Henry llegó al veterinario completamente empapado, con el cabello pegado a la frente y la ropa chorreando agua. Aun así, no aflojaba el abrazo que sostenía a Misty contra su pecho, como si soltarla un segundo pudiera hacer que el mundo se desordenara otra vez.Al abrir la puerta, un olor limpio, casi medicinal, lo envolvió de inmediato. Desinfectante, jabón, algo tibio. El murmullo de otros animales llenaba el lugar: un ladrido apagado, el maullido distante de un gato, el zumbido constante de una lámpara.
La recepcionista levantó la vista y, al ver su expresión, se puso de pie de inmediato.
—¿Qué le pasa a la gaviota? —preguntó, con una preocupación que no necesitaba explicación.
—No lo sé… —respondió Henry—. Está muy cansada. No puede volar.
Su voz tembló apenas, como una hoja al borde del agua.
Lo condujeron rápidamente a una sala de examen. El veterinario apareció poco después: un hombre de bata blanca, mirada tranquila y manos grandes que se movían con cuidado, como si ya supieran que la fragilidad era algo sagrado.
—Hola, pequeño —dijo con una sonrisa suave—. ¿Qué tenemos aquí?
Henry le contó todo. La lluvia, el anciano, la caída del cielo. Cada palabra salía atropellada, como si temiera que el tiempo se acabara antes de terminar la historia. El veterinario escuchó sin interrumpir, asintiendo despacio mientras examinaba a Misty: le observó los ojos, palpó con delicadeza sus alas, acomodó su plumaje empapado.
El silencio se hizo largo. Demasiado largo.
Entonces, el veterinario sonrió.
—No parece nada grave —dijo al fin—. Solo está agotada y asustada. La lluvia y el estrés pueden pesar mucho más de lo que imaginamos.
Henry sintió que algo se desataba dentro de él, como si hubiera estado conteniendo el aire desde que salió corriendo bajo la tormenta.
—¿Está bien? —preguntó—. ¿De verdad… no le pasará nada?
—Necesita descanso. Tranquilidad —respondió el hombre—. A veces, eso es la mejor medicina.
Acarició suavemente a Misty antes de llevarla a una pequeña habitación. Henry lo observó alejarse, con el corazón dividido entre la gratitud y el miedo.Esperó.Y mientras esperaba, recordó.
Recordó a Misty volando bajo el sol, su sombra deslizándose sobre la arena, la forma en que parecía reír cuando el viento la levantaba más alto. Pensó que el mundo sin ella sería un lugar silencioso, incompleto, como una playa sin mar.
Cuando el veterinario regresó, traía buenas noticias.
—Puedes llevarla a casa —dijo—. Solo cuídala, déjala descansar. En unos días estará como nueva.
Henry asintió con fuerza.
—Gracias… —murmuró, tomando a Misty con cuidado—. Vamos a estar bien, ¿sí?
Afuera, la lluvia seguía cayendo, pero ya no parecía tan pesada. Misty se acurrucó contra él y Henry sintió que algo invisible, pero firme, los unía aún más.
A la mañana siguiente, Henry despertó con un silencio distinto. Misty dormía profundamente sobre su cama, respirando con calma. Se acercó despacio y abrió la puerta de la terraza, dejando que el aire fresco y la luz suave entraran. El sol se filtraba entre las nubes, como si el cielo también se estuviera recuperando.
Era el día del festival de la escuela.
Con un último vistazo a su amiga alada, Henry se preparó y salió. El festival estaba lleno de música, colores y risas. Globos flotaban como pequeños planetas y el aire olía a dulces y hierba fresca. Allí estaba Tomás, aferrado a su acordeón, feliz.
—¡Henry! —exclamó—. ¡Aquí tienes!
Le entregó el disfraz olvidado. Henry se lo colocó, sonriendo… hasta que un pensamiento lo atravesó como un relámpago.Misty. La otra Misty. La de la casa silenciosa.
—Oye, Tomás —dijo—. ¿Sigues tocando el acordeón?
—Claro —respondió—. ¿Por qué?
Henry miró el festival. Y luego sonrió.
—Vamos a llevarlo a su jardín.
La idea prendió como fuego. Robaron globos, serpentinas, flores. Tomás tocaba mientras Henry llenaba su mochila. Corrieron por el camino riendo, sin sentir el cansancio.
La casa los recibió en silencio, con una sola habitación iluminada. El jardín, en cambio, estaba vivo. Flores cuidadas, algunas marchitas, una mesa con un sombrero y una cesta llena de colores.
—Es perfecto —susurró Henry.
Decoraron. Rieron. Llenaron el espacio de música.
Y mientras colgaba el último globo, Henry pensó que, a veces, la magia no consiste en ir a un festival…sino en llevarlo hasta quien no puede salir.