Memory Maker

Capitulo 6

La noche se había cerrado sobre Henry como una manta pesada. El aire olía a tierra húmeda, y sus pasos resonaban en la oscuridad, torpes, inseguros. Caminaba sin rumbo, con la mente nublada por la humillación que Joan le había hecho pasar.Las risas todavía ecoaban en su cabeza, crueles y persistentes, como si el viento las arrastrara desde la fiesta hasta este rincón del mundo.

Cada paso dolía.No solo por el cansancio, sino por el peso invisible de la tristeza. Sentía que algo dentro de él se había quebrado, una parte pequeña y silenciosa que no sabía cómo reparar.

Sin darse cuenta, había dejado atrás las calles y los sonidos de la ciudad. A su alrededor, solo quedaban árboles altos, cuyas copas se mecían suavemente bajo la luz de la luna. El bosque se extendía como un océano de sombras y murmullos. Las ramas crujían a lo lejos, y el canto apagado de un búho rompía, de tanto en tanto, el silencio.

Entonces, sin previo aviso, comenzó a llover.Primero fueron gotas dispersas, tímidas, que golpeaban el suelo como dedos inquietos. Pero pronto el cielo se abrió por completo, y una lluvia torrencial cayó sobre él, empapándolo en segundos.

Era una lluvia triste, salvaje, casi furiosa.Parecía que el cielo lloraba con él.

Henry se cubrió la cabeza con los brazos y echó a correr, buscando desesperadamente un refugio. El barro se pegaba a sus zapatos y el agua fría le calaba la ropa, la piel, los huesos. Cada respiración era una nube blanca en el aire helado.

En medio de la cortina de lluvia, distinguió algo: un camino de tierra que se abría entre los árboles, apenas visible bajo la luz plateada de la luna.No lo pensó dos veces. Se adentró por allí, tropezando entre raíces y charcos, con el corazón latiendo fuerte, guiado solo por la esperanza de encontrar un techo.

Y entonces la vio.

Una casa.Grande, vieja, casi escondida entre los árboles. Las paredes estaban cubiertas de musgo y las ventanas, empañadas y rotas en algunos bordes, dejaban escapar un débil reflejo del rayo que cruzó el cielo en ese instante. Parecía una casa olvidada por el tiempo, pero aún viva de alguna manera.

Henry dudó.La puerta estaba entreabierta, moviéndose con el viento, y el sonido del chirrido era casi un lamento.

Pero la lluvia no daba tregua.Sin pensarlo más, corrió hacia la entrada, empujó la puerta con ambas manos y entró.

El aire dentro era frío, denso, con olor a polvo y madera vieja.Las sombras cubrían cada rincón, y solo un débil hilo de luz lunar se colaba por una ventana rota. Henry avanzó despacio, sus pasos levantando pequeñas nubes de polvo. Todo estaba cubierto con sábanas blancas: muebles, cuadros, lámparas… como si el tiempo hubiera decidido dormir allí.

El silencio era tan profundo que podía escuchar el latido de su propio corazón.

Se detuvo en medio del vestíbulo y suspiró, observando aquel espacio abandonado que, de alguna forma, parecía querer protegerlo.—Al menos… aquí no llueve —murmuró, apenas audible.

Entró en la sala principal.Había un viejo sofá cubierto de manchas, una mesa con patas torcidas, y una ventana amplia que daba al bosque. La lluvia golpeaba los vidrios con fuerza, formando riachuelos que descendían lentamente. Henry se acercó y apoyó la frente contra el cristal frío.

Por un momento, se permitió respirar.El bosque, oscuro y vibrante bajo la lluvia, parecía hablarle sin palabras, como si lo comprendiera.

Se dejó caer en el sofá.El cansancio lo envolvía, mezclado con la tristeza y el sonido rítmico de la lluvia. Sus párpados comenzaron a pesarle, y por primera vez en horas, el mundo pareció detenerse.

Pero entonces, un sonido rompió el silencio.

Una voz.Suave, temblorosa.—¿Papá?... ¿Volviste?

Henry se enderezó de golpe.El corazón se le aceleró mientras miraba hacia la escalera que se alzaba al fondo del vestíbulo. Allí, en la penumbra, una pequeña figura descendía lentamente, sosteniendo una lámpara que parpadeaba como una luciérnaga.

Era una niña.

Su cabello oscuro caía sobre sus hombros, y sus ojos grandes, curiosos y un poco asustados, brillaban bajo la luz. El resplandor anaranjado de la lámpara bailaba en las paredes, dando vida al polvo y a las sombras.

Henry, sobresaltado, intentó esconderse detrás del sofá, pero ella ya lo había visto.

—¡Oye! —exclamó la niña, con voz temblorosa—. ¿Qué haces en mi casa?

Henry levantó las manos torpemente, intentando parecer inofensivo.—Ehh… lo siento, no quería asustarte. Es solo que… está lloviendo muy feo afuera.

Su voz sonó débil, casi ridícula, incluso para él mismo.

La niña lo observó durante unos segundos que parecieron eternos.Su mirada, que al principio fue de miedo, comenzó a suavizarse poco a poco.

—¿Tienes frío? —preguntó finalmente, inclinando la cabeza.

Henry asintió con timidez.—Un poco… sí.

Ella dio un paso hacia adelante. La luz de la lámpara iluminó mejor su rostro.Sonreía con dulzura.—Soy Misty —dijo, en un tono tan sencillo que por un momento Henry pensó haber oído mal.

El nombre lo hizo parpadear.¿Misty?Como su gaviota.

—Ven —continuó la niña, sin notar su sorpresa—. Te puedo llevar a mi habitación. Allí estarás más cómodo.

Henry dudó unos segundos, pero había algo en su voz —una mezcla de inocencia y calidez— que le dio confianza.La siguió, subiendo despacio los escalones que crujían bajo sus pies. La lámpara de Misty lanzaba destellos anaranjados que se reflejaban en las paredes, llenando el espacio de un brillo cálido, casi mágico.

La casa, pese a su aspecto abandonado, parecía despertar con cada paso que daban, como si la presencia de la niña la mantuviera viva.

Cuando llegaron al final de la escalera, Misty empujó una puerta y encendió una pequeña lámpara de mesa. La habitación se iluminó con una luz suave.

Era un espacio acogedor, decorado con juguetes antiguos, muñecas de porcelana y libros apilados. En una esquina había una ventana por la que la lluvia seguía golpeando, pero allí dentro todo se sentía seguro, tibio, casi fuera del tiempo.



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En el texto hay: amistad, fantasía drama

Editado: 23.01.2026

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