Memory Maker

Capitulo 15

El amanecer parecía más pálido aquel día. Una neblina ligera cubría el horizonte, y el mar respiraba en silencio, como si también presintiera que algo estaba por terminar.Henry observaba a Misty en el balcón, notando que cada movimiento le costaba un poco más. Su canto se había vuelto más suave, como un susurro del viento que apenas podía sostenerse.Entonces lo comprendió. Había llegado el momento de tomar una decisión que le pesaba más que cualquier piedra en el corazón.

Con pasos lentos, la tomó entre sus manos. Su pequeño cuerpo temblaba, y sus ojos, aunque cansados, aún brillaban con la misma ternura de siempre. Henry respiró hondo, sabiendo lo que debía hacer. Quería que Misty descansara, que su dolor desapareciera y que pudiera volar libre, aunque fuera más allá del cielo.

Antes de ir a la veterinaria, decidió dejarla al cuidado de su hermano. No quería que estuviera sola mientras él hacía los preparativos.La colocó suavemente sobre una manta, le acarició las plumas y, con una última mirada, salió al camino.

El sendero hacia la casa de su amiga Misty —la humana— estaba cubierto de hojas secas que crujían bajo sus zapatos. Cada paso resonaba con un recuerdo: risas, tardes de juegos, canciones inventadas frente al mar. El aire olía a tierra y a despedida.

Cuando llegó, la vio esperándolo en el patio. La luz del sol caía sobre ella, iluminando su vestido claro y el sombrero que llevaba con una gracia tranquila. Por un instante, Henry se detuvo, sorprendido por lo radiante que se veía.

—¿Qué tal, mago Henry? —dijo Misty, sonriendo con ese tono entre broma y ternura que solo ella sabía usar.

Henry trató de responder con una sonrisa, pero su corazón se sentía demasiado pesado.—¿Qué pasó? ¿Por qué estás tan arreglada? —preguntó, intentando esconder la preocupación en su voz.

La sonrisa de Misty se desvaneció poco a poco.—Henry… tengo que contarte algo. Pronto me mudaré.

Las palabras cayeron sobre él como una lluvia fría. Por un segundo, el mundo pareció detenerse.—¿No… no tú también? —murmuró, sintiendo cómo la garganta se le cerraba.

Ella lo miró, y en ese silencio compartido se mezclaron la tristeza y la comprensión. Luego dio un paso hacia él y lo abrazó con suavidad, como si quisiera calmar el temblor de su corazón.—No llores, amigo. Gracias a ti siento que soy libre otra vez. Antes estaba muy atrapada, ¿sabes? Pero ahora… ahora puedo irme en paz. Y no olvides que siempre seremos amigos. Siempre estaré contigo.

Henry asintió, sin poder hablar. Misty tomó su peluche de gaviota y se lo entregó.—Para que no me olvides —dijo con una sonrisa triste—. Quizás nos veamos algún otro día.

Desde la puerta de la casa, una voz de mujer interrumpió el momento.—¡Vamos, Misty! ¡Ya es hora de partir!

Ella se giró, y antes de correr hacia su familia, volvió a mirar a Henry. Le guiñó un ojo con esa mezcla de picardía y melancolía que lo acompañaría para siempre.—Nos vemos, mago Henry.

Cuando se alejó, el viento pareció llevarse algo más que sus pasos. Henry se quedó quieto en medio del camino, mirando cómo la figura de su amiga se hacía pequeña entre los árboles. Sabía que las despedidas eran parte de la vida, pero eso no hacía que dolieran menos.Y mientras el silencio lo envolvía, comprendió que había perdido a las dos Misty: la del aire y la del corazón.

Con el alma encogida, volvió sobre sus pasos y se dirigió a la veterinaria. Cada paso era una punzada, un eco del adiós que aún resonaba.Pensaba en su gaviota: su canto, sus travesuras, la forma en que siempre lo acompañaba en los días nublados. Y aunque el miedo lo asfixiaba, sabía que lo hacía por amor.

La clínica era pequeña, de paredes claras y aroma a lavanda. Había un silencio amable allí, casi como si el tiempo también respetara el dolor.Una veterinaria de rostro sereno lo recibió con una sonrisa comprensiva.

—Hola, ¿en qué puedo ayudarte?

Henry sostuvo la jaula entre sus brazos, y su voz tembló al responder:—Vine a traer a mi gaviota, Misty… Creo que necesita descansar.

La veterinaria asintió con dulzura. Lo condujo a una sala tranquila, donde colocaron a Misty sobre una manta suave. La luz que entraba por la ventana acariciaba sus plumas como si el sol quisiera despedirse también.Henry se agachó junto a ella, y con manos temblorosas acarició su cabeza.

—Hola, Misty —susurró—. Estoy aquí contigo.

La gaviota lo miró con calma, como si comprendiera que ese era su último vuelo. En esos ojos diminutos, Henry vio reflejado todo lo que habían vivido: los cielos abiertos, los juegos en la arena, las tardes de risas y viento.

La veterinaria, con voz serena, le dijo:—A veces, lo mejor que podemos hacer por los que amamos es dejar que descansen. Ellos nos dan todo su cariño, y cuando llega el momento, devolverles la paz también es un acto de amor.

Henry asintió con dificultad.—No quiero que sufra. Solo quiero que esté en paz.

Ella le ofreció un pañuelo y lo dejó unos minutos a solas. Henry se inclinó, apoyó la frente contra la jaula y habló con voz entrecortada:—Gracias por ser mi amiga, Misty. Gracias por enseñarme a mirar el cielo.

El aire se llenó de un silencio cálido. Afuera, una brisa ligera agitó las hojas de los árboles, como si el mundo entero respirara junto a ellos.

Cuando la veterinaria regresó, le explicó con ternura que estaba lista para ayudarla a descansar. Henry la miró por última vez, grabando en su mente cada detalle: la curva de sus alas, el brillo de sus plumas, la serenidad en su mirada.

—Te quiero, Misty —susurró—. Siempre te recordaré.

Y mientras el sol comenzaba a ocultarse, Henry comprendió algo profundo:que el amor verdadero no solo vive en la presencia, sino también en la despedida.Que dejar ir es, a veces, la forma más pura de amar.Y que Misty, su gaviota del alma, seguiría volando para siempre en los cielos de su corazón.



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En el texto hay: amistad, fantasía drama

Editado: 23.01.2026

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