Memory Maker

Capitulo 5

La noche había caído con un brillo sereno, y el aire estaba impregnado de ese aroma húmedo que anuncia una velada llena de promesas. Desde lo alto de la colina, la casa de Joan resplandecía como un faro de colores: guirnaldas de luces danzaban sobre las ventanas, y el sonido de la música se deslizaba por la brisa, mezclándose con el murmullo distante del mar.

Henry y Tomás caminaron juntos por el sendero iluminado, sus disfraces ondeando al compás del viento. Las sombras de los árboles se alargaban en el suelo, y la emoción se reflejaba en los ojos de ambos.

—¡Es impresionante! —exclamó Henry, maravillado al ver la casa desde cerca. Era enorme, con ventanales cubiertos de cortinas brillantes, y cada rincón parecía respirar alegría.

Tomás sonrió con orgullo, ajustándose la capa.—Te lo dije, Joan siempre exagera con sus fiestas —dijo, riendo.

Al cruzar el umbral, una ráfaga de música los envolvió. La sala estaba repleta de luces que giraban como luciérnagas, y decenas de estudiantes, disfrazados de todo tipo de personajes, llenaban el lugar con risas, pasos de baile y conversaciones entusiasmadas. El aire olía a pastel, a perfume dulce y a juventud.

—¡Mira quién llegó! —gritó Pablo, uno de los amigos de Henry, agitando la mano desde la pista—. ¡Henry! ¡Qué bien que viniste!

Henry se detuvo, sorprendido por la calidez de la bienvenida. Varias cabezas se giraron hacia él, admirando su disfraz de mago. Las luces de colores se reflejaban en su capa, dándole un aire casi real de hechicero. Por un momento, se sintió parte de algo más grande, parte del brillo.

—Gracias —respondió con una sonrisa sincera—. Tomás me convenció de venir.

Entonces, entre la multitud, apareció Joan. Su disfraz de sirena brillaba bajo las luces como si estuviera hecha de agua y estrellas. Su cabello caía en ondas doradas, y su sonrisa —perfecta y afilada— dominaba el ambiente. Todos la miraban, y ella parecía disfrutarlo.

Se acercó a Tomás, pero sus ojos se posaron rápidamente en Henry.—Hey, Tomás, ¿quién es tu amigo? —preguntó con voz dulce, aunque su mirada tenía filo. Luego, ladeó la cabeza y añadió con sorna—: ¿Ese es tu disfraz de “mago”? ¿O de “perdedor”?

El comentario cayó como una piedra en medio de la música. Henry sintió cómo el calor le subía al rostro.Tomás frunció el ceño.—Es Henry —replicó, incómodo—. Está aquí para divertirse, como todos.

Joan se rió, una risa ligera, cristalina, pero cargada de veneno.—Bueno, Henry… espero que no te quede muy grande ese disfraz. No quisiera que te conviertas en sapo en mitad de la fiesta.

Algunas risas surgieron a su alrededor. Henry apretó los puños, pero respiró hondo y trató de sonreír.—Gracias, Joan. Siempre tan amable —dijo, con un intento de dignidad que, en ese instante, fue su mejor hechizo.

Joan alzó una ceja, divertida, y se alejó entre sus admiradores, dejando tras de sí un eco de risas que se mezcló con la música.

Tomás puso una mano en el hombro de Henry.—No le hagas caso. Solo está siendo… ella.

Henry asintió, aunque las palabras de Joan le pesaban como piedras. Aun así, decidió no dejar que una broma ruin le robara la noche.

La música aumentó, vibrante y viva, y el aire se llenó de risas. Henry y Tomás se unieron a un grupo de compañeros en la pista de baile. El lugar parecía un mundo aparte: luces cálidas colgaban del techo como estrellas, y el suelo vibraba con cada paso. Por un momento, Henry olvidó la incomodidad y permitió que la alegría lo envolviera.

Reía, giraba, y hasta imaginó —solo por un segundo— que su capa realmente guardaba magia.Pero entonces, una sensación extraña lo recorrió. Una presencia detrás de él.

—¿Qué tal, mago? —la voz de Joan se alzó por encima de la música, cargada de burla.

Henry apenas tuvo tiempo de girarse. Joan, con esa sonrisa de triunfo, tiró de su capa. En un instante, el disfraz se deslizó por sus hombros y cayó al suelo.

Hubo un silencio breve, seguido de un estallido de risas.

—¡Mira! —gritó Joan, levantando un dedo—. ¡El mago sin su magia!

Las risas se expandieron como un fuego rápido. Henry sintió el calor en su rostro, el temblor en sus manos. Cada carcajada era un golpe, cada mirada, una aguja.El ruido se mezclaba, la música se distorsionaba; todo giraba.

Tomás, con el rostro serio, dio un paso adelante.—¡Basta, Joan! Eso no tiene gracia.

Pero Joan simplemente se encogió de hombros, rodeada de sus amigos, satisfecha con el caos que había provocado.—Relájate, Tomás —dijo, riendo—. Solo le enseño que no todos los trucos son buenos.

Henry miró a su alrededor. Los rostros eran una mezcla de burla, sorpresa y lástima. El aire parecía haberse vuelto pesado, imposible de respirar. No quería estar ahí. No quería que lo miraran.

Sin decir una palabra, retrocedió un paso. Luego otro. Y antes de que alguien pudiera detenerlo, corrió hacia la puerta.

El ruido, la música, las luces: todo quedó atrás. Afuera, el aire nocturno lo envolvió, fresco y húmedo, perfumado con sal y pino. El sonido de sus pasos resonaba en el camino mientras las luces de la casa se difuminaban a lo lejos.

Corrió hasta que el corazón le dolió en el pecho.Las lágrimas finalmente escaparon, silenciosas, mezclándose con el sudor y con el rocío de la noche.

La luna lo observaba desde arriba, redonda y serena, como si lo comprendiera.El disfraz había quedado atrás, sí. Pero más que eso, Henry sentía que había dejado algo más: una parte de sí mismo que necesitaba reconstruir.

Y mientras caminaba sin rumbo, solo un pensamiento le cruzó la mente, claro y puro como el viento del mar:necesitaba escapar… y encontrar algo que aún no sabía nombrar.



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En el texto hay: amistad, fantasía drama

Editado: 23.01.2026

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