El sol apenas comenzaba a asomarse por el horizonte, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados que parecían despertar al mundo con una sonrisa. El canto lejano de las gaviotas se mezclaba con el murmullo de las olas, y el aire fresco del amanecer llevaba consigo el perfume salado del mar.
En su habitación, Henry abrió los ojos justo cuando el reloj marcaba las seis. La luz de la mañana se filtraba por la ventana, bañando su cama con un resplandor suave. Se estiró largo y tendido, dejando escapar un suspiro que parecía mezclar alivio, emoción y la sensación de estar empezando algo nuevo.
Había pasado mucho tiempo desde que había sentido tanta energía. Hoy era un día especial: el primer día de clases después de las vacaciones de verano.
Se levantó rápidamente, aún descalzo, sintiendo el suelo frío bajo sus pies. Se vistió con su uniforme escolar, alisó la camisa con las manos y se miró en el espejo. Su reflejo le devolvió una sonrisa luminosa, y por un instante creyó ver tras él un rayo de sol que dibujaba una forma parecida a unas alas.
—Hoy será un gran día —se dijo en voz baja.
Bajó las escaleras casi saltando, con el corazón ligero. La casa olía a pan tostado y a café recién hecho, y el sonido de los cubiertos chocando llenaba el ambiente con una calidez familiar. En la cocina, Jake estaba sentado en la mesa, con la cabeza inclinada sobre un tazón de cereal. La luz del amanecer entraba por la ventana, pintando su rostro con destellos anaranjados.
—¡Vaya! ¡Qué milagro que te despertaste temprano! —bromeó Jake, levantando la vista y arqueando una ceja con una media sonrisa.
Henry se rió.—Claro, hermano —respondió, mientras se colgaba la mochila al hombro—. Si no te importa, ya me debo ir.
Jake lo observó por un momento, en silencio, antes de decir:—No te vayas a olvidar tu almuerzo.
Señaló la mesa, donde había un pequeño tupper cerrado con cuidado. Henry lo tomó con una sonrisa sincera.
—Gracias, Jake. ¡Nos vemos luego!
Jake asintió, con una sonrisa apenas perceptible. Tal vez no lo decía, pero en sus ojos había un destello de orgullo.
Henry salió de la casa casi corriendo. El aire fresco de la mañana lo envolvió con una caricia. Las calles aún estaban tranquilas; el sol, tímido, se reflejaba en los charcos que habían quedado de la lluvia de la noche anterior.
Caminó con paso ligero hacia la playa, dejando que el sonido de las olas lo guiara. La arena húmeda crujía suavemente bajo sus zapatos, y una brisa salada le despeinó el cabello. Sabía exactamente a quién quería ver antes de ir a la escuela.
—¡Oyeee, Misty! —gritó con entusiasmo, mirando al cielo que se abría en tonos celestes—. ¡Te traje comida, amiga! ¿Qué esperas? ¡Ven!
El viento respondió primero, jugando con su voz y llevándola mar adentro. Henry esperó unos segundos, disfrutando del vaivén del mar y del olor a algas. Cerró los ojos y dejó que la brisa le rozara las mejillas. Entonces, sintió un suave golpe de viento a su espalda.
Giró justo a tiempo para verla.
Misty.
La gaviota que había rescatado años atrás. Su amiga.Ahora era más grande, con plumas blancas que brillaban como nieve al sol y alas amplias que parecían pintar el aire con cada batir. Se posó con gracia sobre la mochila de Henry, mirándolo con esa mezcla de inteligencia y ternura que solo los animales mágicos del corazón pueden tener.
—¡Misty! —exclamó Henry, lleno de alegría—. ¡Hola, amiga!
Misty inclinó la cabeza, emitiendo un graznido suave que sonó casi como una risa. Dio un pequeño salto, y Henry rió con ella. Sacó de su mochila un trozo de pan del almuerzo y se lo ofreció. Misty lo tomó con el pico, moviendo las alas con energía mientras comía.
Henry se sentó sobre la arena, mirando el horizonte. El sol ya había subido lo suficiente para teñir el mar de dorado, y las olas parecían reflejar el cielo. Misty se acurrucó a su lado, y juntos observaron cómo el mundo despertaba.
—Hoy va a ser un gran día —dijo Henry, sonriendo con los ojos—. ¡Te lo prometo!
El viento le revolvió el cabello y Misty emitió un pequeño chillido, como si aprobara la promesa.
Henry miró su reloj. Su corazón dio un vuelco.—¡Oh, no! ¡Es tarde!
Se levantó de un salto, se colgó la mochila y corrió unos pasos por la arena. Misty lo observaba, ladeando la cabeza, como si entendiera.
—¡Hasta luego, amiga! —gritó Henry, agitando la mano mientras corría hacia la carretera.
La gaviota lanzó un graznido agudo, como una despedida. Y Henry juró escuchar, entre el rumor de las olas, algo parecido a una risa juguetona del viento.
El camino hacia la escuela era una carrera contra el tiempo. Las hojas de los árboles bailaban a su alrededor, y las nubes parecían deslizarse más rápido, como si el mundo entero lo animara a llegar. El aire olía a flores húmedas y a sol recién nacido.
Pero al doblar la esquina, su sonrisa se desvaneció un poco: la puerta principal de la escuela estaba cerrada.
Un grupo de estudiantes se agolpaba en la entrada trasera, riendo y murmurando. Henry respiró hondo y se acercó. Su corazón latía con fuerza, no tanto por la carrera, sino por la emoción de comenzar el nuevo año.
Entonces la vio.La profesora Thompson apareció en la puerta, sosteniendo un manojo de llaves. Su expresión era severa, aunque no del todo dura.
—Henry, ¿por qué llegas tan tarde? —preguntó, con el ceño fruncido, aunque en sus ojos se adivinaba una leve ternura.
Henry bajó la cabeza, con una sonrisa culpable.—Lo siento, Sra. Thompson. Me quedé un poco más con Misty —dijo, apretando las manos tras la espalda.
La profesora lo miró unos segundos más. Sus labios se suavizaron en una media sonrisa, pero su tono se mantuvo firme.—Toma asiento, por favor. Hablaremos de esto más tarde.
Henry asintió, cruzando el aula entre murmullos. Se sentó en su pupitre junto a la ventana, desde donde podía ver un pedacito del cielo azul. Intentó concentrarse, pero su mente seguía allá afuera, en la playa, junto a Misty.