Desde la mañana siguiente, Henry comenzó a visitar a Don Manuel todos los días. El sol apenas asomaba entre las ramas del viejo naranjo cuando él cruzaba la plaza con su cuaderno, una pequeña grabadora y aquella mezcla de tristeza y esperanza que llevaba en el pecho. La despedida de Misty se acercaba, pero dentro de su corazón crecía también el deseo de crear algo que mantuviera vivo su recuerdo, algo que pudiera cantar con su misma voz cuando el viento soplara desde el mar.
En el taller de Don Manuel, el aire olía a madera recién cortada y a aceite de máquina. Las herramientas dormían sobre la mesa, y en cada rincón había fragmentos de sueños a medio construir. Henry colocó sobre el banco sus grabaciones: los trinos de Misty al amanecer, el aleteo suave de sus alas y hasta los murmullos de sus conversaciones junto al balcón. Don Manuel, con su paciencia infinita, lo escuchó en silencio y sonrió con los ojos llenos de comprensión.
Juntos comenzaron a trabajar. Durante horas, el taller se llenó de sonidos: el golpeteo del martillo, el roce de las lijas, el crujir de la madera al ser cortada. Henry observaba cómo Don Manuel daba forma al cuerpo de la maqueta, mientras él mismo pintaba con delicadeza los colores de las plumas, tratando de capturar la luz exacta del plumaje de Misty al atardecer. Aunque sabía que aquella pequeña máquina nunca podría volar, imaginaba que dentro de ella dormiría algo del espíritu libre de su amiga.
Con el paso de los días, la creación comenzó a parecer un milagro. El pico se movía, las alas se agitaban con suavidad, y un leve chirrido imitaba los sonidos que Misty solía hacer. Henry sentía que cada tornillo, cada pincelada y cada sonido eran una promesa: la promesa de no olvidar.
El taller se convirtió en un refugio de luz dorada. Afuera, el verano se alargaba, y los días olían a sal y a viento. Don Manuel, con la sabiduría de los años, guiaba las manos de Henry con ternura. No hablaban mucho, pero entre ambos existía un silencio lleno de significado, como si las palabras pudieran romper algo frágil y sagrado.
Finalmente, después de semanas de trabajo, la maqueta estuvo terminada. Era una pequeña obra de arte: la gaviota mecánica de madera parecía respirar, y sus ojos de cristal reflejaban el cielo. Henry la tomó con cuidado y la llevó hasta su balcón, ese rincón donde Misty solía posarse para saludar al amanecer.
Se sentó en su vieja silla y, mirando el horizonte teñido de rosa, susurró:—Aquí es donde siempre has estado, Misty. Cada noche encenderé esta máquina para recordarte.
Esa noche, el aire estaba quieto y el mar parecía dormido. Henry encendió la pequeña gaviota, y el sonido de Misty volvió a llenar el aire. El balcón se iluminó con una tenue luz dorada, y por un instante, el muchacho sintió que el tiempo se detenía. Cerró los ojos, dejando que los trinos y aleteos mecánicos lo envolvieran.
—Siempre estarás conmigo —dijo en voz baja, mientras las lágrimas caían despacio, como gotas de lluvia en el mar.
La máquina movía su pico y sus alas con una suavidad casi real. En el parpadeo de sus movimientos, Henry creyó ver a Misty danzando entre las estrellas.
Desde entonces, cada noche se convirtió en un pequeño ritual. Henry salía al balcón, encendía la gaviota y dejaba que los sonidos llenaran el silencio. Era su manera de mantener viva la memoria de su amiga, de abrazar los recuerdos sin que dolieran tanto. Y aunque comprendía que Misty algún día volaría más allá del horizonte, también sabía que una parte de ella permanecería allí, en su corazón y en el suave eco de aquella máquina que cantaba con voz de mar y viento.