Nos encontramos en Córdoba, Argentina. Lejos de las ciudades y de los grandes centros urbanos, nos adentramos en la sierra: bosques espesos, llanuras extensas y una flora autóctona que se apodera del paisaje, apenas interrumpida por una ruta solitaria. El pavimento, resquebrajado y lleno de polvo. De pronto, un auto irrumpe en la quietud, levantando una nube de polvo a su paso. Al volante, una mujer de traje ajustado sostiene el teléfono entre el hombro y la mejilla mientras sus manos, tensas, se aferran al volante. Sus ojos van del camino al GPS instalado en el parabrisas. Apenas se escucha el canto lejano de algún pájaro. Está claro que no es un camino transitado.
— Sí, es una paja... — afirma la mujer, segura, al teléfono — Hace 21 horas que manejo, todo porque este rarito no quiere ir a Capital Federal.
Por el teléfono se escuchan unas risas; la mujer parece estar hablando con una compañera.
— Justo tuvieron que agarrar a la diputada Delfinita para ir a hablar con el loco — responde la persona del teléfono, burlona y amistosa — Ya fuera de joda... ¿Por qué tenés que ir vos? ¿O'Donnell en serio no quiso venir? No me sorprendería de alguien tan "particular" como él.
— Sí, es verdad. Guillermo O'Donnell se rehusó a ir al Congreso de la Nación para quedarse en su cabañita en medio de la nada. — El tono de Delfina es molesto, claramente no disfrutaba del viaje y mucho menos de visitar a ese Guillermo O'Donnell — Está loco, no sé cómo puede caerle bien a la gente, más aún teniendo en cuenta el ridículo traje que viste...
— Si con "Traje ridículo" te referís a esa armadura de dos metros de altura y con la que seguramente podrá partirte en dos... pues sí, es raro. Pero después de todo él tiene más éxito que vos, ¿no? — Responde a través del teléfono manteniendo el tono burlón.
— ¡Mentira! A mí me va bien, ¿viste cómo me va en Instagram? — responde Delfina con un tono acusatorio, pero manteniéndose amigable — pero bueno, él es un oligarca más con todas sus excentricidades y boludeces... es la clase de persona que les gusta a los tontos lamentablemente.
De pronto, Delfina hace una maniobra brusca y temeraria para cambiar de camino cuando el gps se lo indica; así, abandona el pavimento y continúa por un camino de tierra muy descuidado y desnivelado. De fondo, empieza a amanecer. Ella frunce el ceño como respuesta a un incipiente dolor de cabeza. Hace varios días que se veía aquejada por este y otros males y sensaciones, pero no se lo menciona a su compañera, solo se toma una pastilla de paracetamol que tenía en la guantera, sin agua.
— Que camino de mierda... porque el inutil del gobernador se le habra ocurrido pedirle al Estado que la "joven y querida diputada" vaya a dialogar con el dirigente de YPF... va ni siquiera es el presidente de YPF, es el director de una rama menor dedicada a la explotación de la antartida... pero parece que es él quien maneja el mambo allí...
La conversación dura un rato más, más que nada son quejas y más quejas sobre todo, sobre el camino, los olores feos, cómo el barro y la tierra ensucian su auto recién lavado, hasta que de pronto la persona que hablaba por el teléfono deja de responder porque se cortó la señal. Este Guillermo O'Donnell vive en un lugar tan recóndito que ni siquiera la conexión del año 2035 podía llegar.
Finalmente, tras otro par de horas y ya estando en las primeras horas del día, Delfina llega a su destino. El auto frena bruscamente frente a una solitaria y descuidada casa; está pintada con una ya añeja y agrietada pintura blanca y desde lejos se siente olor a humedad; es raro pensar que es ahí donde vive uno de los hombres más ricos de la República Argentina. Para Delfina, esto empeoraba las cosas aún más, no solo estaba lejos de su querida ciudad natal, Buenos Aires, lejos de la cultura, de los boliches, de las luces y de la gente, sino que ahora tenía que meterse... en eso.
Delfina resopla tratando de relajarse para aparentar profesionalidad con poco o nulo éxito; pronto se baja del auto sosteniendo unos documentos y cierra de un portazo. Se acerca lentamente a la casa y, cuando está a pocos pasos de la puerta, se prepara para golpetear la puerta, pero se detiene, pues Delfina nota un ruido que estaba ignorando inconscientemente; el sonido parecía ser de alguien golpeando la tierra o haciendo algún trabajo manual en la tierra. Ella se aleja y camina lentamente alrededor de la casa, descubriendo una huerta oculta tras la propia estructura; allí se encontraba aquel extraño hombre que estaba buscando. Vestido con ese extraño e intimidante traje metálico, se encontraba Guillermo O'Donnell, quien lejos de prepararse para la reunión o por lo menos esperar a la diputada, estaba recogiendo lechugas en su huerta. Guillermo se endereza al notar a la recién llegada y se voltea. Él la observa con atención a través de dos grandes lentes circulares iluminados por una luz roja en su casco. La armadura no permitía ver nada más de él; era completamente hermética. No habla primero, espera en un incómodo silencio que Delfina empiece
— Bueno... Soy Delfina Dubois, ya me conocerás porque nos hemos cruzado un par de veces en el Congreso. — Delfina suena algo incómoda, aprieta los dientes y trata en la medida de lo posible de ocultar su expresión de inquietud ante la silenciosa y penetrante mirada de O'Donnell. — El gobierno de la provincia de Salta solicitó al Estado que enviara un delegado para discutir con usted respecto a los planes de construir la planta de explotacion de Litio...— Otro silencio incómodo se extiende entre O'Donnell y Delfina, él la observa fijamente sin razón aparente mientras delfina hace su mejor intento para no mandarlo a la mierda.
— Está bien — dice finalmente O'Donnell; su voz sale deformada y agravada por la tecnología de su traje. Mientras habla, continúa su trabajo, juntando las verduras que había cultivado en una cesta. — Pasa, la puerta está abierta; yo terminaré en poco tiempo.