Memory Maker

Capitulo 12

El camino de regreso a casa se sentía más largo de lo habitual. Henry avanzaba sin prisa, con la mirada fija en los charcos que reflejaban un cielo cansado. Cada paso era un eco de la despedida con Misty. En su pecho aún latía el recuerdo del jardín, de las risas, de la música que parecía tener alma. Pero ahora todo se sentía distinto. La tarde, antes dorada, se había convertido en una bruma gris que lo envolvía por completo.

Cuando por fin cruzó la puerta de su casa, el aire del interior le pareció demasiado quieto, como si el tiempo allí hubiera olvidado moverse. Subió las escaleras casi corriendo, con el corazón apretado, como si necesitara encontrar algo que le recordara que aún existía un poco de magia.Abrió la puerta de su habitación sin pensar, y entonces se detuvo.

Ante él se desplegó una escena tan frágil y extraña que por un instante sintió que el mundo entero contenía la respiración.

Misty —su pequeña gaviota— estaba en la terraza. Las alas extendidas, el cuerpo temblando de esfuerzo, el viento jugando con sus plumas desordenadas. Aleteaba con todas sus fuerzas, intentando alcanzar el cielo, pero cada intento terminaba igual: el aire la rechazaba suavemente, como si el cielo aún no estuviera listo para recibirla.

Una y otra vez lo intentó.Y al final, exhausta, bajó las alas. Su cabecita se inclinó hacia adelante, y una lágrima, diminuta pero brillante, resbaló por su rostro plumoso, perdiéndose entre las plumas blancas.

Henry sintió cómo algo dentro de él se rompía en silencio.

—Oh, no… —susurró, con la voz temblorosa, sintiendo que el nudo en su garganta se apretaba más con cada palabra.

Sin pensarlo, corrió hacia ella. El sonido de la lluvia, todavía cayendo a lo lejos, se mezcló con el golpeteo de sus pasos. Cuando llegó, la rodeó con los brazos, la envolvió con una calidez temblorosa, casi como si quisiera protegerla del mundo entero.

—No te preocupes, Misty… no te voy a dejar sola —dijo entre suspiros, su voz quebrándose—. Siempre estaré aquí contigo.

Misty, débil, apoyó su cabecita contra el pecho de Henry. Él sintió el leve temblor de su respiración, tan delicada que parecía que el viento pudiera llevársela.

Con cuidado, la llevó hasta su cama. Allí, entre las sábanas que aún guardaban el aroma del sol, la acomodó con ternura. La cubrió con una manta suave y se sentó a su lado, observando cómo sus ojitos se cerraban poco a poco.

Henry sabía que no podía quedarse quieto. Algo dentro de él —una urgencia, una esperanza— le decía que debía hacer algo, lo que fuera.Saltó de la cama y fue directo a su escritorio. Tomó su vieja alcancía, esa con forma de cofre del tesoro, y la abrió con manos temblorosas.El tintinear de las monedas llenó la habitación, rompiendo el silencio. Las contó una por una, con la respiración contenida, como si cada número fuera un latido.

Pero cuando terminó, la realidad cayó sobre él como una sombra.No era suficiente.

La frustración lo invadió. El miedo le subió por el pecho, tan rápido que no tuvo tiempo de contenerlo. Las lágrimas le nublaron los ojos.

—¡No! —gritó, abrazando a Misty con desesperación—. ¡Perdón!

Su voz se quebró.

—Seguramente fue mi culpa… —susurró, entre sollozos—. Fui muy distante estos días. Es que me siento tan mal desde aquel día...

El peso de sus palabras lo dobló. La habitación parecía encogerse con cada respiración.

—Tú siempre me ayudaste en todo momento… —continuó, con la voz apenas audible—. Y no quiero verte así, sin fuerzas, cada vez más débil. Seguro fue algo que te di de comer... Es mi culpa.

Sus manos acariciaban las plumas de Misty con una ternura infinita. Afuera, el viento seguía soplando, moviendo las cortinas como si quisiera consolarlo. El mundo parecía llorar con él.

Henry se recostó junto a ella, aún abrazándola, sintiendo cómo el cansancio le pesaba en los párpados. El dolor seguía allí, ardiente, pero entre la tristeza se colaba un hilo de esperanza, tenue pero constante.

Cerró los ojos, y poco a poco el sueño lo envolvió.

En su mente, el cuarto se disolvió. Ya no había cama, ni llanto, ni miedo.Solo un cielo inmenso. Azul, limpio, brillante.Y Misty volando libre, con las alas extendidas, ascendiendo entre las nubes con la ligereza de una pluma danzando al sol.

Volaba alto, tan alto que el viento la hacía brillar. Henry, desde abajo, la observaba y sonreía. Sentía que su corazón también volaba con ella.

Era un deseo.Una promesa.Un anhelo que ardía en su interior, tan fuerte que incluso el sueño no pudo apagarlo.

Y mientras dormía, con la gaviota entre sus brazos, Henry soñó que todo estaría bien.Que el amanecer siguiente traería consigo una nueva oportunidad para volar.



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En el texto hay: amistad, fantasía drama

Editado: 23.01.2026

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