El reloj de pared marcaba las seis y media cuando Rodrigo Díaz, un detective privado, cerró la puerta de su oficina tras recibir una llamada que, aunque parecía rutinaria, acabaría por marcar el fin de su vida tal como la conocía.
Aquel sonido, un susurro de campanas, resonaba en el pequeño despacho con el que se había conformado, un espacio abarrotado de papeles, cajas de archivo y el eco de su soledad. A lo largo de los años, Díaz había resuelto casos triviales, desapariciones que casi siempre terminaban en un engaño, simples accidentes o casos que hay permanecían abiertos, pero esa llamada lo cambiaría todo.
Se sentó en su escritorio de madera oscura, que ya tenía más marcas de café que de trabajo y levantó el auricular del teléfono, con la vista fija en la luz tenue de la lámpara sobre la mesa. No le gustaban las sorpresas, menos aún las llamadas misteriosas a estas horas.
- ¿Díaz? - una voz femenina, suave pero tensa, se escuchó al otro lado de la línea.
- Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle? - respondió él, buscando mantener un tono profesional, aunque no podía evitar sentir la curiosidad asomando en su pecho.
- Mi nombre es Elisa Montenegro. Necesito que me ayude con un asunto urgente, algo que... bueno, no puedo explicar por teléfono, pero le aseguro que es grave.
Rodrigo frunció el ceño. Había atendido miles de llamadas similares, siempre de personas que creían tener un problema monumental, pero que a la larga se resolvían con un poco de investigación y mucho sentido común. Sin embargo, algo en la manera de hablar de la mujer lo hizo pensar que no era uno de esos casos. Había algo en su voz, una mezcla de desesperación y miedo contenido, que despertaba la atención del detective.
- ¿Qué tipo de asunto? - preguntó él, con una mirada a la ventana, como si esperara ver el caso materializarse fuera de su oficina.
- Es mi hermano. Lleva semanas desaparecido y la policía no ha encontrado nada. Yo... yo creo que hay algo más, algo que no me han dicho. Necesito que lo investigue.
- Desaparecido - confirmo el detective mirando hacia el techo polvoriento - uno más en la lista - dijo para sí subiendo los pies sobre otra silla.
- Si, pero... no quiero que nadie más se entere de esto, porque creo que hay algo que están ocultando... tengo miedo.
Rodrigo se cruzó de brazos, pensativo. Cada palabra de la mujer parecía arrastrarlo más y más hacia una niebla de incertidumbre, pero algo no encajaba. Si realmente creía que había un encubrimiento, ¿por qué acudir a él, un simple detective privado? Y aún más extraño, ¿por qué no confiar en las autoridades?
- ¿Y cómo sabe que hay algo oculto? - preguntó, sin ocultar el escepticismo en su voz.
- Lo sé porque mi hermano no era una persona que se fuera sin avisar y el lugar donde desapareció... no es el tipo de sitio donde alguien se pierde todo esto está... muy calculado. De eso estoy segura.
El detective hizo una pausa, observando su reflejo en el cristal de la ventana, la ciudad estaba cubierta por un manto de oscuridad, pero la luz de los faroles reflejaba sus sombras sobre las calles mojadas, una vez más, la curiosidad se apoderó de él.
- Está bien, señorita Montenegro ¿Dónde lo vio usted por última vez? - dijo, sabiendo que esta investigación comenzaría a ser diferente a todas las anteriores.
Elisa le dio una dirección en el norte de la ciudad, una zona de calles estrechas y edificios viejos que siempre había tenido fama de peligrosa, a pesar de ser un detective experimentado, Rodrigo no pudo evitar que un escalofrío recorriera su espalda. Algo en la forma en que la mujer había hablado le decía que había algo mucho más grande detrás de la desaparición de su hermano, algo que no solo implicaba un simple extravío.
Después de colgar, se quedó unos momentos inmóvil, mirando la pantalla de su computadora como si esperara que los detalles del caso se le revelaran de manera clara y directa. Pero no fue así. El caso le parecía más turbio de lo que inicialmente había supuesto.
La hora avanzada de la noche no ayudaba a calmar su mente, que ya empezaba a divagar. Había trabajado hasta tarde en su oficina, pero sabía que no podría dormir hasta averiguar qué ocultaba realmente Elisa Montenegro.
Con una resignación casi automática, Díaz tomó su abrigo, apagó la lámpara sobre su escritorio y salió a la calle. La brisa fría de la ciudad lo recibió con un golpe de aire, y el ruido lejano del tráfico le recordó que no estaba solo en la ciudad. Pero esa noche, algo se sentía diferente. Algo lo vigilaba, como si la ciudad misma estuviera esperando a que él se adentrara en su oscuridad.
La dirección que le había dado Elisa lo llevó hasta una zona olvidada de la ciudad, una parte que Rodrigo conocía bien: un barrio de fachadas deterioradas, donde las luces de las farolas parpadeaban como si se hubieran quedado atrapadas en una era pasada. Caminó por las aceras húmedas, con la lluvia cayendo ligera, pero constante. Había algo incómodo en el ambiente, como si las calles mismas estuvieran llenas de secretos sin revelar.
La casa en la que Elisa había indicado se encontraba al final de la calle. Era una casa antigua, con ventanas rotas y una puerta de madera que ya había visto mejores días. Díaz se acercó cautelosamente, sintiendo cómo sus pasos resonaban con un eco solitario. Todo en el lugar parecía haber estado olvidado por el tiempo.
Golpeó la puerta con los nudillos, y el sonido retumbó en la oscuridad de la noche. Esperó unos segundos. No hubo respuesta.
El detective volvió a golpear, esta vez con más fuerza, y tras un momento que le pareció eterno, la puerta se abrió lentamente. Ante él, apareció una figura en la penumbra, la silueta de una mujer, que le observaba con ojos escrutadores.
- ¿Señorita Montenegro? - preguntó, tratando de ocultar su creciente incomodidad.
- Soy yo, detective Díaz - la voz de Elisa temblaba levemente, como si algo en su interior estuviera al borde de quebrarse.