Memory Maker

Capitulo 7

Henry observó a Misty mientras ella avanzaba por la habitación con la lámpara en alto, como si sostuviera un pequeño sol doméstico entre las manos. La luz temblaba suavemente, proyectando sombras largas y amables sobre las paredes cubiertas, y por un instante todo pareció flotar: el polvo, el silencio, incluso el miedo.Sintió entonces una tibieza inesperada en el pecho al escuchar su nombre. Misty. Igual que su gaviota. Una coincidencia diminuta, casi ridícula… y sin embargo, tan reconfortante como encontrar una piedra conocida en medio de un río revuelto. Sonrió sin darse cuenta.

—Misty… —murmuró, probando el nombre como si fuera nuevo—. ¿Dónde está tu papá?

La niña se detuvo. Frunció el ceño apenas, como quien rebusca en un cajón de recuerdos bien ordenados.

—Papá se fue de viaje hace un tiempo —respondió finalmente—. Mi mamá salió a recoger flores.

Henry sintió cómo algo se le apretaba por dentro. Afuera, la lluvia golpeaba con insistencia los cristales, como dedos impacientes.

—¿Estará bien tu mamá con esta lluvia? —preguntó, sin poder ocultar la inquietud.

Misty asintió con una seguridad que parecía heredada.

—Claro. Ella es muy fuerte. Siempre regresa a casa.

Había en su voz una fe sencilla, casi antigua. Henry respiró un poco más tranquilo. Quizás el mundo no era tan frágil como parecía bajo la tormenta.

Entonces Misty ladeó la cabeza, divertida, y sus ojos brillaron con curiosidad.

—Ya. Ahora me toca preguntar a mí. Dime, niño… ¿cómo te llamas?

—Soy Henry —respondió, notando que su cuerpo se relajaba poco a poco.

—¿Y cuántos años tienes? —insistió ella, acercándose un poco más.

—Diez —dijo con cierto orgullo.

Misty soltó una risa suave, como un cascabel lejano.

—¡Yo tengo once! Soy mayor que tú, así que debes respetarme.

Henry rió también. La risa se mezcló con el sonido de la lluvia, y por un momento todo fue ligero, casi feliz. Sus ojos comenzaron a recorrer la habitación: estanterías cubiertas por telas, cajas apiladas, objetos dormidos bajo capas de polvo. Todo parecía estar esperando. Todo, excepto un peluche en forma de ave que descansaba limpio, como si fuera vigilado.

—¿Qué es eso? —preguntó, señalándolo.

—¡Ah! —exclamó Misty—. Es mi peluche favorito. Me lo hizo mi mamá. Ella misma.

Henry lo miró con atención. Había algo especial en ese objeto: no era perfecto, pero estaba lleno de cuidado.

—Es muy lindo —dijo, y al decirlo sintió una conexión más profunda, como si aquel peluche también guardara historias.

Misty sonrió. Afuera, la tormenta seguía, pero dentro de la habitación el tiempo parecía haberse detenido, doblado con cuidado para dejar espacio a ese pequeño encuentro.

La niña se dirigió entonces a un rincón y comenzó a mover cojines y mantas, arrastrándolos con determinación.

—Voy a hacerte una pequeña cama aquí —anunció.

Henry observó cómo organizaba todo con una concentración casi solemne, como si construir aquel refugio fuera una misión importante. En poco tiempo, los cojines formaron una isla blanda sobre el suelo frío.

—Listo —dijo Misty, satisfecha—. Aquí tienes.

—Gracias, Misty —respondió Henry, acomodándose—. Es muy amable de tu parte.

Mientras se recostaba, volvió a mirar alrededor.

—¿Por qué está todo tapado en tu casa?

Misty se sentó cerca y pensó un momento antes de hablar.

—Cuando llegue mi papá, mi mamá y yo nos mudaremos a Londres. Él fue a conseguir una casa allí. Por eso estamos empaquetando todo.

Henry asintió. Londres sonaba grande. Demasiado grande. Como un lugar que prometía maravillas y despedidas al mismo tiempo.

—¿Te gusta Londres? —preguntó.

—No lo sé —dijo ella encogiéndose de hombros—. Nunca he estado allí. Pero dicen que es grande y llena de cosas nuevas.

Henry sonrió, imaginando calles interminables y cielos distintos.

—¿Puedo quedarme aquí un rato más? —preguntó con timidez.

—Claro —respondió Misty—. Pero ya es tarde. Voy a apagar la linterna.

La luz se extinguió y la habitación quedó envuelta en una penumbra suave. La lluvia siguió marcando el ritmo del mundo exterior, como una canción para dormir.

Poco a poco, el cansancio venció. Con el corazón más ligero y una seguridad que no había sentido en mucho tiempo, Henry cerró los ojos.La tormenta continuó rugiendo afuera, pero dentro de aquella casa había algo más fuerte: un refugio pequeño, improvisado… y una amistad inesperada.



#1456 en Fantasía
#1965 en Otros
#162 en Aventura

En el texto hay: amistad, fantasía drama

Editado: 23.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.