, tanto como me era posible sin ser visto por ellas.
Las estuve acechando hasta la puesta de sol, momento en el que la madre llamó a su cría para volver a su madriguera. Las seguí, siempre desde las sombras y, cuando entraron al lugar que llamaban hogar, yo me quedé ahí parado.
Esperé por horas hasta la medianoche, solo entonces me adentré en la madriguera con el mayor cuidado posible, temeroso de que esa zorra astuta se percatara de mi presencia. Sin embargo, toda mi cautela no fue suficiente.
—¿Quién anda ahí? —preguntó la zorra.
—Soy yo, mami. No podía dormir —respondió su cría en medio de la penumbra.
Mi corazón, que antes se había acelerado, comenzó a calmarse tras escuchar que regresarían a dormir. Esperé y esperé hasta que no se escuchó ningún sonido más que el de mi respiración.
El momento había llegado. Me adentré hacia lo más profundo del lugar, en donde encontré al par de zorras dormidas; tranquilamente me acerqué hasta la madre, que me estaba dando la espalda, y ataqué.
Ella despertó y trató de luchar, pero ya era demasiado tarde. Todo terminó con un simple movimiento y su cuello crujiendo ante mí. Como era de esperar, la zorrita despertó debido al alboroto de su madre. La miró inmóvil y luego me vio; pude ver el terror reflejado en sus ojos.
En el momento en que me lancé sobre ella, chilló y pidió que no le hiciera nada, pero yo estaba hambriento y su destino ya estaba decidido; sin embargo, no la maté de inmediato. Esa pequeña zorra me había provocado antes, estoy seguro de que ella sabía que la estaba observando por la tarde y que su contoneo era solo para llamar mi atención.
Yo tenía más necesidades. Un macho necesita una hembra y ella sería mía. La tomé por la fuerza. Con cada chillido e inútil intento de escape solo aumentaba mi emoción. Cuando por fin quedé satisfecho, terminé con su vida de manera rápida y misericordiosa.
Siempre he sido un depredador, mas no un monstruo.
Con el alimento listo, procedí a saciar el hambre que hace días me atormentaba. Devoré tanta carne de la cría como me fue posible, pero no fue suficiente, así que desgarré el vientre de la madre y tragué sus entrañas con desesperación. Lamentablemente, el tiempo se había acabado. Sabía que estaba por amanecer y debía salir de ahí.
Mientras me alejaba de la madriguera, pude ver a lo lejos a un macho imponente que caminaba hacia ella. No había duda, él era el líder de la pequeña manada. Como ya estaba satisfecho y no tenía necesidad de luchar, simplemente caminé hacia el bosque, de regreso a mi territorio.
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Editado: 04.09.2026