El reloj del aula marcaba las cuatro de la tarde, y los rayos del sol entraban a través de las ventanas, pintando la sala con tonos dorados. El polvo flotaba en el aire como si bailara al compás del tiempo. Henry se sentó en su pupitre, sintiendo la mirada severa de la Sra. Thompson que, tras sus gafas, lo observaba con una mezcla de paciencia y desaprobación.
A su lado, su amigo Tomás se inclinó un poco hacia él y susurró con voz traviesa:—¿Cómo está Misty?
Henry sonrió, como si solo escuchar el nombre de su gaviota iluminara su día.—Está un poco inquieta, pero bien —respondió con ternura—. La dejé jugando en el jardín.
Tomás asintió, con esa complicidad que solo los buenos amigos comparten, y ambos fingieron escuchar mientras la Sra. Thompson comenzaba una larga lección sobre la importancia de la puntualidad.Las palabras se desvanecieron para Henry, que miraba por la ventana, dejando que su imaginación lo arrastrara hacia un mundo más grande: veía a Misty volando alto sobre los árboles, veía ríos de luz atravesando los campos y escuchaba melodías escondidas entre las hojas.
Cuando la clase terminó, los dos amigos corrieron hacia la salida. El aire de la tarde era fresco, con un aroma a tierra húmeda y flores silvestres que brotaban en los bordes del camino. A lo lejos, el bosque cercano a la escuela los llamaba con su misterio.
—¿Entramos? —preguntó Tomás, con una chispa de aventura en los ojos.—Sí, solo un rato —respondió Henry, sonriendo—. Siempre quise ver qué hay más allá del arroyo.
El sendero se estrechaba entre los árboles, y el sol, filtrándose entre las ramas, proyectaba manchas de luz que parecían moverse como si el bosque respirara. Los pájaros cantaban, y el crujido de las hojas bajo sus pies marcaba un ritmo tranquilo.
De pronto, el murmullo del bosque cambió. Entre los troncos, una figura apareció.Era una anciana de cabellos plateados, tan brillantes que reflejaban la luz del atardecer. Llevaba un chal tejido con hilos de muchos colores y apoyaba sus manos en un bastón de madera pulida.
—¡Hola, jóvenes! —saludó con voz cálida, como una melodía antigua—. ¿Podrían ayudarme a encontrar mi camino de regreso a casa?
Henry y Tomás se miraron, sorprendidos.—Claro, señora. ¿Dónde vive? —preguntó Tomás.
—Un poco más allá de este bosque, cerca de la colina —respondió ella—. Pero no se apresuren, el camino puede ser peligroso si no se escucha al bosque.
Caminaron juntos, y mientras avanzaban, la anciana les habló de cosas que parecían sacadas de un cuento. Les contó sobre los zorros que sabían reír, los árboles que soñaban con la lluvia y las aves que traían mensajes del viento.Pero su voz, suave y encantadora, se volvió más seria cuando mencionó que últimamente el aire del bosque estaba… inquieto.
Entonces se detuvo.Sus ojos grises se posaron directamente en los de Henry, y su sonrisa se desvaneció.—Cuida bien de esa gaviota que te acompaña, querido —dijo en voz baja—. Puede que se avecinen cosas malas.
Un escalofrío recorrió la espalda de Henry.—¿Qué… qué quieres decir? —preguntó, sin saber si debía reír o preocuparse.
—A veces, lo que parece pequeño o trivial —respondió la anciana, con una tristeza dulce— puede cambiar el destino de muchas cosas. Solo recuerda: mantente atento.
El viento sopló entre las ramas, levantando hojas que giraron a su alrededor como un remolino dorado.Cuando las hojas cayeron, la anciana ya estaba sonriendo de nuevo, como si nada hubiera pasado.
Siguieron caminando hasta que el bosque se abrió, mostrando la colina que ella había mencionado. Una pequeña cabaña cubierta de enredaderas los esperaba al final del sendero.La anciana se despidió con un gesto amable, agradeciéndoles su compañía antes de desaparecer tras la puerta de madera.
Henry y Tomás se quedaron quietos por un momento, escuchando cómo el bosque recuperaba su calma.—Eso fue… extraño —dijo Tomás finalmente.—Sí —murmuró Henry, mirando al cielo, donde una gaviota volaba en círculos, iluminada por la luz del atardecer—. Pero tengo la sensación de que debemos cuidar bien a Misty. Algo me dice que esto es solo el comienzo.
El viento trajo el canto lejano de un ave, y por un instante, el bosque pareció contener el aliento.
De regreso al pueblo, la luz comenzaba a volverse dorada y suave. Los niños caminaban entre risas, dejando atrás el misterio de la colina.
—¡Henry! —exclamó Tomás de repente, rompiendo el silencio—. Esta noche habrá una fiesta de disfraces en casa de Joan. ¡El chico más popular de la escuela!
Henry frunció el ceño, inseguro.—¿Una fiesta? No sé si debería ir…
—¡Vamos! —insistió Tomás—. ¡Será genial! Y escucha, ¡Lucas también irá!
El nombre de Lucas le provocó una mezcla de nerviosismo y alegría. Lucas era carismático, amable, y todos querían estar cerca de él.—¿Lucas? ¿Estás seguro? —preguntó Henry.
—Sí, me lo dijo esta mañana. Irá disfrazado de caballero. ¡Tienes que venir!
Henry dudó, recordando las palabras de la anciana y la mirada seria que le había dirigido.—Quizás debería quedarme por si algo pasa con Misty —dijo con voz baja.
Tomás soltó una carcajada.—¿Y perderte la fiesta? ¡Ni hablar! Además, si Lucas está allí, seguro te lo pasarás increíble.
Henry respiró hondo y sonrió.—Está bien, iré. Pero solo si encontramos un buen disfraz.
—¡Eso quería oír! —dijo Tomás, alzando un puño victorioso—. Tengo un montón en casa. Te encantará.
Cuando Henry llegó a su casa, el cielo estaba teñido de un azul profundo, con las primeras estrellas asomando entre las nubes. En el jardín, Misty picoteaba el suelo, tranquila. Henry se agachó a su lado, acariciando suavemente sus plumas.
—Misty —le dijo en voz baja—, esta noche iré a la casa de Tomás. Quédate aquí, ¿sí? Prometo no tardar.
La gaviota lo miró con sus ojos brillantes, inclinando la cabeza como si comprendiera. Luego, con un suave batir de alas, se elevó hacia el cielo, girando en círculos antes de desaparecer entre los árboles.Henry la siguió con la mirada hasta perderla de vista.