La lluvia caía sobre el tejado como un suave tambor que acompañaba el ritmo del corazón del mundo. Las gotas se deslizaban por el cristal de la ventana de Henry con una cadencia hipnótica, como si el cielo tejiera una melodía secreta solo para él. Cada golpe, cada eco, parecía contener una historia diminuta, una esperanza suspendida en el aire.
El niño apoyaba la frente contra el vidrio frío. Sentía cómo su respiración empañaba el cristal y, con un dedo, dibujó sobre la neblina una línea que seguía el curso de una gota solitaria, observando cómo descendía hasta desaparecer en el borde del marco. Afuera, el camino se extendía bajo la lluvia como un río líquido que reflejaba luces temblorosas. Todo era gris, pero un gris lleno de vida.Henry esperaba. Esperaba el sonido del motor de su padre, ese rugido familiar que rompía el silencio y traía consigo olor a gasolina, viento y promesas.
—¿Cuándo llegará papá? —preguntó, sin apartar la vista de la carretera empapada. Su voz se perdió entre el murmullo de la tormenta, como si hablara con el cielo mismo.
Desde la cocina, Grace se movía entre aromas de azúcar y vainilla. El aire olía a hogar, a infancia y a cosas que intentan ser felices a pesar de todo. Intentaba preparar un pastel de cumpleaños, pero sus manos temblaban levemente cada vez que miraba el teléfono. Se giró hacia su hijo con una sonrisa que era más un esfuerzo que una expresión.
—No lo sé, cariño. No contesta las llamadas —respondió con voz suave, esa clase de voz que busca consolar aunque el alma esté inquieta.
En el fondo del pasillo, Jake, su hermano mayor, se rió de manera breve y burlona. La risa rebotó contra las paredes, rompiendo la calma frágil de la casa.
Henry se giró, frunciendo el ceño.—¿Qué es tan chistoso? —preguntó con un leve tono de irritación, apenas contenido.
Jake se encogió de hombros, con esa despreocupación adolescente que esconde más miedo que indiferencia. Una sonrisa traviesa iluminó su rostro, aunque sus ojos parecían observar otra cosa, algo invisible.
—Me parece chistoso que llegue tarde otra vez, y encima en el cumpleaños de mi hermano —dijo señalando el pequeño pastel que Grace había colocado en la mesa, coronado por velas torcidas.
Henry sintió un nudo en el estómago. No era chistoso. Su padre había prometido que estaría allí, y las promesas, en el mundo de Henry, aún significaban algo sagrado.
—No es gracioso, Jake —respondió, conteniendo las lágrimas—. ¡Es mi cumpleaños!
Jake se encogió de hombros otra vez, como si el peso del momento le resbalara. Pero Henry sintió una punzada de tristeza.Quería que su hermano entendiera, que compartiera la herida invisible que crecía dentro de él.Grace, que había estado observando en silencio, se acercó. Se agachó frente a Henry, posó una mano tibia sobre su hombro y dijo con ternura:
—A veces las cosas no salen como esperamos, cariño, pero eso no significa que no podamos disfrutar el día. ¿Qué te parece si hacemos algo especial mientras esperamos?
Henry la miró. Los ojos de su madre, cansados pero llenos de luz, parecían contener un refugio. Afuera, la lluvia aumentó su canto, como si el mundo les diera un respiro para elegir entre la tristeza o la magia.
—Podríamos jugar a algo o... —dijo Grace, mirando a Jake con una sonrisa casi traviesa— ¡podemos hacer una competencia de quién decora mejor el pastel!
Jake soltó una risa breve, esta vez más cálida.—Está bien, pero te advierto que soy un experto en decoración —dijo, guiñándole un ojo.
Henry sonrió, y la casa, por un instante, pareció respirar con ellos.Mientras se acercaban a la mesa, una ráfaga de viento hizo vibrar las ventanas, y un trueno lejano iluminó la lluvia como un telón de cristal. Henry miró otra vez hacia la carretera. La lluvia seguía cayendo, pero dentro de él, una chispa de esperanza comenzó a crecer como una luciérnaga en la oscuridad.
El reloj de la cocina marcó las diez de la noche. Las agujas parecían moverse más despacio, como si el tiempo se resistiera a avanzar.La mesa estaba cubierta de migas, glaseado, risas interrumpidas y restos de un intento de celebración.El pastel —torcido y hermoso en su imperfección— descansaba bajo la luz amarillenta del techo, y afuera la lluvia no daba tregua.
Henry seguía junto a la ventana, la frente otra vez pegada al vidrio. Miraba la carretera vacía y brillante, el reflejo de las farolas danzando sobre los charcos.—¿Cuándo crees que llegará papá, mamá? —preguntó con voz pequeña, como si temiera la respuesta.
Grace suspiró, miró su teléfono una vez más y dijo:—No lo sé, cariño. No contesta mis llamadas.
El silencio que siguió fue tan espeso como el aire antes de una tormenta.Jake, sentado en la mesa con un trozo de pastel, rompió ese silencio con una risa forzada.—Es gracioso, ¿no? Siempre llega tarde. Y hoy, de todos los días, tenía que ser el cumpleaños de mi hermano.
Henry lo miró con rabia contenida.—¿Qué tiene de chistoso? —preguntó, su voz temblando.
Jake bajó la mirada, encogiéndose de hombros.—Solo me parece ridículo que se le olvide algo tan importante. Pero bueno, ya estamos acostumbrados.
El tiempo siguió su curso. La lluvia cantaba, el reloj respiraba, y en el pecho de Henry crecía algo que no entendía: una mezcla de tristeza, miedo y amor.
Y entonces, el sonido llegó.Un motor, a lo lejos, cortando el murmullo del agua.Henry corrió hacia la ventana, con el corazón acelerado. Las luces del coche se acercaban entre la bruma.—Hizo una promesa... —susurró para sí mismo.
Pero al abrirse la puerta, el aire cambió. El olor a lluvia fue sustituido por algo más denso: tensión, cansancio, palabras no dichas.
Desde su habitación, Henry escuchó la voz de su padre.—No aguanto más esto, Grace. Quiero el divorcio. No quiero saber nada de nosotros.
El alma de Henry se quebró en un instante. Las palabras retumbaron como un trueno interior.Corrió hacia la escalera, con las lágrimas ya cayendo.