Memory Maker

Capitulo 13

El amanecer llegó suave, como si el sol no quisiera perturbar el silencio que dormía en la casa.Los primeros rayos se filtraron entre las cortinas de la habitación de Henry, dibujando líneas doradas sobre el suelo.El muchacho abrió los ojos con una sensación distinta en el pecho. Ya no era tristeza, exactamente; era determinación.Una chispa de propósito que ardía bajo el peso de su preocupación.

Misty seguía dormida sobre la cama, respirando con dificultad, su pecho subiendo y bajando como una pequeña ola cansada. Henry la observó un momento y, con un gesto decidido, se incorporó. Sabía que no podía quedarse de brazos cruzados. Algo tenía que hacer.

Recordó, de pronto, un detalle del pasado: su padre hablaba a veces de un viejo amigo del vecindario, un anciano sabio, conocido por su amor por los animales y sus conocimientos extraños sobre plantas y curas naturales. Don Manuel, lo llamaban.

Sin perder más tiempo, Henry se vistió apresuradamente. Se calzó los zapatos sin atarlos del todo, y antes de salir, miró a Misty con ternura.

—Volveré pronto —susurró—. Te lo prometo.

El aire de la mañana era fresco y olía a tierra húmeda. El cielo, aún teñido de violeta y azul, tenía ese brillo de los días en los que todo parece posible. Henry caminó deprisa, casi corriendo, con el corazón acelerado. Su respiración se mezclaba con el canto de los pájaros y el crujido del suelo bajo sus pies.

Al llegar a la casa del anciano, se detuvo un instante frente a la puerta. Era una construcción vieja, con muros cubiertos de enredaderas y ventanales de madera que reflejaban el amanecer. Del interior salía un aroma peculiar, mezcla de hierbas, té recién hecho y algo dulce.Henry golpeó la puerta con suavidad.

Pasaron unos segundos antes de que se abriera.El anciano apareció en el umbral con una sonrisa tranquila, de esas que hacen sentir que todo va a estar bien. Su rostro estaba surcado de arrugas que parecían caminos, y sus ojos tenían el brillo de quien ha aprendido a escuchar más que a hablar.

—Henry, ¿verdad? —dijo, con una voz cálida que sonaba a recuerdo—. Pasa, por favor.

Henry asintió, nervioso, y entró.

El interior era un refugio del tiempo: estantes repletos de frascos de colores, libros abiertos, plantas colgando de las vigas, relojes que marcaban horas distintas. El aire estaba impregnado de hierbas, canela y madera vieja.El ambiente lo envolvió con una calma que le recordó la casa de su abuela.

—Gracias, señor... —murmuró Henry, sin saber muy bien cómo comportarse.

—Me llamo Don Manuel —respondió el anciano con amabilidad, guiándolo hacia una pequeña sala de trabajo donde la luz caía en haces dorados—. ¿Qué te trae por aquí tan temprano?

Henry respiró hondo, intentando ordenar las palabras.—Don Manuel… necesito su ayuda. Mi gaviota, Misty, está muy enferma. No puede volar. Apenas se mueve… —su voz tembló—. ¿Podría ayudarme a encontrar una cura?

Don Manuel frunció el ceño, atento. Había en su mirada una comprensión silenciosa, la de quien ha visto muchos adioses. Sin dudarlo, tomó su teléfono.

—Por supuesto, Henry —dijo con serenidad—. Vamos a ver qué podemos hacer.

Se sentaron juntos frente a una vieja mesa de madera. Durante horas buscaron información, navegando por páginas, anotando remedios, observando fotografías de aves. La luz del sol iba cambiando, moviéndose lentamente por el suelo como si marcara el paso del tiempo.Henry observaba cada gesto del anciano: la manera en que entrecerraba los ojos para leer, cómo murmuraba frases para sí mismo, la paciencia con la que revisaba cada posible solución.

Don Manuel le mostró artículos sobre vitaminas, minerales y tratamientos naturales. Juntos hicieron una lista larga, cubierta de anotaciones y garabatos.

—La naturaleza a veces necesita un poco de ayuda —dijo el anciano mientras servía té—, pero recuerda, muchacho, que curar también es acompañar. No te preocupes, haremos todo lo que esté a nuestro alcance.

Henry asintió, sintiendo que el peso en su pecho se aligeraba un poco. La presencia del anciano lo hacía sentirse seguro, como si hubiese encontrado a alguien capaz de comprender lo que ni siquiera podía decir en voz alta.

—Gracias, Don Manuel —dijo con gratitud—. No sé qué haría sin su ayuda.

—Ayudar a quien ama a un animal nunca es un esfuerzo —respondió el anciano con una sonrisa—. Ahora, vayamos a buscar lo que necesitamos antes de que el día avance.

Juntos salieron, cruzando el vecindario que despertaba lentamente. Las hojas caían como destellos amarillos y el aire olía a pan recién hecho. Pasaron la mañana recorriendo tiendas, hablando con vendedores, revisando etiquetas. Henry llevaba la lista apretada entre los dedos, como si en ella estuviera escrita la esperanza.

Unas horas después, con una bolsa de medicamentos y frascos en las manos, Henry regresó a la casa del anciano. El corazón le latía con fuerza. Misty no salía de su mente.

Don Manuel lo esperaba en su taller, revisando unas herramientas con paciencia. La luz de la tarde entraba oblicua por las ventanas, tiñendo todo de un color ámbar melancólico.

—Don Manuel —dijo Henry, apenas conteniendo la ansiedad—, ¿ha encontrado la cura?

El anciano levantó la mirada. Durante un instante, sus ojos parecieron reflejar el brillo apagado del sol. Dejó las herramientas sobre la mesa con un leve suspiro.

—Henry… —comenzó, con voz suave pero firme—. Ya sé lo que le pasa a tu gaviota.

El corazón del muchacho dio un vuelco.

—¿Qué sucede? ¿Está enferma? —preguntó, sintiendo que la esperanza se tambaleaba.

Don Manuel lo miró con profunda compasión.—No está enferma, Henry. Misty está envejeciendo. Tiene muchos años, y simplemente está cansada. A veces, lo mejor que podemos hacer es dejar que nuestros amigos se vayan en paz.

Las palabras cayeron lentas, pesadas, como hojas en un estanque.Henry se quedó inmóvil, y el silencio lo cubrió todo.



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En el texto hay: amistad, fantasía drama

Editado: 23.01.2026

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