Memorias Perdidas

Capitulo 4

El sol brillaba con fuerza sobre el jardín interno de Ravencroft, calentando la tierra y haciendo que los pétalos de las pocas rosas que crecían en los maceteros grandes brillaran como gemas rojas.

Lilian llegaba acompañada de la enfermera Martínez, mientras a unos metros de distancia, dos guardias escoltaban a Damon hasta el mismo lugar. Junto a ellos estaban otros tres pacientes: Marcos, un chico de dieciocho años con trastorno bipolar; Sofía, de diecisiete, que padecía esquizofrenia paranoide; y Carlos, de veinte, con trastorno de estrés postraumático.

El doctor Harrison y otra psicóloga, la doctora Reyes, estaban en el centro del jardín, sentados en unas sillas de plástico, observando todo con atención.

—Bienvenidos, todos —dijo el doctor Harrison con una sonrisa—. El objetivo de hoy es trabajar en actividades que nos conecten con el mundo natural, que nos ayuden a canalizar nuestras emociones de forma positiva. Hemos preparado herramientas para podar las plantas, regarlas y hasta plantar algunas semillas nuevas. Cada uno de ustedes podrá elegir qué tarea realizar.

Lilian miró hacia donde estaba Damon. Él ya había caminado hasta el rincón donde estaban los maceteros con rosas, y sus ojos estaban fijos en las flores como si fueran algo sagrado. Ella decidió acercarse a él, manteniendo la distancia que les había sido indicada.

—Te dije que tenían rosas —susurró ella, y él volvió la cabeza hacia ella, con una expresión suave que nunca había visto antes.

—Sí —respondió, acariciando con cuidado un pétalo entre sus dedos—. Son como las de mi madre. Ella siempre decía que las rosas rojas representaban el amor verdadero, pero que también tenían espinas para recordarnos que el amor puede doler.

—Mi… mi madre también cantaba una canción cuando yo era pequeña —empezó Lilian, con la voz temblorosa—. La escuché ayer en un radio que me regaló Dakota. Era una melodía de piano, y… y recuerdo estar en un jardín como este, contigo. Tú eras pequeño, corriendo entre las flores, y yo te seguía.

Damon se quedó inmóvil, dejando de tocar la rosa. Sus ojos se llenaron de una tristeza profunda, y algo que parecía ser miedo.

—No puedes recordar eso —dijo en voz baja, casi un susurro—. No deberías recordar nada de antes.

—¿Por qué? —preguntó ella, acercándose un poco más, sin darse cuenta—. ¿Qué pasó entre nosotros, Damon? ¿Éramos amigos? ¿Conocíamos a nuestras familias?

Él cerró los ojos durante un instante, como si estuviera luchando contra algo dentro de sí mismo. Cuando los abrió de nuevo, su mirada estaba llena de dolor.

—Éramos más que amigos, Lilian —confesó, y los guardias se tensaron al ver que la distancia entre ellos se había reducido casi a nada—. Éramos como hermanos. Nuestras familias eran muy cercanas. Vivíamos en casas vecinas, íbamos al mismo colegio, pasábamos todos los días juntos. Tu madre y la mía eran mejores amigas desde la infancia. Tú… tú eras la única persona en el mundo a la que yo realmente quería.

Lilian sintió cómo su corazón daba un vuelco. Los destellos de memoria empezaron a llegar con más fuerza: juegos en el jardín, risas compartidas, cuentos que les contaba la madre de Damon, abrazos cuando uno de ellos se sentía triste.

—Entonces… ¿por qué me olvidé de ti? ¿Por qué no puedo recordar nada más allá de ese jardín?

Damon se giró completamente hacia ella, y esta vez no intentó mantener la distancia. Los guardias se movieron un paso hacia adelante, pero el doctor Harrison los detuvo con un gesto.

—Porque tuve que hacer que lo olvidaras —dijo él, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Porque lo que pasó después fue tan terrible que no merecías llevarlo en tu memoria. Tú eras inocente, Lilian. No tenías nada que ver con lo que sucedió.

—¿Qué sucedió? —insistió ella, tomándolo del brazo sin pensar en las consecuencias—. Dímelo, por favor. Necesito saber la verdad.

Justo en ese momento, Sofía se acercó a ellos, con una expresión angustiada en el rostro.

—No puedo hacerlo —dijo ella, temblando—. Las plantas… tienen voces. Me están diciendo cosas malas. Que alguien va a hacer daño aquí. Que la sangre va a volver a fluir.

La doctora Reyes se acercó rápidamente a ella, poniéndole una mano sobre el hombro.

—Tranquila, Sofía —dijo con voz calmada—. Las plantas no tienen voces. Eso es solo tu mente jugándote una mala pasada. Ven conmigo, vamos a sentarnos un rato y a respirar hondo.

Mientras la doctora la llevaba lejos, Marcos se acercó a Damon y a Lilian, con una sonrisa un poco torpe.

—Oye, ¿ustedes saben cómo se planta esto? —preguntó, mostrando una semilla en su mano—. Nunca he hecho nada así en mi vida. Mi madre siempre decía que yo tenía la mano muerta para las plantas.

Damon se separó de Lilian con tristeza, tomando la semilla de la mano de Marcos.

—Así se hace —dijo, agachándose y haciendo un pequeño hoyo en la tierra con sus dedos—. Tienes que ponerla a una profundidad de unos dos centímetros, taparla con cuidado y regarla sin mojar demasiado la tierra. Las plantas necesitan amor y paciencia para crecer.

Mientras enseñaba a Marcos, Lilian se quedó mirándolo, pensando en todo lo que había dicho. Si eran como hermanos, si sus familias eran cercanas, ¿por qué él había intentado matarla? ¿Por qué había matado a su propia familia? No tenía sentido. No podía ser que el chico que acababa de hablarle con tanto cariño fuera el mismo que los informes describían como un asesino sin corazón.

Al finalizar la actividad, cuando todos se preparaban para regresar a sus pisos, Damon se acercó a Lilian una vez más, aprovechando el momento en que los guardias estaban ocupados con Marcos, que había empezado a hablar en voz alta sobre sus planes de cuando saliera del internado.

—Mañana —susurró él, poniéndole una nota pequeña en la mano antes de que ella pudiera reaccionar—. En la sala de terapia de arte. Ten cuidado de que nadie la vea. Es una carta que escribí hace mucho tiempo. Creo que tienes derecho a leerla.



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En el texto hay: romance proibido, misterio / suspenso

Editado: 04.04.2026

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