Henry despertó de golpe, como si alguien hubiera llamado su nombre desde dentro de un sueño. Un pequeño toc, toc resonaba en la ventana, insistente pero amable. Parpadeó, todavía atrapado entre la noche y la mañana, y al girar la cabeza la vio: su gaviota, Misty. El ave picoteaba suavemente el cristal, inclinando la cabeza de un lado a otro, como si quisiera asegurarse de que él realmente estaba allí.
El sobresalto se transformó en alegría. Henry se levantó de un salto, con el corazón acelerado, feliz de reencontrarse con su compañera alada. Pero al volverse hacia la habitación, buscando a la otra Misty, la niña de la lámpara y las mantas, algo no encajó.La cama estaba perfectamente hecha. Demasiado ordenada para una noche compartida. Sobre la almohada reposaba una pequeña carta.
La tomó con cuidado, como si el papel pudiera deshacerse entre sus dedos, y leyó:
“Hola, Henry. Fui un rato al jardín de flores. Vuelvo pronto. —Misty.”
Sonrió. Una sonrisa tibia, mezclada con un leve nudo en el pecho. Había tristeza en la ausencia, sí, pero también una promesa clara: vuelvo pronto. Guardó la carta con cuidado y salió de la habitación.
La casa seguía igual que la noche anterior. Todo cubierto, todo en pausa. El polvo flotaba en el aire como si nadie lo hubiera perturbado en años, y Henry tuvo la extraña sensación de que el tiempo allí dentro avanzaba con pasos lentos, casi perezosos, mientras el mundo exterior corría sin mirar atrás.
Al bajar las escaleras, un viejo reloj de pared captó su atención. Sus manecillas marcaban una hora avanzada. Demasiado avanzada. Henry abrió los ojos con sorpresa. Había pasado mucho más tiempo del que creía.
—Tengo que irme… —murmuró para sí.
Con esa certeza, cruzó la casa y abrió la puerta principal. El aire fresco de la mañana lo recibió de inmediato. Frente a él se extendía un camino que conducía a un campo de flores, un mar quieto de colores suaves que parecía respirar con el viento. Era tan hermoso que le resultó imposible no quedarse mirando.
Entonces sintió un pequeño peso en la cabeza. Ligero. Familiar.Misty, su gaviota, había volado hasta él y se posaba ahora con elegancia, acomodando las alas como si ese fuera su sitio natural.
El ave lo miró fijamente, con esos ojos brillantes que parecían saber más de lo que decían. Henry entendió el gesto sin palabras y sonrió.
—Vamos —dijo, dando un paso al frente.
Pero se detuvo en seco.
El campo ya no estaba allí. En su lugar, un gran charco de agua se extendía como un espejo irregular, reflejando el cielo. La lluvia de la noche anterior había transformado el camino en un río improvisado.
—¡Oh no! —exclamó.
Sin pensarlo demasiado, se quitó los zapatos y se subió los pantalones hasta las rodillas. El agua estaba fría cuando entró, y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Avanzó despacio, con cuidado, sintiendo el barro hundirse bajo sus pies. Cada paso requería atención, equilibrio, paciencia.
El trayecto fue corto, pero pareció eterno. Cuando finalmente llegó al otro lado, soltó un resoplido de alivio y rió, satisfecho. Al girarse, el agua brillaba bajo el sol, tranquila, como si nada hubiera ocurrido.
Todo parecía posible otra vez.
Con Misty a su lado, Henry se internó en el campo de flores. Su corazón latía con fuerza, lleno de una esperanza inexplicable, como si el día guardara algo especial solo para él.
De pronto, recordó la hora.
Henry echó a correr en dirección a su escuela, el viento golpeándole el rostro, la adrenalina recorriéndole las piernas.
—¡Vamos, Misty! ¡Llegaremos tarde! —gritó, mirando hacia atrás.
La gaviota respondió extendiendo las alas y volando más rápido, deslizándose por el aire con una gracia que parecía natural al mundo. Henry rió al verla y siguió corriendo, sintiendo que aquella mañana no se parecía a ninguna otra.
Cuando por fin llegaron a la escuela, Henry se detuvo, jadeando. Sintió alivio… y también una pequeña tristeza. Misty dio un elegante giro en el aire, como una despedida silenciosa, y voló rumbo a la playa. Henry la siguió con la mirada hasta que se perdió en el cielo.
Entró al edificio y el ruido de los estudiantes lo envolvió de inmediato. Voces, risas, pasos apresurados. Caminó hacia su aula con la mente aún flotando entre flores, agua y alas blancas. Fue entonces cuando se dio cuenta: todavía llevaba puesto su disfraz de mago. La capa negra ondeaba detrás de él y el sombrero puntiagudo coronaba su cabeza.
Con un sobresalto, miró a su alrededor. No quería ser el centro de atención. Rápidamente, escondió la capa y el sombrero dentro de su mochila, cuidando que nadie lo viera. Solo entonces se sintió un poco más tranquilo y tomó asiento.
El maestro comenzó a hablar. Henry intentó concentrarse, pero una sonrisa persistía en su rostro. En su mente, Misty seguía volando sobre el campo de flores y la playa brillaba bajo el sol.
Sabía que, aunque estuviera allí, sentado en su pupitre, las aventuras no habían terminado. Solo estaban esperando el momento adecuado para volver a llamarlo.