Una mañana muy aturdida, con muchas personas caminando por todos lados, era el ambiente laboral que esperaba si aceptaban mi fabulosa experiencia. Pensé que era tarde, pero me di cuenta de que llegué en segundo lugar a entregar mis documentos. Con mucha amabilidad saludé al joven que estaba delante de mí; al parecer, estaba muy nervioso…
—¿Cómo estás? —fueron mis primeras palabras. Me observó y dijo:
- ¡Señor, buenos días! Me encuentro muy bien, aunque un poco nervioso…
- Es natural… —Contesté mientras tomaba asiento. —¿Cómo te llamas? —pregunté.
Y con una voz temblorosa contestó:
- Mi nombre es Marco y usted, señor, ¿cuál es su nombre?
Con una sonrisa en el rostro, contesté:
- Alan
- ¡Mucho gusto, señor!
- Eres muy joven, te graduaste hace poco, ¿verdad…? Comenté, pero él solo asintió con la cabeza, por lo que lo tomé como una afirmación.
La oficina no mejoraba su ambiente; al contrario, se puso más y más caótico: se movían muchas personas, gritos, bulla y el sonido de un reloj que hacía que me preocupara un poco, lo que me empezaba a asustar. Yo era muy amante de la tranquilidad; odiaba por completo el ruido, no me agradaban los ambientes en los cuales toca correr y correr. Sin embargo, crucé mi mirada y vi que Marco estaba muy inquieto; movía su pierna con bastante brusquedad. Me pareció que quería renunciar antes de presentarse a la entrevista de trabajo.
Todo empeoró al notar que a mi lado se sentaba una señorita muy elegante. Pude notar que estaba muy preparada intelectualmente y mi primer pensamiento fue…
¡Ya somos tres y el puesto de trabajo es solo para una persona, no tengo trabajo y lo necesito!
Traté de tranquilizarme y calmarme. Al principio no detallé a la persona que estaba a mi lado, pero regresé la mirada y tenía un rostro familiar; me daba la impresión de que la había visto antes.
- Hola, le dije: ¿Cómo estás?
Y ella me contestó…
- ¡Hola, Alan, ¿cómo estás? No esperaba encontrarte aquí...
Me quedé pensativo, mi mente quedó en cero, mis manos comenzaban a temblar, balbuceé un poco y lo único que respondí fue... Bien… Por suerte, nuestra conversación se estancó al momento en que desde una oficina nombraron a Marco; él solo se levantó y con una mirada muy nerviosa me dijo:
- Deséame suerte…
Te va a ir bien —contesté, mientras trataba de recordar a la señorita que ponía mi mundo a temblar. Bastaron unos cuantos segundos y mi mente lo recordó; era Jennifer, una excompañera de estudios secundarios que no veía desde la graduación. Ella fue una gran amiga que tuve en esa época; seguía igual de bella como la última vez que la vi. Con una sonrisa radiante y sentimientos encontrados, le dije:
- ¿También quieres el trabajo o ya trabajas aquí?
Y ella contestó...
- Sí, de hecho, lo necesito, ahora más que nunca.
Pero con desesperanza le contesté.
- Tengo entendido que solo necesitan a una persona.
Y lo que ella me contestó luego fue un alivio de una carga muy pesada que tenía en la espalda.
- Tengo entendido que necesitaban tres personas para completar una lista docente.
Me quedé muy sorprendido, no tenía ninguna información de lo que me acaba de decir, entonces contesté.
- Trabajaremos juntos.
Su rostro se sonrojó y me dijo con una sonrisa muy resplandeciente:
- Eso sería genial.
Una mirada directa y conecté con ella; no creí que eso fuera posible. Un silencio nos invadió; al mismo tiempo, creí que esa mirada fue el mejor diálogo que tuve en muchos meses. El ambiente ya estaba más relajante. Eran casi las diez de la mañana y Marco salió de la entrevista y se podía notar un rostro de satisfacción y orgullo como si hubiera ganado una medalla. Mencionaron mi nombre a lo lejos y con muchos nervios levanté mi carpeta y mis cosas. Jennifer se levantó y me dijo: ¡Todo va a estar bien! Y con un beso en la mejilla me susurró al oído… Suerte… Caminé quince pasos a la oficina y, con mi cara sonrojada, saludé muy amablemente a la secretaria y ella, muy atenta, me hizo pasar a donde estaba el rector. Él era el encargado de receptar las carpetas de las personas que solicitaban el empleo.
Buenos días fue el saludo inicial que tuvimos; él, con su voz de autoridad, me dijo: “Siéntese, por favor", mientras revisaba una a una las hojas de mi carpeta. Yo no podía conectar con mi realidad; en mi mente estaba aquel beso que no me dejaba concentrarme en cómo realizar mi presentación o cómo expresar mi profesionalidad.
- Muy interesante… comento, mientras cerraba aquella carpeta. La labor docente en la institución que estoy dirigiendo requiere las cualidades que usted posee para complementar el aprendizaje de nuestros alumnos… Fueron sus últimas palabras.
Me quedé en silencio, no sabía cómo proceder. Pensé en agradecerle, pero no me dejó decir una sola palabra; la señorita secretaria me llevó de vuelta a la sala en la que estaba y nombró a Jennifer. Ella, muy hermosa y a la vez audaz, caminaba con la frente en alto; se podía notar una seguridad muy pero muy grande en cada paso y gesto que realizaba. Solo me mencionó.