La noche había caído sobre Ravencroft como una manta pesada y fría. Los ruidos del internado se habían reducido a lo esencial: el zumbido lejano de las luces fluorescentes, el paso rítmico de los guardias por los pasillos y el suspiro ocasional de algún paciente que soñaba cosas que no debería soñar. Lilian estaba acostada en su cama, con los ojos abiertos mirando el techo manchado de humedad, incapaz de dormir. Cada vez que cerraba los párpados, volvía a verlos: esos ojos grises, profundos y llenos de una tristeza que parecía antigua, que la miraban desde la silla del consultorio del doctor Harrison.
Dakota roncaba suavemente en la cama de al lado, pero Lilian sabía que si la despertaba y le contaba lo que realmente pasaba por su cabeza, su amiga le volvería a decir que estaba cometiendo un error, que estaba jugando con fuego y que el fuego se la iba a comer.
Y tal vez tuviera razón. Tal vez todo en su interior le gritaba que se alejara, que ese hombre era peligroso, que las historias que circulaban por los pasillos sobre él eran ciertas y que ella debía correr en dirección contraria. Pero había algo más fuerte que el miedo, algo que no lograba identificar: una sensación de pertenencia, como si hubiera conocido a Damon mucho antes de poner un pie en Ravencroft, como si sus almas estuvieran entrelazadas de alguna forma trágica y inevitable.
Se giró en la cama, abrazando la almohada contra su pecho, y una frase comenzó a dar vueltas en su mente, nacida de la nada, como si siempre hubiera estado ahí esperando a ser pronunciada: A veces no duele olvidar… duele no saber qué se perdió.
Sí, eso era exactamente lo que sentía. No dolía el hecho de que su memoria estuviera en blanco, porque no extrañaba lo que no recordaba.
Lo que dolía en lo más profundo de sus huesos era la incertidumbre, el vacío absoluto de no saber si había perdido amor, risas, un hogar, o simplemente una vida normal.
Dolía pensar que tal vez había personas que la amaban y ella no podía recordar sus caras, o que había cometido errores que ahora cargaba sin saber por qué. Y mirando a Damon, sentía que él conocía esa misma sensación, aunque su dolor viniera de recuerdos que él sí conservaba y que parecían atormentarlo.
Pasaron tres días antes de que el doctor Harrison volviera a llamarla. En ese tiempo, Lilian apenas había hablado, perdida en sus propios pensamientos, esquivando las miradas preocupadas de Dakota, que intentaba de todas las formas posibles distraerla y hacerla entrar en razón.
—Lilian, por favor —le había dicho esa misma mañana mientras desayunaban—, mírame. Sé que sientes algo extraño, sé que te parece que hay una conexión, pero te juro que es parte de su naturaleza. Ellos saben cómo manipular las emociones, saben qué decir y cómo mirar para que te sientas especial, para que pienses que tú eres la única que puede entenderlos. Es un mecanismo de defensa, o peor, es su forma de cazar. No quiero que te pase nada malo. Eres lo único bueno que tengo aquí dentro.
—Koda, si hay una mínima posibilidad de que él me ayude a entender quién soy, tengo que intentarlo. Si no lo hago, voy a vivir toda la vida con esta sensación de que me falta una parte de mí misma. ¿No lo entiendes? Yo no existo realmente hasta que recupere mi historia.
—Entonces prométeme que tendrás cuidado. Prométeme que si sientes que algo va mal, si él te dice algo que te asuste o te hace sentir incómoda, te irás de inmediato y se lo dirás a cualquier miembro del personal. Por favor, Lilian.
—Te lo prometo —había respondido ella, aunque en el fondo sabía que esa promesa sería difícil de cumplir si Damon volvía a mirarla como lo hizo la primera vez.
Cuando la enfermera Jenkins vino a buscarla, Lilian sintió cómo su corazón se aceleraba hasta casi salirse de su pecho. Caminó por los pasillos blancos y fríos, notando cómo el ambiente parecía volverse más tenso, más silencioso, a medida que se acercaban al ala donde estaban los consultorios.
Esta vez, cuando entró, la habitación estaba diferente: las cortinas estaban cerradas, creando una luz tenue y amarillenta, y el doctor Harrison no estaba sentado en su escritorio, sino que estaba de pie junto a la ventana, con las manos a la espalda. Damon ya estaba allí, sentado en la misma silla que la vez anterior, con las manos atadas con una correa suave pero firme a los brazos de la silla —una medida de seguridad que la vez anterior no había visto y que ahora le recordó con crudeza quién era él realmente.
Al escuchar la puerta cerrarse, Damon levantó la cabeza. Sus ojos grises se clavaron en los de Lilian, y por un segundo, ella sintió que el aire se le iba de los pulmones.
No había miedo en su mirada, ni furia, ni siquiera esa frialdad que se supone que tienen las personas como él. Había algo mucho más complicado: una tormenta contenida, una mezcla de anhelo y dolor que parecía reflejarse en el mismo rostro que ella veía en sus pesadillas confusas.
—Siéntate, Lilian —dijo el doctor Harrison, señalando la silla frente a él—. Hoy vamos a intentar algo un poco más profundo. La idea es que hablen de sus miedos. A menudo, lo que más tememos es lo que más nos define.
Lilian se sentó, cruzando las piernas y luego descruzándolas, nerviosa. No sabía por dónde empezar. Miró a Damon, y él seguía mirándola, como si estuviera estudiando cada movimiento de sus labios, cada parpadeo.
—Puedes empezar tú, si quieres —dijo el doctor Harrison, dirigiéndose a Lilian.
Ella tomó aire, sintiendo cómo se le secaba la boca.
—Mi miedo… bueno, es obvio, ¿no? —empezó, con la voz temblorosa—. Temo no volver a recordar nunca. Temo despertar cada día siendo esta extraña para mí misma. Pero hay algo peor. —Se detuvo, mordiéndose el labio inferior, y luego las palabras salieron solas, cargadas de todo lo que había estado pensando esas noches sin sueño—: A veces no duele olvidar… duele no saber qué se perdió. No sé si perdí a alguien que me amaba, o si perdí un lugar donde era feliz, o si simplemente perdí la oportunidad de ser normal. Duele vivir en la duda constante de saber que hay un trozo enorme de tu vida que simplemente no existe para ti, y no saber si ese trozo era hermoso o terrible. Me siento como un libro al que le han arrancado las primeras cien páginas, y tengo que intentar leer el resto sin entender de qué va la historia.