Edición actuliazada completa.
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10 horas antes:
El caballero llegó a él al caer la noche del amanecer del sabado.
Había recorrido el camino hasta la posada con el caballo aún sudoroso, el aliento entrecortado, el sombrero mal colocado como si lo hubiera ajustado a la carrera. No era hombre dado a dramatismos, y Harvey lo sabía, por eso la agitación en su voz tuvo más peso que cualquier exageración.
—Mi señor —había dicho, inclinándose apenas—, no habría interrumpido sus asuntos si no lo creyera necesario. Anoche, cerca de la reja oriental… vi a la señorita Annelise salir sola. No era un paseo. Se reunió con un hombre que no pertenece a la servidumbre ni al pueblo. Intercambiaron algo. Un sobre… y una pequeña bolsa.
Harvey no respondió de inmediato y enarcó la ceja. No esperaba que el vigilante que le puso a Annelise obtuviera algo. Pero tampocono se quería precipitar.
—¿Está seguro de lo que vio?
—Tan seguro como estoy de estar aquí ahora.
La descripción que siguio fue sobria pero precisa: el punto del encuentro, la hora, la forma en que Annelise miró a ambos lados antes de extender la mano.
Esto solo confirmaba dos cosas que temía.
Annelise, discreta, siempre impecable, extendiendo la mano en la oscuridad, no armonizaba con la joven que Harvey creía conocer. Y, sin embargo, había demasiadas coincidencias acumulándose desde la llegada de Jasmine. Y ahora ella se veía muy sospechosamente con alguien.
Si Annelise vigilaba, ¿a quién rendía cuentas?
No parecía actuar por su tía. El gesto descrito por el vigilante era el de alguien que recibía instrucciones… y pagos.
Ese pensamiento lo había traído de regreso, intuyendo que estaba a punto de suceder algo.
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La una de la tarde encontraba la propiedad bajo un cielo que no terminaba de decidirse entre la claridad y la tormenta. Harvey llegó a caballo, el animal aún resoplaba cuando él desmontó de un movimiento seco, entregando las riendas a un mozo sin siquiera mirarlo.
Lucas, que había cabalgado tras él intentando, aun en el trayecto, ordenar las obligaciones que su señor había abandonado a medias en el pueblo, apenas tuvo tiempo de decir:
—Me ocuparé de los asuntos pendientes, señor. Las cuentas del molino, la reunión con el alcalde, todo quedará—
—Después —interrumpió Harvey, ya avanzando hacia la entrada.
No había cortesía en su paso cuando varios sirvientes se detuvieron al verlo y lo saludaron, sino presura con la esperanza que no había sucedido nada. Buscó mientras pasaba a Annelise, pero al parecer todos actuaban normal, no la encontró pero pensó que entonces debería ir primero a verificar a su huesped antes de ir a buscarla primero.
Subio primero al ala donde estaría seguramente Jasmine.
La puerta de la habitación de Jasmine estaba abierta. Dentro, Loreta recogía vestidos con manos más lentas de lo habitual, como si cada pliegue fuera una despedida.
Se sobresaltó al verlo.
—Mi señor… no esperaba...
Harvey no respondió de inmediato. Observó el desorden que intentaba convertirse en orden: cofres abiertos, joyas alineadas con excesivo cuidado, una silla desplazada, el espejo aún manchado por huellas apresuradas.
—¿Qué ha ocurrido aquí, Loreta?
La joven bajó la mirada, apretando entre los dedos un guante de seda. Antes de su partida, recordaba que Jasmine mantenia su habitación ordenada y nada ostentoso a la vista. Pero ahora se encontraba con varias cosas nuevas. Harvey no quería intuir que eso significara algo malo, pero entonces el nerviosismo de Loreta la delató.
—Nada que no… —se interrumpió, corrigiéndose—. Bueno ocurrieron varias... no sé si yo debería de contarle esto pero...
Harvey la miró con paciencia tensa.
—Empiece desde el principio.
Loreta respiró hondo. No era mujer de intrigas, y por eso su relato salió entrecortado, pero honesto.
—La señorita Jasmine… al principio se mostró emocionada en los paseos, no pasaba nada, pero de un día al otro caambió. Esta semana… empezó a comportarse distinto. No insolente, señor, no exactamente, pero… ya no se mostraba renuente a quedarse. Hablaba como si ya no fuera invitada, sino algo más. Comentaba los retratos del pasillo, preguntaba por tradiciones familiares, opinaba sobre las estancias como si… como si pensara permanecer en ellas... y sobretodo empezó a gastar y decorarse muy ostentosamente.
Harvey no la interrumpió.
—Y la señora lo notó.
—Sí, señor. Hubo discusiones. No siempre delante de mi, pero… se sentía la tensión en ellas dos cuando se encontraban, no llegaban a nada más que a palabras, hasta...
Loreta dudó. Sus dedos se tensaron.
—Ayer en el invernadero… discutieron. La señora perdió la paciencia.
Harvey alzó apenas la mirada y arrugó el entrecejo.
—¿Qué significa “perdió la paciencia”?
Loreta tragó saliva.
—La golpeó, señor.
El silencio que siguió no fue ruidoso, pero sí denso.
—¿La golpeó? —repitió Harvey, con una quietud que resultaba más inquietante que cualquier exclamación.
—Una bofetada. No… no fue brutal, pero… la señorita Jasmine ya tenía heridas que no habían sanado del todo. No, no quise decir nada porque… no sabía si debía.
Harvey se volvió hacia la ventana por un instante, dominando algo que no deseaba mostrar. Su mente ahora se llenó de Jasmine, le prometio que no volvería a salir herida, pero esto pasó en su ausencia, y parecía que Loreta no terminaba ahi.
—¿Y hoy?
Loreta bajó aún más la voz.
—Hoy hubo otra discusión. No estuve presente. Solo escuché que la voz de la señora se elevaba. Después… los guardias fueron llamados.
—¿Guardias?
—Sí, señor. Yo… yo no vi más. Solo me ordenaron recoger las cosas. No sé donde se encuentra la señorita Jasmine, nadie quiere hablar de lo ocurrido en esta mañana por respeto a Lady Estela...