Mientras Henry intentaba seguir la explicación del maestro, las palabras parecían resbalarle por la cabeza como gotas sobre un paraguas mal abierto. Sentía ese cosquilleo extraño, esa intuición infantil —pero certera— de que algo importante estaba a punto de suceder. No sabía qué, ni cómo, pero su corazón latía con una impaciencia silenciosa, como si esperara una señal.
Entonces escuchó su nombre.
—¡Hey, Henry!
Era Tomás, su mejor amigo, inclinado desde el otro lado del aula, con esa mezcla de curiosidad y picardía que siempre llevaba en la cara.
—¿Qué pasó anoche? —susurró—. Te vi salir corriendo como si te persiguiera un dragón.
Henry giró la cabeza y sonrió. Una sonrisa distinta, cargada de recuerdos recientes: la lluvia, la casa vieja, la lámpara temblorosa, la voz tranquila de Misty.
—Conseguí un refugio de la lluvia —respondió.
Tomás frunció el ceño, intrigado, como quien acaba de escuchar el inicio de una historia demasiado buena para ser cierta.
—¿Refugio? ¿En serio? ¿Dónde?
—En una casa vieja, cerca del campo —dijo Henry—. Pero no te preocupes, todo está bien.
Tomás lo observó con escepticismo, ladeando la cabeza.
—Como sea… tu hermano estaba muy preocupado. Te buscó por toda la casa y no te encontró.
Las palabras cayeron con peso. Henry sintió una punzada en el pecho. Su hermano. La imagen de su rostro inquieto se le apareció de golpe, como una sombra tardía.
—Lo siento… —murmuró—. No quería preocuparlo. Solo estaba explorando.
Tomás asintió despacio. Entendía. Siempre entendía.
—Está bien —dijo al final—. Pero la próxima vez avísame. Podría haber ido contigo.Sonrió.—Suena a que fue una gran aventura.
La clase continuó, pero Henry ya no estaba allí del todo. Su mente regresaba una y otra vez a la casa cubierta de polvo, al silencio que respiraba, a la promesa escrita en una pequeña carta. Tal vez mañana, pensó. Tal vez mañana volvería.
El timbre de salida sonó con un estrépito metálico, y casi al mismo tiempo, el cielo se desplomó. La lluvia cayó con fuerza, igual que la noche anterior, como si el mundo repitiera una escena esperando un desenlace distinto.
Henry salió corriendo de la escuela y miró alrededor por pura costumbre. Siempre lo hacía.Pero esta vez, Misty no estaba.
El aire se le volvió pesado. Sintió cómo algo se hundía lentamente en su pecho. Sin pensarlo más, echó a correr hacia su casa, esquivando charcos, con el corazón golpeándole las costillas.
Al llegar, encontró a su hermano en la sala, con el rostro tenso.
—Henry, ¡por fin llegas! Estaba muy preocupado.
Pero Henry apenas lo escuchó. Sus ojos buscaban. Siempre buscando.
Salió otra vez, recorrió el vecindario bajo la lluvia, llamándola en silencio. Fue entonces cuando se detuvo frente a la casa del anciano vecino. Aquel hombre solitario, mecánico de manos curtidas, antiguo amigo de su padre. Desde que su padre se había ido, nadie parecía haberse detenido allí.
Y, sin embargo, allí estaba.
El anciano sostenía algo entre los brazos.
—¿Misty? —exclamó Henry, corriendo hacia él.
—Cayó del cielo mientras llovía —explicó el hombre con voz grave—. Estaba muy asustada.
Las manos de Henry temblaron al tomarla. Su gaviota. Empapada. Débil. Sus alas colgaban sin fuerza, y el plumaje, antes brillante, parecía pesado como si cargara toda la tormenta.
No perdió tiempo. La llevó a su cuarto, cerró la puerta y la examinó con cuidado. No vio heridas, pero sí cansancio. Enfermedad. Vulnerabilidad.
—Voy a ayudarte, Misty —susurró.
Intentó darle agua. Ella no quiso.
Entonces lo entendió.
Henry miró su alcancía. Sin dudarlo, la levantó y la estrelló contra el suelo. El sonido seco se mezcló con el repiqueteo de la lluvia contra la ventana. Las monedas rodaron, brillando débilmente. Las recogió todas.
—Tenemos que ir al veterinario.
Salió de casa abrazando a Misty contra su pecho, protegiéndola del mundo como si pudiera detener la lluvia con solo quererlo. Corrió bajo el aguacero, con el corazón dividido entre el miedo y la esperanza.
Porque algunas amistades no se explican.Se cuidan.Se salvan.Aunque el cielo se caiga.