Memory Maker

Capitulo 11

El jardín brillaba como si acabara de despertar de un sueño que llevaba siglos soñando. Cada pétalo temblaba suavemente bajo la caricia del viento, y los globos, atados a los postes del portón, se mecían con una dulzura que parecía tener memoria. Las serpentinas, enredadas entre las flores, dormían como serpientes de colores satisfechas tras una larga danza. Sobre todo, la luz de la tarde —esa luz tibia, dorada, tan frágil que parecía derretirse al tocar el aire— caía en pequeños destellos, como si alguien hubiera derramado un puñado de polvo de estrellas sin pedir permiso.

Henry y Tomás se detuvieron frente a la ventana de la casa de Misty. El aire estaba quieto, expectante, lleno de ese silencio que solo ocurre justo antes de que empiece algo importante. Era el tipo de silencio que parece sostener la respiración del mundo.

—¿Estás listo? —susurró Tomás, acomodándose el acordeón contra el pecho.

Henry asintió. No dijo nada, porque su corazón ya hablaba por él. Golpeaba con una fuerza que parecía querer abrirle el pecho, como si supiera que ese instante —esa tarde dorada, ese jardín despierto, esa promesa— no volvería jamás de la misma forma.

Entonces, Tomás comenzó a tocar.

La melodía salió tímida al principio, casi como si tuviera miedo de interrumpir el sueño de las flores. Pero pronto se alzó con suavidad, expandiéndose entre los tallos, trepando las enredaderas, llenando el aire de un brillo invisible. Las notas flotaban, ligeras, juguetonas; se colaban por los huecos de la verja, subían por las paredes y rozaban la ventana con delicadeza, como si golpearan desde dentro de un sueño, pidiendo permiso para entrar.

La música no solo se escuchaba: se sentía. Vibraba en la piel, se colaba en los huesos, hacía que hasta los insectos parecieran respirar al compás.

Y entonces, la ventana se abrió.

Misty apareció entre las cortinas, con el cabello revuelto y los ojos muy abiertos, como si acabara de despertar en medio de un sueño que no recordaba haber empezado.

—¡Wow! ¡Volviste, Mago Henry! —exclamó, y su risa, pura y luminosa, cayó sobre el jardín como una campanita cristalina.

Henry sintió cómo algo cálido le subía desde el pecho hasta la garganta, un fuego pequeño, amable.

—¡Y traje el festival contigo! —respondió, haciendo una reverencia exagerada, como si realmente fuera un mago venido de otro mundo.

Misty se llevó una mano a la boca, incrédula, y sus ojos brillaron con un asombro que parecía infantil y eterno a la vez.

—¡Enseguida bajo!

Henry y Tomás se miraron, conteniendo la risa. El acordeón siguió cantando, y el jardín entero pareció moverse al ritmo de la melodía. Las flores inclinaban sus cabezas, los globos giraban lentamente, y hasta el aire tenía la textura de una canción viva.

Poco después, Misty apareció bajando las escaleras. Su vestido ondeaba con el movimiento, ligero como una nube que decide quedarse un rato más antes de llover. Cada paso era más leve que el anterior, como si la gravedad se hubiera tomado un descanso solo para verla bajar.

Miró alrededor, y sus ojos —esos ojos que sabían mirar el mundo como si siempre fuera nuevo— se llenaron de luz.

—Esto… esto es increíble.

—Queríamos que pudieras disfrutar del festival —dijo Henry—, aunque no pudieras salir de casa.

Por un momento, nadie habló. Solo la música respiraba.Misty sonrió. No una sonrisa grande o exagerada, sino una de esas pequeñas sonrisas que guardan dentro un universo entero.

—Gracias. De verdad.

Tomás siguió tocando, y el tiempo se volvió blando, elástico, casi irreal. Rieron, hablaron, se sentaron entre las flores. El festival —que en teoría debía estar en la escuela— había decidido mudarse allí, obediente y alegre, como si siempre hubiera pertenecido a ese jardín.

—Misty —dijo Henry—, él es Tomás. Me ayudó con todo.

—Un placer —dijo Tomás, inclinándose con teatralidad—. Espero que estés lista para divertirte.

Y añadió, con una chispa traviesa en la mirada:

—Aunque… ¿no crees que faltan invitados?

Misty ladeó la cabeza, pensativa, y entonces una luz juguetona encendió sus ojos.

—Síganme.

Los condujo hacia su habitación. Al abrir la puerta, una nube de polvo se levantó, girando lentamente en el aire como un espíritu que acababa de despertar después de mucho tiempo. En la esquina, un viejo armario esperaba en silencio, con el mismo aire solemne de los objetos que guardan secretos.

Misty lo abrió con cuidado. Dentro, una legión de peluches los observaba: animales de todas las formas y tamaños, con ropas absurdas, desgastadas, pero llenas de historia.

—Perdón que estén tan sucios —dijo riendo—. Creo que los había olvidado… pero ya los extrañaba.

Henry y Tomás comenzaron a sacarlos uno a uno, con el respeto de quien manipula recuerdos vivos. Justo cuando Henry tomó uno al azar, Misty lo detuvo con suavidad.

—No. Tú llevarás este.

Le entregó una gaviota de peluche, cosida a mano, con un pequeño chaleco bordado con cuidado y una cinta azul en el ala.

—Es preciosa —dijo Henry—. Gracias.

No importaba el polvo. Lo que pesaba era el cariño que esa pequeña ave parecía guardar en sus costuras.

Se sentaron en círculo, rodeados de peluches y luz. Tomás volvió a tocar, y Misty, después de buscar entre viejas cajas, apareció con una flauta olvidada. Las notas que salieron eran torpes, algo desafinadas, pero estaban vivas, llenas de alegría.

—¿Y si jugamos a algo? —propuso Henry.

Las ideas brotaron como chispas en la oscuridad. Hasta que Misty, con un brillo cómplice, dijo:

—¿Y si hacemos una obra de teatro?

Eligieron personajes: un oso vaquero, un gato detective, un conejo princesa y la gaviota aventurera. Improvisaron una historia de tesoros escondidos y bosques encantados. Rieron hasta dolerles el estómago, hasta que las lágrimas se mezclaron con la luz.El sol entraba por la ventana, y la habitación —con sus peluches y su polvo dorado flotando— parecía un lugar fuera del mundo, un pequeño universo suspendido en una tarde que no quería terminar.



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En el texto hay: amistad, fantasía drama

Editado: 23.01.2026

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