Mercurio líquido

Capítulo 1: La amabilidad es para los vivos (y yo tengo un pie en la tumba)

El coche negro de cristales tintados olía a cuero viejo y a la hipocresía de mi familia. A través de la ventanilla, el paisaje de mi infancia se desvanecía, sustituido por pinos raquíticos y una niebla que parecía querer tragarse la carretera.

Oficialmente, me enviaban a la Academia del Pináculo para "honrar el linaje Valerius". Extraño, considerando que mi padre no me ha dirigido la palabra en tres años y mi madre solo me mira como si fuera una mancha de café en su alfombra cara. Extraoficialmente, me estaban lanzando a un foso de leones con la esperanza de que los leones no dejaran ni los huesos.

—Llegaremos en diez minutos, señorita Lyra —dijo el chófer sin mirarme por el retrovisor.

—Fantástico. ¿El kit de bienvenida incluye un ataúd de mi talla o tengo que alquilarlo allí? —respondí, ajustando la mochila en mi regazo.

No hubo respuesta. Nunca la hay cuando usas el sarcasmo como escudo térmico.

Me quedé mirando mis manos. Eran manos normales. Uñas cortas, piel pálida, ni rastro de colmillos, ni rastro de magia elemental, ni rastro de nada que me permitiera sobrevivir a lo que venía. Estaría rodeada de Vampiros que pueden oler tu miedo a un kilómetro y Faes que podrían retorcerte el cuello con un susurro del viento. Y yo... yo solo era Lyra. Una humana en un mundo de depredadores que se alimentan de gente como yo antes del desayuno.

El coche frenó bruscamente y el corazón me dio un vuelco contra las costillas. Al levantar la vista, se me cortó la respiración.

Allí estaba. El Pináculo.

No era solo un internado; era una fortaleza gótica incrustada en las faldas de un volcán colosal. El gigante de piedra se alzaba hacia el cielo, gris y silencioso, como un dios dormido que te juzga solo con su presencia. El volcán estaba inactivo, o eso decían los libros, pero la energía que emanaba el lugar hacía que el vello de mis brazos se erizara. Una valla de hierro negro, de al menos seis metros de altura y rematada con puntas que parecían lanzas, separaba el mundo real de la carnicería organizada.

Las puertas se abrieron con un chirrido que sonó a condena.

Bajé del coche y el aire me golpeó la cara; era frío, cargado de ceniza antigua y un olor metálico que no supe identificar. Justo en el centro del camino, frente a la entrada principal, esperaban dos figuras que hacían que el volcán pareciera acogedor.

La mujer de la izquierda vestía un traje sastre tan afilado que juraría que podía cortar papel. Su cabello era de un blanco ártico, recogido en un moño que no permitía ni un pelo fuera de lugar. A su lado, una mujer más joven con gafas de montura plateada sostenía una tablet con la misma rigidez con la que se sostiene un arma cargada.

—Lyra Valerius —dijo la mujer del moño. Su voz no tenía calor, era puro hielo—. Soy la Directora Draven. Y ella es mi secretaria, la señorita Vesper. Llegas tarde.

—Había tráfico de monstruos en la interestatal —mentí, tratando de mantener la barbilla alta mientras mis rodillas amenazaban con traicionarme.

La Directora Draven no parpadeó. Sus ojos eran de un azul tan claro que parecían ciegos, pero sabía que lo veía todo. Especialmente mi debilidad.

—Síguenos. El tiempo es un lujo que los de tu clase no suelen tener.

Caminamos por pasillos de piedra oscura, iluminados por antorchas que no humeaban y lámparas de cristal que vibraban con una luz violácea. Llegamos a un despacho enorme, con estanterías que llegaban al techo y una ventana circular que daba directamente a la boca negra del volcán.

—Siéntate —ordenó la Directora, rodeando su escritorio de caoba—. Repasaremos las reglas solo una vez. En El Pináculo no hay segundas oportunidades.

Vesper, la secretaria, empezó a recitar con una cadencia mecánica:

Horario: Clases de combate y teoría mágica de 05:00 a 14:00. Entrenamiento físico hasta las 18:00. Cena a las 19:00.

Toque de queda: A las 21:00 todos los estudiantes deben estar en sus pabellones. Si te encuentran fuera, el castigo es el confinamiento en las celdas del nivel inferior. O algo peor, dependiendo de quién te encuentre.

Prohibiciones: Queda terminantemente prohibido acercarse a las Grutas de Humo sin un instructor. El acceso a la torre norte es exclusivo para los Jinetes de Sangre Real. Tocar a una bestia antes del Vínculo es motivo de expulsión inmediata... si es que sobrevives al contacto.

La Directora Draven se inclinó hacia delante, entrelazando sus largos dedos.

—Solo puedes salir del recinto bajo permiso directo de mi oficina, algo que no concederé en todo el año. Aquí, Lyra, tu linaje Valerius no significa nada. Eres una alumna más, un cuerpo más que el volcán debe probar. Si rompes las reglas, no solo serás expulsada. Serás procesada.

—¿Procesada? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿Como el queso?

Draven esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Fue la expresión más aterradora que había visto en mi vida.

—Como la carne, Lyra. Aquí, los que no sirven para el Vínculo terminan siendo el combustible que mantiene encendida la llama de esta academia. Vesper te llevará a tu habitación. Procura no perderte; los pasillos tienen hambre de carne nueva.

Vesper me entregó un mapa que parecía más un pergamino de guerra que una guía escolar. Las líneas eran de un dorado pálido que brillaba suavemente, indicando niveles, túneles y torres que desafiaban la lógica arquitectónica.

—No lo pierdas —advirtió Vesper mientras caminábamos—. El mapa está vinculado a tu huella mágica. Si alguien más lo toca, se quemará.

Caminamos por el ala este, donde el aire se volvía más denso y frío.

—A la derecha, el Ala de los Nocturnos: Vampiros. No entres allí si valoras tu yugular. A la izquierda, el Ala de los Primordiales: Faes. Su magia elemental suele ser... inestable para los recién llegados. Arriba, en las agujas más altas, están los Dracónidos. Son los únicos con permiso para vivir cerca de los nidos.




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